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Don facundo, el compadre egoísta

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Los cazadores

(cuento)

 

Una tarde lluviosa de agosto fui a pasear a la casa de mis abuelos paternos; encontré a mi abuelito fumando su “chac-tup” (cigarro de hoja), sentado en su butaque con las piernas entrecruzadas, mirando hacia la calle. Me llamó y me dijo: “Chep”, siéntate aquí a mi lado, te voy a contar un cuento, espero que te guste.

“Hace muchos años fui a un pueblo de la región del mayab a trabajar como carpintero. Alquilé una casa e instalé mi taller. Todas las mañanas salía a conversar con las gentes y proponerles mis servicios.

Ahí en ese lugar, me enteré que don Facundo era un rico comerciante, muy aficionado a la cacería. Que seguido salía de noche a lamparear y que tenía un buen equipo, buenas armas; pero era malo y egoísta con sus semejantes.

En cierta ocasión este señor invitó a su compadre Bartolo a que lo acompañara a cazar de noche. El invitado, que era pobre, aceptó con la idea de que le darían algo de carne de las piezas cazadas. Llegó la noche y salieron, fueron a la zona de milpas, no había luna, al enfocar, vieron a lo lejos un hermoso venado. Don Facundo le apuntó a la cabeza y no falló.

Al verlo caer el compadre pobre, o sea don Bartolo, exclamó: “¡Compadrito!, ¡compadrito! ¡Ya la hicimos!”. El otro dijo muy serio: “¿Ya la hicimos compadre?, ¡ya la hice!, dígame, ¿tiene usted lámpara?, ¿tiene escopeta? No, ¿verdad?, entonces usted no ha hecho nada. Amarró el venado y lo guindó en un árbol para seguir adelante.

Continuaron caminando. El cazador iba alegre, ya tenía su venado; el otro, triste, sabía que no le tocaría nada. Sin embargo siguió detrás de su compadre. De pronto con la luz de la lámpara, vieron unos ojos, el de la escopeta apuntó y disparó, oyeron caer el cuerpo, se acercó, lo alumbró y dijo en voz alta: “¡Compadre! ¡Compadre!, ya nos amolamos, maté al burro de don Cornelio”. El otro sereno, enseguida contestó: ¿Ya nos amolamos? ¡Ya se amoló!, ¿acaso tengo lámpara?, ¿escopeta? No, ¿verdad?, entonces no tengo que ver con la muerte del asno, usted lo mató, tendrá que pagarlo y ¡vámonos! Porque ya está amaneciendo.

El pobre iba tranquilo, el rico pasó a buscar su venado y tuvo que pagar por el jumento”.

Así terminó mi abuelito su relato, tiró la colilla de su cigarro, le di un beso en la frente y volví a mi casa, pensando que justamente don Facundo recibió su merecido.

FIN.

Francisco Ávila Pérez

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