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El Ejército en las calles

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Antes del 2006, el Ejército Mexicano era la institución humana más respetada en el país. Transmitía temor pero también protección. Mediante el Plan DN-III, siempre se hacía presente inmediatamente después de una catástrofe natural.

Los planes de estudio de las escuelas militares contienen principalmente mando y liderazgo militar, inteligencia y contrainteligencia, guerra regular e irregular, tácticas militares de infantería y de caballería, armamento y tiro, adiestramiento y habilidades militares, etcétera. Como complemento cursan educación física, recursos humanos, mantenimiento y conducción de vehículos, y hasta sicología.

Es decir, los militares son preparados para la guerra, regular e irregular, pero no para la guerra de guerrillas y mucho menos para la criminología; para la protección de la nación contra fuerzas de otros países, pero no contra la propia ciudadanía.

A partir de que el expresidente Calderón le asignó tareas propias de la Policía Federal se volvió una institución muy vulnerable, acusada constantemente de violar derechos humanos y hasta de asesinos. En Oaxaca y Guerrero esos vándalos de la Sección 22 de la CNTE y los normalistas de Ayotzinapa, mancillaron su honor al lapidar las instalaciones de su batallón. Jamás eso hubiera ocurrido antes del 2006.

Y la que fue una medida desesperada ante la imbatible delincuencia urbana y el crimen organizado, supuestamente temporal en tanto la Policía Federal y las estatales eran preparadas adecuadamente, por lo que se aprecia llegó para quedarse. Gobernadores de todos los partidos políticos, pese a haber expresado su rechazo por tener al Ejército en las calles antes de asumir esa posición, lo han solicitado cuando sus policías demuestran no ser aptas pero sí corruptas y por ende rebasadas por la delincuencia.

El propio titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) acaba de decir con motivo de su informe, que el Ejército debe volver a sus cuarteles… pero hasta cuando las fuerzas del orden, federales y estatales, estén aptas para cumplir con eficacia su encomienda. ¿Cuándo va a ser eso? Para empezar esos policías reciben adiestramiento físico y mental, los exhortan a que cumplan con su deber de manera eficaz, eficiente y honesta, y los dotan de vehículos cada vez más tecnificados, pero ya en las calles no cumplen con las condiciones deseadas.

Por último, como no están preparados en criminología, no siguen el protocolo delimitando y preservando la escena de un crimen, no involucran a testigos, no buscan debidamente huellas e indicios que podrían convertirse en pruebas para la ubicación de un posible culpable. De esa manera, salvo que reciban denuncias anónimas o que le extraigan confesiones forzadas a un sospechoso, la impunidad sienta sus reales.

El Ejército tampoco sabe de eso. Pero no está obligado a saberlo.

Fernando Almeyda Cobos

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