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Temblar sin temblar

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Hace unos días, muchos mexicanos vivimos las infaustas consecuencias de los azarosos efectos tremulantes de las entrañas rocosas de nuestro planeta.

Ahí, en los confines pétreos de algún sitio en las profundidades de nuestro subsuelo, hubo otro reacomodo de placas tectónicas que, literalmente, nos puso a temblar a todos. Esa temblorina aún se piensa, se teme y se siente. En 12 días, primero el 7 y luego el 19 de septiembre, acumulamos dos incidentes sísmicos de altas magnitudes, y lo que es muy peculiar y grave, el primer terremoto reverberó hasta en la sólida meseta de la Península de Yucatán, en donde estos efectos son prácticamente impensables.

Al respecto de las danzas telúricas en Campeche, algunos expertos en sismología opinan que son consecuencia de las oquedades que la extracción petrolera ha ocasionado en esos lares marinos; otros consideran que simplemente fueron temblores de altas magnitudes, que invariablemente habrían de repercutir aún en esa región compuesta por suelo firme y rocoso.

En la Ciudad de México, y en el centro del país, la historia desafortunadamente es recurrente y catastrófica. Todos sabemos del bemolado subsuelo blando en el Valle de México y de la intrincada unión de las placas terrestres en casi toda la región central del país. Si bien es cierto que a partir del infausto evento de 1985 en la Ciudad de México, todos los parámetros y reglamentos constructivos cambiaron y se revolucionó la forma de edificar, también es realidad que hoy debemos aplicar parámetros de seguridad constructiva más estrictos, aún si se tratara de nuestros firmes y estables suelos campechanos.

Estas tragedias, además de ocasionar funestas y horrorosas escenas de muerte y desolación, evidencian también la corrupción y la negligencia de las autoridades que autorizaron muchas construcciones sin que estas cumplieran con lo requerido en lo que a normas sísmicas se atañe. El reforzamiento estructural a partir de este mes de septiembre de 2017, ya no será solamente un asunto de previsión y de criterio ingenieril y arquitectónico, sino que deberá evolucionar a una praxis recurrente y automática al momento de concebir y diseñar la lógica constructiva de los edificios, y los efectos de estos ante los inevitables movimientos oscilatorios y trepidatorios de los terremotos.

Hay acontecimientos que nos marcan y nos enseñan a hacer las cosas diferentes. La fuerza de la costumbre deberá verse aplastada por la automática necesidad de obligarnos a reforzar lo que los ingenieros y arquitectos diseñemos. Es obligación implícita que no solamente heredamos de las aulas, sino que ahora más que nunca habremos de recordar con frescura y afrontar a diario cuando toquemos con nuestras miradas las imborrables cicatrices de la ciudad.

El ámbito de la reglamentación en las construcciones es tan sólo uno de los tópicos que han recobrado importancia con los temblores de septiembre; hay muchísimas más lecciones que estos terremotos nos han dado, pero sin duda el aspecto legal y de la corresponsabilidad reglamentaria entre los constructores y los órdenes de gobierno es medular.

Existen elementos materiales sobre los cuales podemos escatimar quienes nos dedicamos al diseño y a la construcción de edificios, y de espacios para uso de la gente. Podemos ser indecisos y vacilantes en lo que a aspectos formales y ornamentales se refiere, pero tengamos muy en cuenta que jamás podríamos darnos el lujo de dejar de ser meticulosos, absolutamente responsables en todo lo tocante a la seguridad, a la integridad de quienes habitarán y usarán las edificaciones que nosotros concibamos y construyamos. Esto no sólo sería en detrimento de nuestra confiabilidad y prestigio profesional, sino que atentaría contra la vida de nuestros clientes y de los usuarios en general.

José Luis Llovera Abreu

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