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Prolongada despedida

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Con enormes lentes oscuros, como para ocultar la conjuntivitis, o quizá  disimular algunas lágrimas, el cabello moviéndose al vaivén de la suave brisa marina, extrañamente desmaquillada y con evidente nerviosismo, una misteriosa mujer que trató de pasar inadvertida, esperó por largo rato la llegada del nuncio apostólico Franco Coppola a la parroquia de San Francisco de Asís de la ciudad capital. Al parecer buscaba un milagro.

Era martes 3 de octubre y los feligreses se aprestaban a la celebración del Santo Patrono del lugar. Mientras algunos sacerdotes y religiosas rezaban  la hora santa en el interior del vetusto inmueble católico en espera de la llegada del representante del papa Francisco en México, la misteriosa mujer caminaba de un lado para otro.

Miraba a cada rato su reloj. Simulaba realizar algunas llamadas y de vez en cuando se limpiaba los ojos. Quienes estaban cerca de ella la miraban de reojo y se alejaban. Usted sabe, la conjuntivitis es muy contagiosa, y eso parecía tener quien esperaba la llegada del nuncio apostólico.

Pero Franco Coppola quedó encantado con la recepción que le ofrecieron en Calkiní, en donde visitó a las monjas clarisas dedicadas a la vida contemplativa y en oración permanente, quienes se dieron un tiempecito para participar en la celebración litúrgica y en la velada artística que el párroco Juan Heliodoro Kantún le preparó al también arzobispo italiano, que desde 1993 forma parte del cuerpo diplomático del Vaticano.

La agenda del embajador contemplaba participar a partir de las siete de la noche en la hora santa, junto con otros sacerdotes en la parroquia de San Francisco de Asís, pero de última hora decidió cancelarla para convivir un poco más de tiempo con la feligresía calkiniense, que lo recepcionó con jarana y cabeza de cochino en el atrio y en el teatro parroquial. Convivir con la gente maya impresionó al clérigo europeo y lo motivó a prolongar su estancia en esa comunidad.

Pero eso no lo sabía la misteriosa mujer que lo esperaba ansiosa en la iglesia de San Francisco. Nerviosa, se tronaba los dedos, revisaba los mensajes en su  Smartphone desde donde enviaba wathsapazos y subía fotografías en su cuenta de Facebook.

En la parroquia la romería iba in crescendo. Voladores y fuegos artificiales anunciaban el regocijo popular por el festejo del santo patrono, y algunos gremios repartieron tamales, tortas, panuchos y agua de horchata como preámbulo a la verbena popular, que anualmente se organiza para marcar el inicio de las fiestas del barrio.

Nada alegraba sin embargo el corazón de la misteriosa mujer que a ratos se postraba en oración y volvía a sumergirse en los infinitos territorios del Internet. Miraba sin ver, oía sin escuchar, respiraba sin oler. Respondía como autómata a quienes la reconocían y le daban las buenas noches. Se notaba ausente.

Unas horas antes, en las redes sociales se había difundido profusamente la versión de que la habían cesado del cargo. Que en su lugar se iba a designar al médico Carlos Cervera Rodríguez y hasta algunas agrupaciones, como la de jubilados y pensionados, habían improvisado conferencias de prensa para festejar el anuncio.

Ella en cambio, estaba en un sitio religioso en espera del nuncio. Pero más que eso, tal vez esperaba un milagro que revirtiera esa noticia que se había difundido en las redes sociales. ¿Esperaba pedir la intermediación del embajador del Vaticano para que éste a su vez le hablara al papa Francisco para que como una indulgencia especial le solicitara al presidente Enrique Peña que se le mantuviera en el cargo? Es posible. En esas condiciones, toda tabla de salvación es bienvenida.

Pero el nuncio no llegó. Tampoco el milagro, y este lunes se consumó lo que se había pronosticado desde hace algún tiempo, que la falta de capacidad para resolver los problemas más urgentes en el Issste, ameritó que se recurriera a otra gente para tratar de salvar ese barco que hacía agua. En una delegación dominada por el amiguismo, el influyentismo y la arbitrariedad, que sin embargo tiene a más de 100 mil derechohabientes urgidos de que mejoren las cosas.

A Rita le concedieron la oportunidad de despedirse. Visitó la clínica hospital, sobre todo la sala de urgencias, donde llegaba a dar de gritos a los doctores pensando que de esa manera se aliviarían los enfermos o se curarían las heridas, y hasta escribió una carta de despedida que difundió en sus redes sociales, tratando de politizar un hecho que no tuvo más trasfondo que la ineptitud para entregar buenos resultados. No fotografías en el Internet estrechando manos, sino resultados. Solución a los problemas, no selfies.

Simplemente no pudo. Por eso la relevaron. Lo demás son ganas de hacer telenovelas.

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