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Creados por el amor

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Solemnidad de la Santísima Trinidad

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (3,16-18):

 

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

Qué bellas son esas palabras que dirigió Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. ¿Qué nos dicen estas palabras dirigidas al maestro de la Ley? Fijémonos que Jesús se centra en lo principal, en el amor, y no quiere discutir sobre las cosas secundarias o algún otro precepto de la Ley. Él sabe que todo empieza, continúa y tiene su fin en el amor verdadero, y no en sus pobres imitaciones o plagios. Él va al grano y habla de lo que después le llevará al extremo de este amor.

Los hombres y mujeres de hoy, como los de todos los tiempos, somos atraídos por todo bienestar inmediato, y somos tan escépticos ante promesas lejanas de vida eterna. ¿Qué nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y luchas tan contrarias al amor? No hay otra manera de entenderlo hasta que nuestra mirada voltee a ver a Jesús Crucificado y cree en nosotros un sentimiento muy profundo: ¡Dios nos ama, nos ama de verdad, y nos ama tanto!

San Agustín comentó que esta es la expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología. No son palabras sino una vida entera con unos signos muy concretos. Sin embargo, ¿crees de verdad que Dios te puede amar sin límites ni condiciones?

Jesús no nos ha amado por algo o hasta un cierto punto, y no dependiendo de nuestra respuesta. Él nos amó “hasta el extremo”, es decir, no solo hasta el último instante de su vida terrenal, sino hasta el extremo límite del amor. Fijémonos que en la creación, el Padre nos ha dado la prueba de su amor inmenso dándonos la vida; en la Pasión de su Hijo nos dio la prueba de las pruebas, vino a sufrir y morir por nosotros. Y para que no te sientas solo y sin valor, te dejó el Espíritu de los dos. Si esto no se llama amor, dime, ¿qué es lo que es el amor? H. Miller, con razón, de forma algo provocativa, escribió: “Si Dios no es amor, no vale la pena que exista”.

Hay un detalle muy importante en este amor incondicional: la libertad. El infinito amor de Dios se encuentra con el drama de nuestra libertad, que a veces elige el mal. Pero no puede ser de otra manera, para amar tenemos que sentirnos y ser libres, y Cristo no ha venido para condenar sino para salvarnos. Viene a ser luz en un mundo entenebrecido por el pecado, y quiere dar sentido a nuestro caminar. Dios nos ama tanto que se arriesga a ser rechazado por nuestra libertad, a ser manipulado por sus discípulos, a ser excluido de la vida del hombre. Por ello, para Él nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón.

El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas, por caminos que solo él conoce. Dios solo puede amarnos y entiende nuestra fe pequeña y tan vacilante, por lo cual no hemos de desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante meses o años alejados de su amor. Siempre se puede volver a su corazón con sencillez, y nuestra poca fe basta. Jesús es el vivo retrato del Padre y a través de sus palabras estamos escuchando lo que nos dice.

En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios. Acoger el Espíritu Santo que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, significa acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Es revivir en nosotros el camino hacia la eternidad.

Así se presentan y complementan los tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu. Estos tres, siendo un solo Dios, manifiestan en tres diferentes caras el rostro amoroso de Dios. Ellos recibieron en la teología dogmática y en la tradición de la Iglesia el nombre de la Santísima Trinidad. Su tarea es darnos la vida en libertad y después cuidarla y protegerla; y a pesar de nuestras iniquidades y lejanías del calor del Padre, olvidando el rostro de Jesús y rechazando al Espíritu, siguen “al pie de cañón” porque “nadie nos puede separar del amor de Dios”.

No hay duda alguna; todos los gestos, símbolos, palabras, doctrinas, objetivos y estrategias del cristianismo, de la Iglesia, han de nacer, alimentarse y reflejar ese misterio del Amor de Dios al mundo entero. No puede faltar ni uno de los Tres que forman parte del misterio de la Trinidad, pero no de forma teórica sino un modo de vida.

Si no es así, la religión se encierra en sí misma; la evangelización pierde en buena parte su significado más original; pueden incluso inventarse prácticas, costumbres y estilos de vivir alejados de la verdad, que es Dios humano y cercano al hombre. Si no es así, entonces daremos la razón que hace dos siglos escribió Kant: “Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil”. ¡Nada más lejos de la realidad!

Créeme que la fe en la Trinidad cambia no solo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida; Dios es un foco de amor insondable y lo comunica de tantas maneras; no quiso estar solo y por ello es uno en tres. Su rostro principal es comunicar este gran amor que es y siente, y no lo puede encerrar en sí mismo. Por ello el amor es sobre todo compartir y tener una mirada puesta en los demás. Dios no es autocomplacencia solitaria, sino amor compartido, vida diferenciada. Dios es misterio de comunicación, fuente eterna de donde brotan vida y amor infinitos.

¿A quién, Dios Padre, te puso como tu prójimo más cercano? ¿Qué es lo que te enseñó Jesús para que sepas amarle? ¿Cómo tienes que actuar para demostrarlo sintiéndose fortalecido por el Espíritu?

Creer y celebrar hoy al misterio de la Trinidad, es entender que “amar” no es simplemente un mandato moral; el amor es lo que le constituye al hombre en su verdad más profunda. Por el contrario, una cultura narcisista, insolidaria y egoísta, aleja a la humanidad de su verdadero ser que es el destino de estar con Dios. Siempre que vivimos sin que se pueda percibir en nuestra vida el sabor y la alegría de Dios, estamos destruyendo en nosotros su imagen. Nunca olvidemos que estamos creados a imagen de un Dios que es amor.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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