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Conservación del patrimonio

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El patrimonio histórico edificado, es muestra fiel de nuestras pétreas remembranzas y de nuestro pasado arquitectónico. En palabras del inmortal Octavio Paz, “La arquitectura es el testigo irrefutable de nuestra historia”.

En los últimos años se ha fincado en los arquitectos una nueva noción respecto a la recuperación y preservación del patrimonio histórico. Ha permeado en ellos una notable preocupación por rescatar lo antiguo, por recuperar lo histórico, por recobrar la historia de las ciudades.

Pueblos ávidos por revivir su historia y recordar sus tradiciones le han apostado a esta nueva tendencia de la arquitectura súper moderna, y han comprometido su capacidad profesional para renovar y revitalizar estos sitios de peculiar grandeza.

Pero, recordemos un poco acerca de tan apasionante tema. ¿De dónde y cómo surge el interés de preservar el patrimonio cultural? Mucho se ha hablado y discutido acerca de los orígenes de esta corriente de conservación. Desde tiempos inmemoriales se han registrado intentos por preservar, e incluso reconstruir el patrimonio edificado. Desde el extinto faro de Alejandría hasta el ausente coloso de Rodas, ha habido muestras por recrear y recobrar el espíritu ancestral de la historia de cada país.

Desde la convención de la Unesco de 1972, pasando por la Carta Italiana de Restauración del mismo año, y la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticas e Históricas de México, varios documentos que forman ya parte esencial en la reglamentación especializada en la materia patrimonial son el marco legal que protegen a estos sitios, ciudades y obras arquitectónicas de notable valor histórico, a la vez que sirven como aliciente a innumerables estudiosos y especialistas de la conservación.

Ahora bien, muchos fueron los eventos que sucedieron después de la Primera Guerra Mundial, e incluso posteriores al Congreso de Venecia, siendo estos acontecimientos determinantes en la idea de crear un movimiento internacional para proteger los sitios de todos los países.

Pero el evento que suscitó especial preocupación internacional fue la decisión de construir la gran represa de Asuán en Egipto, con lo cual se inundaría el valle en que se encontraban los templos de Abu Simbel, tesoro de la antigua civilización egipcia. Por lo tanto, en 1959 la Unesco decidió lanzar una campaña internacional a raíz de un llamado de los gobiernos de Egipto y Sudán, con lo que se aceleró la investigación arqueológica en las áreas que iban a ser inundadas. Finalmente, los templos de Abu Simbel y Filae fueron desmontados y trasladados a terreno seco, y ahí fueron montados y reconstruidos de nuevo.

La campaña costó cerca de 80 millones de dólares, la mitad de los cuales fueron donados por unos 50 países, lo que demostraba la importancia de la responsabilidad compartida de las naciones en la conservación de sitios culturales excepcionales. El éxito de esta campaña condujo a otras similares de salvaguarda, tales como la de Venecia, en Italia; la de Mohenjo-Daro, en Pakistán; la de Borobudur, en Indonesia; entre otros ejemplos relevantes.

Consecuentemente la Unesco inició, con la ayuda del Consejo Internacional de Sitios y Monumentos (Icomos), la elaboración de un proyecto de convención sobre la protección del patrimonio cultural. En México, a nivel nacional, la responsabilidad de velar y cuidar nuestro patrimonio edificado anterior al siglo XX recae sobre el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) hace lo mismo cuando data del siglo XX y posterior.

Estamos convencidos que el tema de rescatar y recuperar nuestro patrimonio no es tarea de unos pocos especialistas, es tarea de todos. Sólo con el ímpetu ciudadano, con la ley en la mano y con la buena voluntad política de nuestros gobernantes, podremos caminar hacia delante en esta benéfica tarea y poder así involucrarnos fehacientemente en el crecimiento y progreso de nuestras zonas históricas.

José Luis Llovera Abreu

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