Inicio»Opinión»“De Cristo, no de Pedro”

“De Cristo, no de Pedro”

0
Compartidos
Google+

Domingo 21º del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (16,13-20):

 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

Este domingo, el Evangelio nos lleva a un lugar muy especial y nos alimenta con un mensaje extraordinario. El mensaje y el lugar se unen para juntar y culminar todo lo dicho anteriormente por Jesús a sus discípulos. Todo ocurre en la principal ciudad gentil, Cesarea de Filipo, cerca del monte Hermón, a unos treinta kilómetros del Mar de Galilea. En tiempos pasados la ciudad fue conocida por el culto a Baal, y en el tiempo de Jesús había un templo dedicado al César, así que hablamos de un lugar sincrético y poco ortodoxo pero más accesible para escuchar, ver y encontrarse con la gente que desconoce y tal vez no aprecia la tradición judía. Parece que Jesús va ahí para escapar de las multitudes de Galilea y poder preparar a sus discípulos para su ida Jerusalén, que terminará con su muerte y resurrección.

Jesús escoge este lugar gentil para revelarse completamente a sus discípulos, pero antes les pide que le digan quién cree la gente que sea el Hijo del Hombre, que es el título que Él usa más frecuentemente para identificarse a sí mismo. Es claro que la gente pensaba bien sobre Jesús y lo había considerado como profeta, sin embargo cuando ellos lo trataron de identificar, lo que hicieron fue ver hacia su pasado y no hacia su futuro. Sí, Jesús es un profeta, pero es más que un profeta, Él los desafiaría como lo haría un profeta pero también los llevaría en direcciones que ellos nunca podrían anticipar.

La primera pregunta de Jesús simplemente prepara el terreno para que haga la segunda, la pregunta más importante: Y ustedes: ¿quién dicen que soy yo? Jesús ha estado preparando cuidadosamente a estos Apóstoles para continuar con su mensaje y su obra, por ello le importa mucho más la opinión y respuesta adecuada de ellos. Los discípulos escucharon sus enseñanzas y han sido testigos de sus milagros, pero, ¿qué es lo que han aprendido de Él?, ¿cómo y con quién lo identifican? Lo que piensan sobre Él es crucial, porque a estas alturas la incertidumbre es igual a la falta de fe.

Pedro sirve como el vocero del grupo y responde: “Tú eres el Cristo” (en griego Christos). “La palabra Mesías y la palabra Cristo son la misma; una es hebreo y la otra griego para designar al Ungido, es decir al “Rey Divino de Dios”. Es importante saber que es la primera vez que en el evangelio de Mateo, un discípulo reconoce que Jesús es el Mesías.

Como Pedro ha identificado a Jesús como el Hijo del Dios viviente, recibe de Jesús reconocimiento como el hijo de Jonás. Este título resalta la generación judía de Pedro y la forma oficial del nombramiento de Pedro. Es llamativo que él no llegó a su discernimiento por una astucia espiritual, sino Dios le ha dado este entendimiento sobre Jesús. No olvidemos que este discernimiento de Pedro llega por revelación, y esto también es para nosotros un factor importante de meditar; no tenemos ninguna razón para ser orgullosos si sucede que estamos más despiertos espiritualmente que otros.

Nuestra fe, igual que la de Pedro, es un don de Dios. ¿Cuántas veces juzgamos a los demás sólo porque piensan diferente, y cuántos prejuicios tenemos con lo desconocido? Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser “conservar la fe” como “un depósito de doctrinas” que hay que saber defender, contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes. Creer es otra cosa. Antes que nada, los cristianos hemos de preocupamos por reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo.

Lo más seguro es que Jesús dijo la palabra aramea Cephas, refiriéndose a Pedro, y a la roca en la cual construirá la Iglesia. Sin embargo, hay un detalle muy importante que nos recuerda el papa emérito Benedicto, en el año 2006: “Siempre es la Iglesia de Cristo y no de Pedro”. La Iglesia que quiere Jesús está basada en Él, y Pedro es un instrumento y no al revés. Quienes construyen y son fuente de los seguidores no son las personas (“Pedros” de nuestros días), es decir obispos y sacerdotes, sino el mismo Cristo.

A Pedro le esperará un largo camino para aprender que es Jesús y no él quien tiene que ser primero en la barca. A lo largo de la historia, como hoy en día, hubo —y hay muchos— que usurpaban el nombre del pastor para adueñarse del rebaño y del mensaje de Cristo. Ellos hacen mucho daño a la Iglesia de Cristo, porque no quieren oler a las ovejas; ellos piden justicia, y Jesús repetía “misericordia”; ellos viven en sus palacios, y Jesús pedía sencillez y austeridad; ellos viajan por el mundo enviando saludos por Facebook, y Jesús prefería visitar a los mendigos, besar a los leprosos, consolar a las viudas; ellos prefieren gritar con el libro del Derecho Canónico castigando, y Jesús simplemente se declaraba un hombre necesitado de Dios Padre.

Estos pastores quieren construir muros y tener siempre la palabra autoritaria dando miedo, y Jesús alzando a los niños siempre buscaba con humildad que el hombre cambie y se convierta, dándole otra oportunidad. ¿A quién sigues Tú, a Cristo?

Jesús repite a cada uno de nosotros su pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Una pregunta clara y directa ante la cual no es posible huir o permanecer neutrales, ni postergar la respuesta o delegarla a otro. El papa Francisco el año pasado (22 de febrero) nos invitó a responderle esta pregunta del Maestro: “en ella no hay nada de inquisitorio, es más, ¡está llena de amor! El amor de nuestra única Roca que hoy nos llama a renovar la fe en Él”.

Jesús comunicó a la gente una experiencia única y original de Dios sin desfigurarla con los miedos, ambiciones y fantasmas que las religiones suelen proyectar sobre la divinidad. Volvamos al origen y encontrémonos con este Jesús auténtico. Para Jesús, Dios es amor compasivo; la compasión es la manera de ser de Dios, su primera reacción ante el ser humano y ante la creación entera. Por eso Jesús habla, actúa, vive y muere movido por la compasión. Jesús sólo vivió para implantar en el mundo lo que él llamaba “el reino de Dios”; fue su gran sueño. Jesús no se dedicó a organizar una religión más perfecta desarrollando una teología más precisa sobre Dios o una liturgia más digna, lo que verdaderamente le preocupó fue la felicidad de las personas.

Lo que encontramos al comienzo del cristianismo no es una doctrina, sino una experiencia vivida con fe por los primeros seguidores. La fe cristiana nació cuando unos hombres y mujeres se encontraron con el Mesías, Cristo, y experimentaron en él la cercanía de Dios Padre. Este encuentro dio un sentido nuevo a sus vidas, descubrieron a Dios como cercano y bueno y por eso cambiaron sus vidas. Dejémonos seducir por esta fe y experiencia que nos sigue ofreciendo Jesús. ¡Seamos de Cristo, no de “Pedros”!

Padre Ángel de Jesús Salvador

Noticia anterior

Niños y ebrios dan mal uso al 911: Lanz

Siguiente noticia

Fiesta de maternidad a Alejandra