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La mejor democracia

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Iba a empezar este escrito diciendo que me causa sorpresa enterarme de la millonaria suma de dinero que el INE ha asignado a los partidos políticos para el 2018, año de la sucesión presidencial, pero no; pensándolo mejor no es sorpresa lo que provoca, es coraje, estupor y encanijamiento, por decir al menos tres calificativos que están permitidos en el manual del lenguaje socialmente aceptado.

Lo primero que se me viene a la mente es todo lo que se puede hacer, construir y beneficiar, a quienes menos tienen con 6.7 mmdp, que es la cantidad que los partidos tendrán que “gastar” para darnos la oportunidad de elegir al nuevo presidente, por mencionar lo más relevante del proceso electoral del próximo año.

¿Cuántos programas, cuánta obra pública y qué beneficios sociales se pueden concretar si este recurso público se invirtiera —6 mil 700 millones de pesos— de otro modo?

No entiendo cómo ha sucedido la aprobación de los descomunales recursos, cuando todavía el año pasado varias iniciativas llegaron al Congreso para “disminuir” partidas y recursos a los partidos. ¿Habrá algo que el común de los mexicanos desconocemos?

Cuál es la fundamentación real para entregarles tantos recursos en un país que es “ejemplo mundial de democracia” pero que aún padece rezagos ancestrales, principalmente en las zonas rurales del país donde la deuda histórica no termina de saldarse.

Cuando vemos entidades luchando por conseguir algunas decenas de millones para realizar obras, que son mucho más útiles para el ente social, es desmoralizante observar tantos miles de millones de pesos invertidos en nombre de la democracia.

Don Fidel Velázquez, alguna vez  dijo aquí en Campeche, ante la pregunta de cuál era la mejor vivienda para los obreros, señaló que “la mejor era la que no costara”. Pues no sería exagerado pensar que la mejor democracia sería la que no costara o, al menos, costara lo mínimo.

No sé cuáles habrán sido los criterios para la descomunal e “histórica” cifra acordada para los partidos políticos, pero me recuerda la anécdota trascendida en un documental de la campaña del actual presidente francés Emmanuel Macron. En aquel país las reglas de financiamiento público para las elecciones son otras. Macron viaja a Nueva York para reunirse con grupos de franceses radicados en aquella ciudad americana, y les dice, palabras más palabras menos: necesito de su apoyo económico. Sin su ayuda, mi campaña no podrá alcanzar sus objetivos. En aquel país las campañas tienen financiamiento público, privado y filial de simpatizantes. No todo se carga al recurso público.

Quizá sea hora de dejar de “becar” la existencia de múltiples partidos que poco o nada aportar al sistema democrático de México, partidos donde unipersonajes se enquistan en el control “de por vida” de esos institutos, pensado que los mexicanos no nos damos cuenta que ese es su “modus” de vida financiada por los que pagamos impuestos. Quizá sea tiempo de revisar el devenir histórico y pensar en dejar de oxigenar a partidos que en su breve tiempo de existir se sienten con derecho de piso electoral.

La reconfiguración del sistema electoral mexicano va más allá de pensar en alianzas partidistas para alcanzar el poder o las “segundas vueltas”, primero hay que encontrar la fórmula para dejar de darle exagerados recursos a los partidos en un país donde el nivel de salario cumple a exactitud con su definición: mínimo.

Bertha Paredes Medina

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