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Pepe Meade: visita institucional

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La visita de José Antonio Meade Kuribreña no sólo le permitió a su principal partido postulante, el PRI, mostrar una parte del músculo que lo va impulsar en la campaña, sino también acabar con algunas dudas de quienes creían que había una especie de tensión entre el precandidato priísta y los dirigentes formal y real de esa organización en la entidad.

El precandidato demostró una vez más que, de entrada, no es rencoroso, que se sabe imponer a la adversidad y que conoce los entresijos para transformar una mala interpretación en elemento de abono a la unidad.

Por eso, no es erróneo afirmar que uno de los que salieron ganando durante esta gira del precandidato presidencial es el dirigente estatal del tricolor, Ernesto “Tito” Castillo Rosado.

Recuérdese que quedó muy mal parado luego de ese traspié lingüístico en que quiso defender a su abanderado presidencial diciendo que saldría “positivo” de los exámenes toxicológicos, y le salió el tiro por la culata cuando el tema que viralizó en las redes sociales, y que estuvo a punto de adelantar su salida de la principal oficina del edificio tricolor.

Si bien es cierto que la vanidad y la soberbia del dirigente estatal priísta no le permitieron reconocer públicamente su error, y en ese mismo sentido enmendarlo, también es verdad que la tunda que le dieron en medios nacionales, tradicionales y electrónicos por ese gazapo pronunciado en la tribuna legislativa, seguramente que le deberán servir de escarmiento para meditar con mayor profundidad cada palabra antes de pronunciarla, no sea que en la próxima no sean tan benevolentes con él.

Para Meade Kuribreña el incidente con Tito fue “genial”, “creativo” e ingenioso”, pues le abrió la puerta para proponerle a sus contrincantes que se hagan ese examen toxicológico, además de las demás evaluaciones físicas y psicológicas, para demostrar que son aptos para gobernar al país.

Final feliz para un error garrafal, al que irremediablemente conducen el egocentrismo, la ufanía, la presunción, la inmodestia, la fatuidad, la ventolera, la arrogancia, el engolamiento, la farfolla y el virotismo. No necesariamente en ese orden.

Por lo demás, la visita del también ex secretario de Hacienda, de Relaciones Exteriores y de Desarrollo Social se apegó a los cánones tradicionales. No hubo bienvenida apoteósica en el aeropuerto, como se estiló con otros candidatos presidenciales, ni comité de recepción que generara escandalera. Por el contrario, sólo su anfitrión —Castillo Rosado— y su equipo de campaña y de seguridad personal.

Atrás quedaron aquellos tiempos en que el aeropuerto era tapizado con lonas, pancartas y mantas de los sectores tradicionales del PRI para manifestar su respaldo al candidato. Esta vez no hubo ni vuelo privado ni mucho menos gentío. Ergo, el gasto fue mínimo.

Tras su arribo, pasearon por la ciudad, se tomaron selfies con todo aquel campechano que se lo solicitaba, ofreció una conferencia de prensa muy escueta, y después se explayó en las entrevistas exclusivas que ofreció a varios medios locales de información.

El evento en el Circo Teatro Renacimiento rebasó las expectativas a pesar de las escasas horas que tuvieron los organizadores para armarla. Y los discursos -–tres nada más— se ajustaron a la ortodoxia, sin que nadie se saliera del guión previamente acordado.

Mucha calidez, mucho afecto. Explosiones de apoyo de todos los sectores y organizaciones, y compromisos amarrados para más adelante, si se logra el objetivo de hacerlo Presidente de la República…

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