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“Un beso de Dios”

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Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,51-58):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Disputaban los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

Entonces Jesús les dijo: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre”.

 

Este domingo, celebramos en la liturgia una fiesta del banquete del amor y solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi). Jesús de Nazaret movido por amor quiso quedarse con nosotros bajo las formas del pan y del vino, y esa generosidad es lo que queremos agradecer y festejar. En todo el orbe cristiano, las procesiones del Corpus Christi portarán por calles y plazas el aroma de la presencia y amor de Dios.

Nos puede sorprender la insistencia y una cierta “dureza” en las palabras de Jesús sobre el nuevo festejo de la Pascua; en este texto tan corto y significativo, se nos repiten varias veces, como el eco, las palabras “comer y vivir”. De esta manera y como buen Maestro, Jesús expone la doctrina de la Eucaristía insistiendo en la necesidad de comer su carne, de beber su sangre para alcanzar la vida eterna. Sus palabras provocan una reacción de escándalo y rechazo entre varios oyentes, tanto, que incluso los discípulos le abandonan. Es llamativo que ante esa actitud Jesús no suaviza sus afirmaciones, ni aminora sus exigencias; a los apóstoles les pregunta si también ellos se quieren marchar. Pedro, en nombre de todos, hará un acto de fe y de confianza en las palabras y afirmaciones de Jesús.

Después de dos mil años seguimos mirando la Eucaristía con dos extremos: con los ojos del científico o extremadamente espirituales. Ni una forma ni otra son correctas, olvidando que es un sacramento y requiere tanto la parte externa como también la mirada de fe. Una vez escuché en las clases de teología que el banquete eucarístico es un abrazo de Dios;  Jesús en sus enseñanzas usaba las palabras y los gestos. Las palabras, como sabemos, tienen un poder relativo y en ocasiones críticas; con frecuencia nos fallan y no sabemos cómo expresarnos. Cuando pasa esto, tenemos todavía otro lenguaje, el lenguaje de los ritos, gestos y símbolos.

El ritual más antiguo y más primordial de todos es el del abrazo físico; en la mayor parte de su ministerio, Jesús usó palabras y le acompañaban los gestos. Por medio de palabras intentó traernos el consuelo, el reto y la fuerza de Dios; sus palabras, como todas, tenían un cierto poder. Efectivamente, sus palabras movían corazones, curaban a la gente y realizaban conversiones, pero al mismo tiempo por más poderosas que fueran, las palabras se volvieron también insuficientes; se necesitaba algo más.

Así pues, en la noche previa a su muerte, habiendo agotado lo que podía expresar y hacer con palabras, Jesús fue más lejos y las superó; nos dio la Eucaristía, su abrazo físico, su beso, un ritual con el que nos abraza y nos guarda en su corazón. A Dubos, el novelista que escribe en dialecto cajún, solía decir: “Sin la Eucaristía, Dios se convierte en un monólogo”.

En la Eucaristía, Dios nos habla de tantas maneras; es un precioso diálogo con los sentimientos, razón y empatía humana. Por ello no deberíamos dejar de vivir la hermosa experiencia de la Eucaristía, y así iremos descubriendo de diferentes maneras y en diferente edad la perla que el Señor dejó a su comunidad. Sin saber escuchar y hablarle, nunca aprenderás a dialogar con Él, a vivir la Eucaristía. ¿Y cómo aprendemos esto? Es sencillo, viviendo la Eucaristía. En ninguna escuela la aprenderás mejor que en la misma celebración de “su memoria”, como Él nos lo pidió.

  1. Rolheiser describe a la Eucaristía como un “beso de Dios” y, por ello, “no necesita explicación y no tiene explicación. Si alguien fuera a escribir un libro de cuatrocientas páginas titulado “La Metafísica del Beso”, no merecería tener lectores. Los besos sencillamente actúan, su dinámica interior no necesita explicación metafísica. El sacramento es como la piel que necesita que la toquen; esto es precisamente lo que ocurre en la Eucaristía, y esa es la razón por la que la Eucaristía y todos los demás sacramentos siempre tienen algún elemento físico muy tangible: imposición de manos, consumición de pan y vino, inmersión en agua, unción con óleo. Un abrazo tiene que ser físico, no algo solamente imaginado, y Dios no se cansa de mandarnos estos abrazos, quiere que sientas su presencia y que se convierta en ti. Este alimento, el manjar celestial hace algo más, hace que te conviertas en él.

El Señor, regalándonos su Cuerpo, nos pidió y así lo celebró: que el gesto de comer sea un gesto en compañía, en familia, lo cual nos invita además a compartir la vida, el pan cotidiano, nuestros dones y capacidades. La Eucaristía es formar parte de este pan que se consagra; no seamos solo espectadores o aficionados fanáticos de un milagro. La Eucaristía, a través de su sencillez, nos habla y comunica que el trigo ha de crecer, que las uvas han de madurar; la Eucaristía no es pan ni vino cualquiera, tiene que ser hecho a tu medida, y antes de ser consagrados son frutos del esfuerzo y cansancio humano.

La fracción del pan es el nombre con que los primeros cristianos designaban este sacramento. Actualmente, el gesto de la fracción del pan pasa desapercibido después de habernos dado la paz; sin embargo, es un rito que refleja perfectamente lo que Jesús quiso enseñarnos al partirse y repartirse por nosotros. En este banquete al que Jesús nos invita no hay “Comunión”, si no hay antes comunión de vida. Por ello debemos preguntarnos si compartes de tu vida con los demás, o tal vez solo te encierras en tu propio trigo. El pan y el vino unen y animan a crecer juntos para que la cosecha sepa mejor, pero lo importante es tener hambre de Jesús, de su Cuerpo, de su Palabra, de su presencia que abraza.

Jesús, después de tantos siglos, sigue preguntándonos si nos escandalizamos. Nos invita a una misma Cena reunidos a su mesa, para que seamos hermanos a la mesa del mismo Padre. Qué emoción deberíamos sentir siempre, al acercarnos a esta mesa de lo alto (por ello se llama altar) que ha bajado a la tierra; de esta mesa debemos levantarnos después y convertir en hechos lo que hemos vivido. Si Jesús va por delante y nos espera en los “galileas de hoy”, no podemos conformarnos con alfombrar palacios y balcones, o mejor dicho, hemos de alfombrar las almas, los corazones, las instituciones, la familia, la educación, los valores y tantas otras cosas que están necesitadas de un “beso de Dios”.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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