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Realidad aeroportuaria

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Continuando con la incompetencia en algunas instituciones, parece que quien o quienes están a cargo del Aeropuerto Internacional de Campeche, “Ing. Alberto Acuña Ongay”, manejado por Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA), no están enterados que la administración estatal que encabeza Rafael Alejandro Moreno Cárdenas se esfuerza por lograr que el Estado se convierta en un destino turístico por excelencia, con todos los servicios que ello requiere, en los que por supuesto se encuentran los aeroportuarios.

Es triste llegar al aeropuerto de la ciudad y encontrar nuestra terminal arcaica, paradójicamente seminueva, pero obsoleta. Entrar al estacionamiento es motivo de risa, pues aunque hay una pluma automática con tickets de prepago para el ingreso, ésta no funciona y en su lugar una joven entrega una pequeña hoja de papel bond en la que anota el horario de entrada y la matrícula del vehículo, lo que retrasa el ingreso de los usuarios.

En el interior de la terminal está el cajero automático para el pago del estacionamiento, con un letrero hecho en computadora que refiere que la máquina está inservible por “mantenimiento”. ¿Cuál mantenimiento? Lleva meses con ese letrero. ¿Acaso lo están haciendo en la NASA?

El aire acondicionado de la terminal aérea es insuficiente, o no funciona, o de plano no lo encienden para no mal acostumbrar a los usuarios. Ni hablar de los pocos espacios disponibles para sentarse. Cuando se juntan los dos vuelos —únicos— procedentes de la Ciudad de México no se dan abasto. No me imagino lo que sucederá cuando entre en operación una tercera aerolínea. ¿Repartirán sillas plegables?

La mayoría de locales comerciales están vacíos. Operan sólo dos de antojitos, otros dos de renta de automóviles —de los cuales siempre se quejan los clientes por no respetar las ofertas—, otro más de chácharas y golosinas, y el más moderno de la Casa Tukulná; los demás permanecen cerrados, con los vidrios sucios y con basura en su interior, lo que da una pésima imagen.

Al salir del aeropuerto hay que esperar a que otra joven —del otro lado del estacionamiento— realice el cobro del mismo, con un procedimiento digno de admiración por parte de Pitágoras de Samos, Diofanto de Alejandría, Tales de Mileto o algún otro matemático de la vieja escuela, pues cuando no sabe sumar 2 más 2, le resta 5 a 8 y le da 17, multiplica 11 por 8 y le resulta la raíz cuadrada de 9 a la octava potencia, y al final entrega el cambio que le aparece en el número de placa del vehículo o en el letrero más cercano. Quienes quieren salir rápido de la terminal prefieren decirle que se quede con el cambio.

Los retrasos de las líneas aéreas que operan hacia y desde la capital del país en ocasiones llegan a los veinte minutos, otro a una hora y a veces no llegan. Mucho se ha especulado acerca de esto, pues las aerolíneas argumentan que el personal del aeropuerto no les contesta la llamada para definir la ruta y condiciones, otros dicen que los de la torre de control usan las pantallas del radar para sus videojuegos, y otros más consideran que los pilotos prefieren no traer a los turistas para evitar ver una terminal aérea como la nuestra, carente de toda tecnología y con pésima administración.

De nada servirán los esfuerzos de la Secretaría de Turismo (Sectur) estatal y los convenios que consiga y signe su titular, Jorge Manos Esparragoza, si las autoridades aeroportuarias de ASA y quien administra el aeropuerto no se ponen a trabajar para mejorar las condiciones de la terminal aérea. Si queremos que nos volteen a ver como un destino mundial, hay que poner atención a esos detalles —muchos— y echarle los kilos —muchos más—.

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