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“Estando los dos a solas”

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 18, 15-20:

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. En verdad les digo que todo lo que aten ustedes en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos. Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

 

Este domingo el Evangelio nos habla de la corrección fraterna; no es invento del siglo XXI, sino ha sido una práctica común en todas las culturas y civilizaciones que la educación supone necesaria. Pero la corrección fraterna es tan necesaria como difícil de practicar, porque se nos olvida que lo primero y último que debemos buscar es el bien del prójimo, no primariamente el bien propio. La clave es sencilla: que se haga la corrección fraterna con mucho amor, y exclusivamente por amor a la persona que comete error. Ya san Agustín decía: “si corriges, corrige con amor”.

Enseguida nos vienen a la mente tantas barbaridades, falta de caridad, de juicios injustos que se cometieron en el nombre de Dios en diferentes religiones. Y pienso que si nuestra Iglesia lo hubiera hecho siempre como nos lo explica hoy el mismo Jesús, se habrían evitado muchas herejías dolorosas y muchísimos castigos injustos. Los que mandan y gobiernan dentro de la Iglesia, de cualquier manera que sea, deben ser personas llenas de amor y de sana pedagogía. Tienen que darnos este ejemplo de humildad y servicio a la verdad sobre las personas.

No queremos ya más hogueras inquisitorias, sino que nos enseñen a corregir con amor, porque lo que cambia a las personas son el cariño y la auténtica preocupación, y no los linchamientos y mucho menos si son públicos. Espero que esto no suceda en tu diócesis o iglesia parroquial. Las puertas para los que piensan diferente o se equivocan, tienen que estar abiertas para corregir y no condenar y cerrar las puertas de la casa de Dios.

Si ves que alguien se equivoca, primero debes hablarlo personalmente antes de que sea demasiado tarde y se extravíe definitivamente. Sin embargo, hay que hacerlo con mucha prudencia y no ir con aire superior, creyendo que tú eres perfecto en todo y sólo el otro es quien se equivoca. Tu hermano lo tomará como una crítica negativa y no verá tu buena intención, y tu intención aunque sea buena fracasará. Si conoces de verdad a tu hermano, sabrás también cómo reaccionará y qué forma y tono tienes que emplear: enérgico, suave o firme, según la persona.

Jesús también nos da otra pista en la buena corrección. Además, si no te hace caso, solicita la ayuda de otro hermano para que sea más eficaz la corrección, y que el otro vea que lo haces porque le quieres, no porque te regodees en la crítica negativa. Si no les hace caso a los dos, debes reunir a la comunidad para que con el consejo y la ayuda de todos, pueda recapacitar y recuperar la senda correcta.

Qué lástima que tantas veces lo hacemos al revés. Primero, corremos hablando mal del hermano, sacando toda la suciedad, y hasta inventamos cosas para ampliar el dramatismo del error. Y cuántas veces lo disfrutamos “haciendo leña del árbol caído”. No olvidemos que la corrección hay que hacerla con mucho tiento, pues hay cosas personales que no es necesario airear por ahí. Pero cómo nos gusta “chismear” tanto sobre los demás… a veces sólo lo hacemos para sentirnos un poco mejor y aliviar nuestras penas y propias miserias, sintiéndonos superiores.

Los creyentes deberíamos escuchar, hoy más que nunca, la llamada de Jesús a corregimos y ayudamos mutuamente a ser mejores. Jesús nos invita sobre todo, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado. Todo hombre es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad, pero necesita con frecuencia encontrarse con alguien que lo ame de verdad y corrija como amigo, invitándole a interrogarse y contagiándole el deseo nuevo de verdad y generosidad.

Tengo la impresión —después de varias experiencias personales— que quizás lo que más cambia a muchas personas no son las grandes ideas ni los pensamientos hermosos, sino el haberse encontrado en la vida con alguien que ha sabido acercarse a ellas amistosamente y las ha ayudado a renovarse, a veces sin muchas palabras y sin pregones publicitarios, sino simplemente estando al lado y apoyando al amigo que sufre y quiere sentirse aceptado y reconocido como persona, y no como un punto más del artículo del Derecho Canónico.

Creo que varias veces nos equivocamos, puesto que el otro ha actuado mal y no consideramos necesario analizar nuestra postura. Tenía razón san Agustín: “Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida”.

Nos parece “normal” retirar nuestra amistad y bloquear nuestra mirada y nuestro corazón, porque nos enseñaron a tirar una piedra más al caído, en vez de tender la mano. Así, sin apenas darnos cuenta, nuestras relaciones se empobrecen ahogadas por la decepción, las acusaciones inflexibles y las mutuas condenas. No es este el camino acertado para crecer. Jesús nos anima a adoptar una postura mucho más positiva, orientada a salvar la relación con el hermano sin buscar su desprestigio o su condena, sino únicamente el bien suyo y su posibilidad de crecer personalmente.

Sorprendentemente, Jesús indica que es “el ofendido” quien ha de tomar la iniciativa para facilitar la reconciliación. Esta forma tan positiva exige un corazón sencillo y grande que tenemos que formar en nosotros aprendiendo de nuestros líderes religiosos, pues se trata de acercarnos al que ha actuado mal, sin juicios humillantes ni condenas definitivas, sino movidos por un deseo interior de paz y de reconciliación sincera. ¿Así lo vives y experimentas en tu Iglesia Diocesana y parroquial?

De nada sirve condenar desde una actitud de superioridad moral, institucional o desde unos principios rígidos e inflexibles, si falta esta actitud interior de acogida amistosa y misericordia que enseñaba Jesús. Todos cometemos errores y equivocaciones; todos tenemos momentos malos y necesitamos poder empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad.

Hay que seguir creyendo en el amigo, en el hermano, en la esposa, en el compañero, aunque hayamos de ser críticos para ayudarle a salir de su error. ¿Cuántas comunidades, matrimonios y relaciones amistosas hubieran seguido creciendo, si hubiera existido este diálogo clarificador, pacífico y constructivo “estando los dos a solas”, como dice el Evangelio?

Padre Ángel de Jesús Salvador

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