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Desvirtuamiento de la política

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Nuestra gente

 

Entre las muchas definiciones de política, la que creo más válida es la que la considera como el instrumento idóneo para bien gobernar en cualquier nivel aplicando leyes vigentes y criterios positivos; es decir, no sólo al sí o no respecto a la estricta aplicación de las leyes cayendo incluso en lo legaloide, ni tampoco haciéndolas a un lado para sólo gobernar según criterios e intuiciones: en hallar esa buena combinación y aplicarla correctamente está el meollo del problema. La sola condición de haber obtenido una posición de mando grupal, ya sea político, social o empresarial, no es suficiente para definir a un buen líder.

En cualquiera de esas posiciones no es buen político quien opera dentro de su oficina con las puertas abiertas para todo el que quiera entrar, ni tampoco el que se encierra a piedra y lodo. No es miembro bienvenido en el grupo sólo el que halaga todo lo que el líder haga o diga, ni tampoco rechazado el que todo lo repruebe. Los extremos siempre serán malos.

Si un líder condena que expresiones de inconformidad partidista se hagan públicas, entonces que ponga lo que está de su parte para que “la ropa sucia se lave en casa”. Si yo fuera panista preferiría al senador Cordero y no a cualquiera de las damas propuestas para líder del Senado, durante un periodo político hartamente difícil como será el año 2018, pues además carecen, los ahora resentidos, de la certeza de que los “rebeldes” van a apoyar al PRI.

Como todo gobierno de cualquier nivel incurre en irregularidades no necesariamente por corrupción o ineptitud; no tiene el presidente Peña la supuesta necesidad de querer a un fiscal general tan cuestionado, porque además cuenta con un año para corregir cualquier irregularidad, salvo las que le quieren atribuir respecto a lo de Ayotzinapa, a la inseguridad y corrupción cada vez mayores, a la pobreza extrema y a otras similares, pues no habrá nadie que en seis años las corrija: los grandes desafíos del país deben atacarse mediante un proyecto transexenal, independientemente de los partidos de donde emerjan los próximos mandatarios.

Por otra parte, resulta condenable cualquier gobernante que deje que se destruyan obras importantes sólo porque su antecesor las dejó inconclusas. Se exhiben como falsos los políticos que reprueban la maniobra válida de los legisladores priístas que cedieron a algunos al PVEM para que éste siguiera siendo bancada, ya que ha sido práctica común, y si no se recuerda ese detalle está ahora como ejemplo la senadora Layda Sansores y lo estuvo también Ricardo Monreal, cuando se pasaron al PT a petición de AMLO. Sí, ese mismo Monreal al que ahora AMLO abandonó a su suerte. Y sí, esa misma señora Sansores que ya adquirió la costumbre —¿ella y sus familiares estarán orgullosos de eso?— de usar las más respetables tribunas legislativas para soltar expresiones soeces creyendo tal vez que así es más popular, y además despotrica contra los que tienen riqueza inexplicable cuando que la de ella proviene de su señor padre —mi afecto y respeto para él—, adquirida cuando fue gobernador.

¿Y qué con AMLO que ya convirtió a Morena en un símil de la iglesia, donde basta confesar culpas para recibir perdón por haber incurrido en ellas?

Con sólo estos pocos ejemplos se hace evidente porqué a los políticos se les da tan poca credibilidad, aunque como regla al fin tiene también excepciones. No notables desafortunadamente.

Deberían, pues, los políticos, cumplir con sus deberes de manera adecuada para salir de ese círculo vicioso y entrar a uno virtuoso, que antes habría que construir.

 

Fernando Almeyda Cobos

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