Inicio»Opinión»Granos de arena

Granos de arena

0
Compartidos
Google+

Reminiscencias

 

Con el paso de los años, en el Instituto Campechano se ha reafirmado el compromiso de ser coadyuvantes en la preservación y difusión de las manifestaciones culturales que dan identidad al pueblo campechano.

Con esa intención, en el colegio se promovió la adquisición de la estación radiofónica que por más de dos décadas había operado dentro de los espacios del edificio central.

Recién iniciada nuestra gestión, nos propusimos hacer una evaluación de los indicadores de eficiencia de la radio permisionada. El estudio se lo encomendamos a destacados maestros de la Escuela de Ciencias de la Comunicación, quienes en inteligente evaluación sostuvieron que el servicio instalado estaba subaprovechado —entre otras razones— por el lugar donde estaba la antena de transmisión, lo cual impedía que la señal llegara a un mayor segmento de nuestra ciudad que era el universo de atención para el que se programó el módulo radiodifusor.

En el dictamen se precisó que si se pretendía una mayor cobertura, mejor se optara por la migración a un permiso de frecuencia modulada (FM), que era la tendencia que prevalecía tanto en los sistemas de radiodifusión comercial como en los culturales.

Aceptando como apropiada la propuesta, nos dispusimos a iniciar la gestión. El objetivo nos parecía muy accesible, quizá por la circunstancia de encontrarnos en el inicio de la función de coordinador-institución, condición ésta a la que suele asociarse una alta dosis de optimismo.

Queríamos lograrlo en el menor tiempo posible y con el menor costo.

Frente a ese desafío nos impusimos la tarea de tocar puertas y acudir a antiguas amistad que cultivamos en la brega parlamentaria, las cuales estaban vinculadas a las áreas encargadas de ese rubro en la Administración Pública Federal.

En el inicio de nuestra gestión, nos sirvió de mucho la orientación y las palabras de aliento de don Edgar Gómez Tapia, que era el encargado de la estación radiofónica del Instituto. Edgar había laborado en importantes radiodifusoras comerciales del Estado, antes de ingresar a nuestra institución.

Nos resultó también muy útil el respaldo del licenciado Sergio Fajardo, doctorante matriculado en la Universidad Española Castilla —la Mancha—, y un próspero empresario de la radio. Sergio era propietario del núcleo Radio Cadena Nacional (RCN) y asesoraba con altruismo al Instituto, al que con frecuencia manifestaba reconocimiento y admiración.

Al Instituto sólo cobraba una simbólica cuota por sus servicios profesionales.

En el trámite de la solicitud coincidimos con decenas, con varias decenas de instituciones educativas y culturales que perseguían el mismo objetivo.

Al colegio le urgía el permiso porque el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) había recomendado ya la desmantelación de la antena, que en realidad agredía la imagen urbana. La antena era un lunar en nuestro cielo. Lo era más porque estaba ubicada en el área citadina declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. La recomendación fue atendida sin dilación.

Las maniobras realizadas por los operarios de la compañía contratada para desmantelar la torre, nos impactaron por los riesgos que implicaban.

Uno a uno, fueron desarmando los tramos de la antena, empezando por el más alto ubicado a noventa metros del nivel del suelo. Al separar cada segmento, los técnicos desde la altura indicada hacían muestras de equilibrio y una suerte de malabarismo.

Cuando desprendieron el último segmento respiramos con alivio. Supongo que ellos también.

El reemplazo resultó más complicado de lo que suponíamos. La tramitación se tornó compleja, tanto para la institución como para los otros solicitantes. No sé cómo les fue a ellos; a nosotros la fortuna nos sonrió a fin de cuentas.

Un día de mayo de 2013, el señor Fajardo nos llamó para darnos la buena nueva: “El próximo día 17 lo espera el secretario técnico de la (comisión Federal de Telecomunicaciones (Cofetel) para otorgarle la constancia del permiso para la estación FM”. La suma de esfuerzos había rendido frutos.

Recuerdo que al regresar de la capital, le pedía a Carlos R. de la Gala y a Edgar Gómez Tapia, encargados de la radio, que bajaran a la rectoría. Ellos estaban ubicados en la tercera planta del edificio. Ambos eran charlistas de excelencia. Carlos es, además, al decir de sus amigos, el mejor declamador en Mesoamérica de los versos del andaluz Manuel Benítez Carrasco.

Cuando con ellos me reunía, después de hablar de los asuntos laborales de su competencia, se solazaban platicando de su tiempo, de sus amigos, de sus aventuras en el Distrito Federal, y también nos hablaban de los alumnos destacados de la Universidad Pontificia de Santo Domingo. Sus comentarios eran divertidos, y también —habrá que decirlo— inocuos.

Antes de concluir nuestro rectorado, el Consejo Superior acordó la jubilación de Edgar. Ya había cubierto el tiempo reglamentario en la prestación de su servicio, no obstante él seguía acudiendo al Instituto para apoyar a la radio con sus consejos y con su presencia que motivaba al orden.

Cuando acudieron a nuestra oficina les enseñé el documento y lo disfrutaron intensamente. Edgar entonces comentó: “¡Misión cumplida!”. Le repliqué: “No amigo, usted tiene cuerda suficiente para seguir apoyando la radio del instituto”, y él me respondió: “Usted termina y yo me voy”.

A las tres semanas de haber concluido nuestra función rectoral, estando en la Ciudad de México, recibí un telefonema de Alberto Hurtado. La llamada era para notificarme el fallecimiento de Gómez Tapia. La noticia nos cimbró; era un eficaz colaborador y un buen amigo.

Con pesar le narré al estimado mensajero la última charla sostenida con Gómez Tapia. “¡Caray, no pensé que fuera tan seria la advertencia de Edgar!”, le comenté, con humor de dudosa factura.

Gómez fue un caballeroso coterráneo, de esos que aportan al lugar donde laboran tan sólo granos de arena, pero con la firme convicción de que con ello contribuyen a formar montañas.

 

Ramón Félix Santini Pech

Noticia anterior

Campechanos se agencian preseas de oro y bronce

Siguiente noticia

Todavía tengo a mi sol