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Más parques y menos concreto

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala y recomienda que, para lograr una “ciudad verde”, se deberá contar en esta con al menos 12 metros cuadrados de área verde por habitante.

Entiéndase por esta singular proporción demográfica-territorial, la loable y siempre valiosa necesidad de contar con espacios verdes, utilizables y disfrutables por y para la población. Lo anterior significa que no cabría en el conteo poblacional-espacial expuesto, aquellas zonas de la ciudad, ya sean interurbanas o perimetrales a la mancha urbana, que estén consideradas como: zonas de preservación ecológica, canchas deportivas, campos de golf o cualquier otro tipo de área cubierta por vegetación y que tenga algún tipo de restricción respecto a su uso, y que no sea para el disfrute y aprovechamiento gratuito de la ciudadanía en general.

La rampante urbanización que nuestras ciudades han experimentado y la dramática desproporción entre el crecimiento poblacional y la extensión territorial de las urbes, no solo han contribuido a elevar la temperatura promedio de las ciudades, sino que también estos factores han exacerbado los nefastos índices de insostenibilidad que, lamentablemente, han vuelto insufrible la vida en muchos de estos desafortunados conglomerados urbanos. Casi podríamos hablar de un fracaso por conseguir la gran meta, implícitamente plasmada en el famoso Informe Brundtland (informe expuesto ante la ONU por la exprimera ministra noruega, Gro Harlem Brundtlanden, 1987).

El Informe Brundtland contiene la primera definición de sustentabilidad, y la define como “aquello que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”.

Desafortunadamente, es una historia recurrente esa de “prostituir” nuestro suelo y ceder ante las presiones sociales, políticas y económicas, que terminan por sellar —no es metáfora— el ya mancillado suelo, malogrando el crecimiento territorial y generando pringas enormes de asfalto y cemento, en vez de saludables oasis de vegetación y cúmulos de capullos verdes que oxigenen nuestros entornos urbanos.

Un fenómeno común es la aparición de islas de calor en las ciudades; esto se origina por la intensa acumulación de altas temperaturas en el concreto y en el asfalto de las edificaciones y de las vialidades existentes, las cuales absorben mucho calor durante el día, el cual se disipa lentamente durante la noche, lo que resulta en un coctel fatal para la calidad de vida. Este proceso origina unos miniambientes térmicos desagradables y con altos índices de acaloramiento, todo en detrimento, desde luego, de la habitabilidad y del confort de los pobladores.

En fin, no podemos ser blandengues en nuestra intensa labor por conseguir ciudades que sean más habitables y disfrutables; no podemos dar tregua a los múltiples intereses económicos y sociales que, muchas veces, ocasionan el caos y tejen enrevesados conjuntos urbanos que poco o nada aportan para mejorar los niveles de vida de quienes ahí viven o, penosamente, en ocasiones sobreviven.

José Luis Llovera Abreu

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