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Mil y un pretextos del mediocre

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Se me olvida que soy un enfermo emocional, alcohólico y adicto en recuperación que no puedo darme el lujo de probar una gota de alcohol, ni un chirris de cocaína; que no puedo usar antidepresivos, morfina o inhalar sustancias químicas por demás placenteras. Mi enfermedad es genética, la energía que la activa es la ansiedad que culmina en mi pensamiento alcohólico, propio de un mediocre como yo.

Impulso una serie de conductas tóxicas que me convierten en verdadero enano espiritual, sin esencia, ni presencia de fe, ni de autoestima; mi enfermedad es compleja, progresiva, crece a cada segundo como la espuma, es burlona, cruel, física, compulsiva, mental, emocional y espiritual; mi enfermedad es perra, todo lo que toco lo convierto en estiércol, en excremento, me hago daño y me he hecho todo un especialista en provocar dolor, tristeza y decepción a los seres que viven a mi lado.

Soy un tipo egocéntrico, soberbio y tengo actitudes de niño inmaduro, orgulloso, caprichoso; tengo falsos argumentos respecto a mi condición de alcohólico y drogadicto, caigo en el autoengaño, soy el rey de las mentiras, actor ganador del Oscar en Hollywood, he fracasado en todos los sentidos y tengo la habilidad de buscar y encontrar culpables a todos mis errores.

Como todo irresponsable que soy me lavo  las manos, desde niño puse etiquetas, reprobé matemáticas porque le caigo gordo a la maestra, destrocé el auto porque un perro se me atravesó cuando iba a 160 kilómetros por hora, he fracasado con todas mis parejas porque son unas verdaderas neuróticas. No veo mi enfermedad y estoy negado, soy tan soberbio que no acepto que necesito ayuda, además lo sé todo y eso, lo que le ha pasado a otros, a mí nunca me va a suceder. Yo no estoy tan enfermo, ¿no?

Enfermedad de fondos. He visto morir a muchos, los he despedido en alguna cama de hospital, en agonía por cirrosis hepática, con el hígado hecho pedazos por los abusos de sustancias toxicas; muchos de ellos han dejado este mundo por sobredosis, heroína, cocaína, marihuana, han muerto de congestión alcohólica, igual perdieron la vida en accidentes de tránsito, otros más asesinados y muchos otros decidieron quitarse la vida formando parte de las estadísticas.

Yo estuve muerto en vida, vivo de milagro, perdí mi libertad, mi sano juicio, me hice esclavo de las drogas, me hundí en la depresión, uno de mis fondos más severos fue la soledad, me sentía muy solo, triste y abandonado, me sentí inútil, un mediocre bueno para nada, un verdadero fracasado. La adicción creció y creció con los años, no pude controlarla, perdí mi condición, la droga me robó a mi familia, me robó mi imagen, daba lástima cuando me veías flaco, menos de 50 kilos, ojeroso, amarillo y sin ilusiones, sin vida.

Me volví loco, vivía para drogarme y me drogaba para vivir, estaba secuestrado por mi ansiedad y por mis delirios de persecución, me obsesioné con pensamientos psicóticos, patológicos, propios de un enfermo mental, lleno de miedos, generando que me querían matar. La gente estúpida que escucha o lee mi historial llega a pensar: “A mí no me va a suceder eso, yo no estoy tan mal”. Y sólo les digo, dale tiempo al tiempo, los fondos son poco a poco hasta que la soga llega hasta el cuello, y cuando es así, por desgracia ya es demasiado tarde, el destino te alcanza y la enfermedad no perdona.

No he visto a nadie que gane. En mi vida he conocido la crueldad de la enfermedad, mi tío Lico murió a los 36 años de edad por congestión alcohólica; Ángel se suicidó a los 22, totalmente borracho se colgó del techo de un baño de escuela; Roberto a los 20, fue atropellado en un eje vial quedando discapacitado físicamente y dañado en su cerebro; se convirtió en vegetal cuyo último recuerdo de vida era estar cantando y corriendo, toreando los autos en una vía rápida de la Cd. de México.

Julio, Lalo, Irlanda, Jorge, Luis, Tania, Abigail, Brisa, Tomás, Brayan y un mundo de adictos murieron de sobredosis, muchos, pero muchos más, viven los procesos de un anexo a otro, son parte de los inventarios de los centros de rehabilitación; inician desde niños y se hacen viejos con más de 20 internamientos. Otros tantos pagan sus penas en los Ceresos o son inquilinos de la “casa de la risa”, mientras tanto, otros más se han quedado piratas, es decir, muy dañados de sus facultades mentales.

A mí me quedan los estragos amargos de los abusos en mi consumo de drogas, tengo un cuerpo muy dañado, una mente atrofiada y por supuesto, una estructura emocional seriamente afectada. Lo que me queda muy claro es que todos empezamos  con poquito y terminamos consumiendo en medidas industriales, y que los fondos son tan sólo el complemento de esta compulsión, de esta enfermedad a la que yo llamo “la saliva del diablo”.

Maldita enfermedad, perra, perversa del alma, que si tuviera enemigos o a una  persona que odiara, le desearía siquiera que tuviera un drogadicto en casa. No se lo deseo a nadie. Esta enfermedad es peor que un cáncer furioso, agresivo y mortal.

De las conductas tóxicas a la adicción. El adicto nace genéticamente predispuesto, nace con antecedentes neuróticos, hereda la ansiedad y la compulsión con necesidad de calmar sus ansias, y crece en un hogar contaminado emocionalmente hablando. Recibe un pésimo ejemplo de antivalores de sus padres, que le trasmiten sus miserias espirituales; vive entre gritos y sombrerazos, entre mentiras y autoengaño, se le fomentan miedos, frustraciones y aprende a buscar culpables ante todo.

Por supuesto que el drogadicto, el alcohólico, nace y se hace en casa, se alimenta de caricaturas, películas y programas violentos, aprende a glorificar las deshonestidades con las telenovelas; aprende un vocabulario bajo o ausente de valores, conoce la mediocridad a través de las actitudes de sus padres que no reconocen el daño que le hacen a sus hijos; creen que por el hecho de que no consumen sustancias ellos no tienen la culpa de las adicciones de sus hijos.

La realidad es que como padre soy espejo y me reflejo, y tengo que ver la magnitud de mi enfermedad emocional para tener la humildad de buscar ayuda, de informarme, orientarme y darme la oportunidad de despertar conciencia para no dañar a mis hijos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Mal de muchos, consuelo de tontos. Atrás de un borracho, de un mariguano, maniaco depresivo, de un esclavo de los trastornos alimenticios; atrás de un farmacodependiente, de un enfermo emocional hay autoestima baja, vacío espiritual, ausencia de valores, de códigos de ética, inmadurez, soberbia, negación, irresponsabilidad, miedo, mentiras, frustración, autoengaño y todo un cúmulo de defectos de carácter, y la pregunta central es: ¿dónde los aprendió, quién se lo enseño?

Pues fueron aprendidos a fuego lento en casa, en ese hogar disfuncional de ciegos, de esos ciegos que no ven, que no sienten, y cuando su hijo toma, se droga y no puede parar, hasta se espantan, lo culpan, culpan a sus amigos, a su pareja, pero jamás aceptan sus errores ni se hacen responsables de la rebanada del pastel que les toca. Luego llegan los nietos y es el cuento de nunca acabar, así se trasmite y se ha trasmitido esta perra enfermedad de una generación a otra.

Triste es, pero estos hijos dañados hacen amistad con otros niños iguales, maltratados, soberbios, ingobernables e irreverentes, se relacionan con parejas tóxicas, niñas severamente dañadas, neuróticas, depresivas, controladoras, codependientes, y confirmo que siempre hay un roto para un descosido. Jirafa con jirafa, garrita con garrita. Dios los crea, y ellos se juntan.

Lo que bien se aprende jamás se olvida. Estas niñas de hoy no saben llevar una relación sana, no conocen otros instrumentos de convivencia más que los que aprendieron de sus padres, y sufren porque el controlador sufre, el manipulador sufre, el codependiente sufre y estos niños se deprimen y se autodestruyen.

Hay que recordar que el índice de suicidios en adolecentes es impresionante, muchos de ellos tuvieron su origen a causa de una decepción amorosa, muchos de ellos culminaron debido a que no supieron trascender las crisis emocionales; la pasión y la locura se adueñó de estas víctimas que aprendieron muy bien la lección de parte de sus padres de esta manera. Mientras los hogares disfuncionales no rompan con el esquema, la enfermedad seguirá a flor de piel y muchos religiosos continuarán engañando con sus retiros espirituales para matrimonios o incluso para familias, cuando se supone que no tienen la experiencia y no pueden dar lo que no tienen.

Este es un problema emocional y debe ser atendido por expertos en salud mental y en salud emocional; el daño está hecho y causa víctimas, y también es una alternativa para que la gente caiga en adicciones, pero definitivamente el que quiere azul celeste, que le cueste.

Ernesto Salayandía García

 

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