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Procesiones de julio

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En Carmen, la patrona de los marinos recorre calles y playas en medio del fervor isleño.

En Hecelchakán, el Señor de la Salud transita entre empedrados mayas.

De norte a sur, el fervor campechano es el mismo.

El último domingo de julio Campeche, de norte a sur, es testigo del fervor religioso de su pueblo en manifestaciones (reafirmadas este 1998) que se dan en el Camino Real y en la Perla del Golfo, acrecentándose a punto del nuevo siglo esas muestras de fe, folclore y religiosidad en torno a veneradas imágenes.

Aunque el estado es uno y la devoción la misma, los patrones desde las dos ópticas son diferentes como diferentes las razas, las formas de ser, de vestir, el ambiente y el entorno arquitectónico.

Por la isla las calles que todavía presumen sus casas de tejas francesas del diario desaparecer; por el Camino Real las casitas de guano y adobe y en ambos rumbos, en los interiores de esas típicas construcciones los altares y las imágenes de los santos que comparten mesas y ofrendas, junto a fotografías de los ya difuntos.

De norte a sur, según hemos dicho, se desprende las plegarias que se eleven a los cielos llevando los mensajes que la fe deposita en espera de alivios y mejores tiempos.

En la isla más poblada de México la virgen del Carmelo, con el niño Jesús en brazos y dejando colgar el escapulario es la patrona que recibe la veneración de la gente del mar, del río, de las praderas… En Hecelchakán, al otro extremo del estado la centenaria imagen morena de un Cristo crucificado comparte esos amores.

Difícil para quien gusta de las tradiciones ser testigo de ambos acontecimientos cuando esas fechas coincid4en, como ocurrió este domingo 26 de julio. Por un lado el paseo marítimo en fin de fiesta en honor a la virgen del Carmen; por el otro la conclusión del novenario al señor de la Salud.

Ambientes distintos desde las vísperas y alboradas En Carmen los ritmos sabrosos contagiando a los ya de por sí alegres costeños; en el Camino Real los sones de jarana, con las cabezas de cochino que invitan a sumarse al festejo. La isla, con su gente de acento tropical, como en Tabasco, en Veracruz, en Cuba… el Camino Real con el modo de hablar entrecortado, más parecido al yucateco.

En ambos recorridos de fin de tradiciones, las “niñas” de ayer, las señoras elegantes de hoy que sudan la gota gorda acompañando la imagen, confundidas con el pueblo acostumbrado al astro rey, las primeras con el chorro de perlas en la frente; los segundos como si nada, cubiertas sus mujeres con el rebozo multiusos cuya carga en esta (y en otras muchas ocasiones) se comprende.

En Carmen en el paseo por el mar, con cientos de embarcaciones camaroneras y de baja escama, adornadas con banderitas, con música jacarandosa del “pulpo” y otros orgullos de la isla, con tacos, “chelas”, la camaroniza en botana y los pescados fritos rellenos de mil mariscos; todos siguiendo la embarcación principal que en lo alto acomodo la imagen, vigilada muy de cerca por el párroco a veces celoso que se confunde entre las multitudes y quien ve de reojo (y no muy bien ver) las comilonas y los “saludes” en “honor” a la inmaculada.

En Hecelchakán, en otro marco, el paseo es por las calles de los antiguos mayas, iniciando frente a las paredes coloniales del ex convento construido con las mismas piedras de aquellos edificios que han quedado bajo los templos de la cruz y la nueva salvación, calles de piedra y laja con ambiente de “globeros” que cumplen las promesas y esperanzas de los indígenas que no olvidan la charanga para el paseo y que un poco mas respetuosos, dejan las “chelas” para el final de la fiesta, en algún solar extenso que ha servido como colofón de los nueve gremios; los voladores” y “regueros” que anuncian el paso del Señor; las mestizas luciendo sus coloridos ternos y esas joyas, herencia de la familia con imágenes desgastadas por el uso por centurias; filigranas envidiables que solo para le paseo del señor de la Salud relucen

Domingo, el último de julio, de tradiciones aquí y allá, de costumbres que persisten a través de los tiempos; de convivencias gratas y cultivo de amistades; del disfrute de los juegos mecánicos que en la isla han ido a parar más allá de los alrededores del templo, con las atracciones de los vértigos y los juegos de cabeza jamás imaginados, con sus mil foquitos y sus leyendas metálicas de “Made in Italy”, en tanto que en la ciudad de la sabana todavía junto a la parroquia los “caballitos” de los Cáceres y los Ordóñez, los clásicos fiesteros yucatecos con sus añejos aparatos que todavía funcionan, los mismos que disfrutaron nuestros padres, que gozamos nosotros y que todavía alegrarán a nuestros nietos, con la rueda de la fortuna chillona a cada subida y los juegos de canica de un barro que ha desaparecido.

Domingo de devociones plenas, con los carmelitas en demanda de los escapularios, la salvación del purgatorio que a las puertas de la parroquia se venden al por mayor; con las imágenes del Carmelo, las fotos, los adornos foráneos con flores sintéticas multicolores y hojas que por aquí no se conocen, como ofrenda anual de un grupo de poblanos que agradecidos cumplen con el arco año tras año sobre la fachada austera de la parroquia, revocada y pintada en amarillo bajo, sin asomo alguno de tiempos coloniales, en contraste con la joya pétrea de Hecelchakán de los tiempos de la colonia, con figuras labradas            que nos remontan a otras épocas y otras costumbres en el atrio donde en lugar de escapularios son los “milagritos” los de la demanda, al igual que los gajitos de ruda y albahaca que ansiosamente rozarán al paso la imagen para que de manera mágica se transformen en hojas milagrosas para la sanación de los males de ojo y muchas enfermedades.

Los gremios de aquí y de allá, con los estándares que también muestran diferencias, los de Carmen bordados con hilos de oro, con barquitos y dibujos de la virgen adorada y vistosos motivos marinos, los de Hecelchakán y todo el camino real con esos puntos de cruz que compiten en colorido con los ternos que lucen las mujeres para la fiesta del señor; con el nazareno, de color moreno y los símbolos de la labranza, del campo, de las esperanzas.

Procesiones a Cristo y a María, en competencia que ni los de allí ni los de acá se imaginan, cada quien por su rumbo, desconociendo que en los mismos instantes, a la misma hora y con el mismo cariño otra imagen también pasea en multitudes.

Y es así, desde suelo y playas campechanas que la tradición se cumple, fiel al calendario de las devociones con ese cúmulo de creencias que no tienen para cuando y que indudablemente van ligadas a la historia, a la raíz de un pueblo como el nuestro que hasta por partida doble celebra su religiosidad, con dos de las más veneradas imágenes de los campechanos.

Dios reserva por siempre las tradiciones del último domingo de julio en honor a la virgen del Carmen y al señor dela Salud de Hecelchakán y todo el camino Real.

 

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