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Conjuntivitis… se atendió tarde…

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Para cuando los secretarios de Salud y de Educación, Álvaro Emilio Arceo Ortiz y Ricardo Miguel Medina Farfán, voltearon a ver la gravedad del brote de conjuntivitis, que hasta la semana pasada afectaba principalmente a  escolares, pero que ahora se ha convertido en el principal causante de incapacidad laboral, el problema ya los había rebasado.

Con brotes importantes de ese padecimiento en Yucatán y Quintana Roo,  era imposible impedir que nuestra entidad fuera afectada, sobre todo si se dejaron pasar los protocolos para estos casos de riesgo, o se aplicaron de manera tardía, cuando ya el daño lastimaba a importante núcleo de habitantes de Campeche.

Lo que no puede negarse es que los avisos se dieron a tiempo. En TRIBUNA le dimos puntual seguimiento a la explosión del problema en Yucatán y su posterior expansión hacia Quintana Roo. Reportamos los primeros casos en la zona de los Chenes y el Camino Real, donde los papás exigían a las autoridades educativas y de Salud poner controles al momento de ingresar a las escuelas. Las advertencias no fueron tomadas en cuenta. Se esperó hasta que empezaron los reclamos.

Cuando el problema empezaba a desbordarse, se difundió información errónea con 50 por ciento menos de los casos que a nivel nacional reportaba la Dirección General de Epidemiología. ¿Alguna razón que justifique esa equivocación? No lo sabemos, pero hay cosas que no se pueden esconder bajo la alfombra, y la proliferación de enfermedades contagiosas es una de ellas.

Cuando se empezó a admitir la gravedad del problema ya había más de seis mil afectados, y las escuelas se convirtieron en el primer centro de contagio y proliferación del padecimiento. Cuando las secretarías de Salud y Educación quisieron poner “filtros” para que no pasaran los niños enfermos, ya el mal se había expandido y hasta los maestros empezaban a sufrir las consecuencias.

Hablar del abasto de medicamentos es cosa aparte. Y una vez más, la autoridad encargada del abasto volvió a mentir, asegurando que existían suficientes fármacos en sus bodegas, pero al mismo tiempo los médicos de todas las dependencias del sector enviaban a sus pacientes a surtir sus recetas en farmacias privadas, pues en las oficiales no había.

Y claro, las cadenas farmacéuticas vieron en este problema su minita de oro y aprovecharon para esconder la fórmula más barata para tratar el padecimiento ocular —Cloranfenicol, que cuesta entre 30 y 40 pesos— y darle salida a las marcas comerciales (lo mismo, pero mucho más caro) para aumentar sus ganancias a costa, literalmente, del llanto de miles y miles de campechanos, sobre todo de menores de edad.

Afortunadamente no se trató del brote de una enfermedad mortal, como lo fue en su tiempo el cólera o el dengue hemorrágico,  pero si seguimos con estas flexibilidades en los protocolos para la atención y control de las enfermedades contagiosas, que nadie descarte que un día de éstos, tengamos un susto mucho mayor.

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