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La vida es corta

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Para quien un amigo leal es valioso o un familiar resulta de gran estima, quisiera que la vida de estas personas muy entrañables fueran prolongadas en la tierra, o mejor, existieran por siempre, por sus compañías gratas y valiosos consejos; pero está establecido que el ser humano muera, sea por enfermedad inesperada, en accidente vial del que no fue culpable, por artera agresión con arma de cobarde asesino o por la vejez, al que no todos llegan, pero que también trae paralelamente incapacidad para caminar, olvido del pasado, hasta el desprecio de sus descendientes por la improductividad que significa carga.

Si bien, en un mundo cada vez menos insensible al dolor ajeno, brillan los hijos cuyo amor de madre recibieron y atentos honran a quien al mundo los trajo con dolor indescriptible. Pocos son los agradecidos y atentos no sólo en los tiempos de fortaleza física del ser amado, sino en los meses cuando de éste la vida declina, y cuando necesitan del apoyo de la mano amiga.

La muerte llega a los humanos en distintas edades, sin distingo de raza, nivel social, color y opulencia. Sin misericordia deja inerte el cuerpo de quien sonrió, habló de sus fracasos y aciertos, convivió con sus más cercanos familiares y amigos, disfrutó de amena charla y supo repartir abrazos con sincero corazón.

Pero es inevitable, la muerte llega; aunque parezca absurdo, llegan los familiares e hijos quienes en los últimos meses, semanas y días de sufrimiento del paciente en la cama del hospital o en su domicilio, ni siquiera se acercaron para darle palabra de aliento o pedir por él o por ella.

Y como si fuera poco, lloran incontrolablemente, se retuercen de supuesto dolor en el alma; pero éstos nunca tuvieron tiempo para visitar a la persona por quien se desgarran con gritos; tampoco se despojaron de lo que tenían para pagar los gastos médicos, menos fueron capaces de  empeñar  sus pertenencias de valor para salvar una vida. Sólo fingen para mostrar a los asistentes que la querían mucho; sólo es falsedad creída por muchos.

El 25 de enero, un amigo, compañero de trabajo, Carlos Sierra Arrocha, tuvo la lamentable pérdida de su madre, la señora Carolina Arrocha Sosa. Meses antes don Carlos, por las noches cuidaba a su madre y trabajaba de día. Estaba pendiente de los estudios de laboratorio, de la aplicación de los medicamentos que los médicos recetaban y del trabajo de las enfermeras.

Y cuando fue llevada a la clínica, las atenciones fueron las mismas, don Carlos y su esposa Silvia Barrera Méndez, persona de buen corazón, estuvieron prácticamente al pie de la cama hasta el último aliento de la Sra. Carolina Arrocha Sosa.

A don Carlos y su esposa sus conciencias nada les reclaman. Internamente y en silencio saben que hicieron todo cuanto pudieron y estuvo al alcance de sus manos; testigos fueron los médicos quienes recibieron a la paciente una y otra vez, también lo vieron sus compañeros de trabajo, el peso corporal pasó a menos en este buen compañero de trabajo. Leales estuvieron al pie de la tumba para decirle adiós a quien por muchos años les prodigó amor y afecto.

Rogelio May Cocom

 

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