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“Lo que sembraste”

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Domingo 15º del Tiempo Ordinario

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (13,1-23):

 

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, un ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga”.

 

Hoy tenemos un bellísimo y conocido mensaje que nos presenta al sembrador y sus semillas. Sin embargo, antes de contar la parábola, el evangelista Mateo nos habla de Jesús que “sale de casa” a encontrarse con la gente para “sentarse” sin prisas, y dedicarse durante “mucho rato” a sembrar el Evangelio entre toda clase de gente. Esta es la clave para entender el mensaje. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador y de él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio. No hay mejor ejemplo que Él mismo, el enviado por el Padre para sembrar una verdadera imagen y rostro de Dios; su imagen sigue manchada y muy relativizada, por ello necesita nuevos sembradores en tantos campos que se abren y que siguen sin dar frutos. ¿Estás dispuesto a ser un sembrador de Dios?

Sigamos las pistas que nos ofrece el mismo fragmento del Evangelio. Lo primero es salir “de casa” —tu propia casa—. Es necesario estar en movimiento, el mensaje requiere salir de nuestra seguridad y de nuestros intereses. Esta salida no tiene nada de imposición o reconquista, es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia. El papa Francisco nos dice: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

Salir de casa es el primer paso para dejar su “zona de confort” en todos los aspectos: sociales, familiares, económicos… Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial. La Iglesia que constantemente recuerda el pasado, tradiciones, títulos y no salga de su clausura, no puede sembrar como lo quería Jesús.

El sembrador necesita dedicar el tiempo, sin prisas, al proyecto. A veces parece que nuestra preocupación es solo recibir, en vez de dar o compartir la Palabra de Dios. Y nos sentimos tan satisfechos por participar en las misas dominicales o celebraciones litúrgicas en tu parroquia; no se trata del proselitismo. Pero me pregunto, ¿qué pasa después? ¿Te ayudan a vivir mejor y de manera más acertada, sana y generosa con los demás? ¿Siembras en ti mismo y en los demás la misericordia, el perdón, la esperanza? No te desanimes si ves poca cosecha o frutos en tu iglesia local o diócesis, y “si el suelo es pobre, hay que sembrar semillas en abundancia para poder obtener cosechas modestas”, como dice una frase repetida mucho en los pueblos de Castilla.

No olvides que nunca es en vano lo que estás haciendo para el Señor, tus siembras tienen su mérito y sentido. No es en vano aunque el entorno se te presente totalmente árido y conflictivo, aunque sientas que tus palabras y gestos son ignorados y echados en un saco roto, y que hay personas que manipulen todo en tu contra, pues vale la pena ir sembrando. No te rindas porque estas justamente donde Dios así lo pensó para ti, sigue sembrando y emplea al máximo los dones, capacidades y recursos que Dios te ha dado. ¡No dudemos en usarlos! No los desperdiciemos.

A sembrar. No se puede salir sin llevar con nosotros todas estas semillas. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y en nuestras vidas. Es un error sentirnos solamente depositarios de la tradición eclesiástica, con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, vivo y presente, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús no puede invitar a nadie a seguirlo, y se quedará cada vez más vacía y anacrónica. Descubramos y compartamos estas semillas sembradas en nosotros. ¿Cuántas veces en nuestras comunidades están quedando sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto?

Creo que en varias parroquias, diócesis, nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote; no como repetición de los ritos. No es tampoco una “clonación” del pasado, sino sembrar unas respuestas nuevas al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo. No es momento de distraer a la gente con cualquier cosa, ofreciendo unas condenas y palabras vacías desde el ambón o la catedral; el Evangelio nos invita a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro. El papa Francisco quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”, y está convencido de que “lo que necesita hoy la Iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

Los que escuchaban las parábolas de Jesús sabían que estaba hablando de sí mismo, pero también de sus seguidores que han sido invitados a seguir con su tarea de sembrar. Él sembraba su palabra en cualquier parte donde veía alguna esperanza de que pudiera germinar, sembraba gestos de bondad y de misericordia hasta en los ambientes más insospechados; entre gente muy alejadas de Dios.

Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que la siembra se echaría a perder en más de un lugar en aquellas tierras tan desiguales, pero eso no desalentaba a nadie: ningún labrador dejaba por ello de sembrar. Lo importante era la cosecha final, algo semejante ocurre con nosotros y nuestros sembrar. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Sería absurdo dejar de sembrar, sigamos haciéndolo sin olvidar que “en la vida cosechas lo que en su día sembraste”.

Es llamativo que Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador, eso quiere decir que no necesitamos cosechadores, lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores y seguidoras de Jesús, que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión. Esta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por “cosechar” a la paciente labor de “sembrar”.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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