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Población infantil drogadicta

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Un problema de salud, de vida o muerte… El sueño que cualquier ser humano es ver a sus hijos crecer sananamente, verlos realizados en lo profesional, en lo económico y lo familiar, pero este sueño lejos de convertirse en realidad, es una amarga pesadilla, una cruda realidad donde niños desde los 8 años de edad se intoxican con diversas sustancias; infantes que se hunden en las adicciones y sufren los estragos amargos de una enfermedad compleja multifactorial, una enfermedad que no es atendida, ni reconocida como tal, que causa muertes en niños y adolescentes, que les roba el presente y el futuro; una enfermedad que desmorona el esquema familiar, erradica los valores y códigos de conducta, genera apatía.

Hay gran indiferencia del sistema de Gobierno Federal, los estatales y municipales; hay una palpable ignorancia, una política incongruente, se quiere resolver y atender la enfermedad mental, física, emocional y espiritual de los niños y los jóvenes con la colocación de pósters en las escuelas, todos alusivos al viejo cliché: “Las drogas destruyen. No uses drogas”.

Rompe con el hielo, la verdad es que los adictos menores como los adultos están desprotegidos, desamparados y son carne de cañón de quienes comercializan  sustancias tóxicas. Desde un simple distribuidor de cerveza, un ferretero que vende una gama de inhalantes, hasta los narcomenudistas que ofrecen gran variedad de drogas de fácil acceso para niños drogadictos, hasta drogas complementarias como para los mariguanos a quienes les venden Clonacepam y para los adictos al cristal, Tafil. La droga se puede conseguir en cualquier parte, incluso  adentro de las mismas escuelas, por supuesto, de todos los niveles.

 

¿POR QUÉ SE DROGA UN NIÑO?

Son muchos factores los que inducen a las drogas en cualquier edad. Uno de ellos es el alto nivel de ansiedad, lo que genera un enorme vacío. La perturbación mental altera el sistema nervioso, provoca miedos, inseguridad y trastornos mentales. La ansiedad, en mi opinión, es la madre de todas las adicciones. En complemento, una nula autoestima lo hace un mediocre, sin esencia, ni amor propio, imita changos, fuma por imitar, por pertenecer a la pandilla, por el reconocimiento del grupo; fuma por justificarse ante la problemática donde vive, de donde viene, es endeble, no tiene carácter para decir “no gracias, no fumo”, o “no gracias, no tomo”.

Esa debilidad encarrila a estos niños al infierno; carecen de personalidad propia, son del estilo de muchos, no son ellos mismos y muchas decisiones equivocadas las toman al vapor, sin medir las consecuencias; por ejemplo, “la tumba de mujeres”. Se estila, sin que esto sea una escuela, que tres o cinco de ellos se escondan en una esquina y dejen pasar a una mujer; luego se encarrilan y la tumban, prácticamente la tiran al suelo y ahí le echan montón para despojarla de la bolsa, joyas, celulares, a veces hasta de los zapatos o parte de su vestimenta.

Esta acción e idea fue de uno, quien es el que manipula al grupo, y lo mismo sucede con la intoxicación, siempre hay alguien innovador con nuevas fórmulas y sustancias. La mayoría son presa fácil por sus antecedentes genéticos; vienen de abuelos y padres alcohólicos, drogadictos, neuróticos; provienen de hogares disfuncionales donde no existen valores ni buenos ejemplos, ausencia de madre, ausencia de padre, y cuando están juntos es un verdadero costal de perros y gatos.

Es en los hogares disfuncionales donde los árboles nacen torcidos, por supuesto, salvo sus muy honrosas y contadas excepciones, repiten el pésimo ejemplo de los adultos y son víctimas de esa nefasta cultura de usar alcohol siempre y en cualquier evento, ya sea después de un partido de fútbol, en un bautizo, una boda, incluso un funeral. El niño aprende a que debe haber alcohol en cualquier momento, y cuando sale a la calle establece un puente de comprensión con sus iguales y se divierten destapando cervezas, fumando mariguana o inhalando cualquier tipo de droga. Lo que hace la mano, hace el de atrás. Imita changos.

 

VIDA INGOBERNABLE

Las niñas-madres, embarazadas entre los 12 y 16 años de edad; las madres solteras, los maniaco-depresivos como los fármacos o los mariguanos, los neuróticos, las víctimas de trastornos alimenticios —bulímicos, anoréxicos, obesos—, los suicidas o los que se autodestruyen, en fin, todos venimos, primero  de una vida ingobernable, somos dueños de conductas tóxicas, desbordamos neurosis con soberbia y somos copias al carbón. Igual es un codependiente a un adicto al cristal, con el mismo perfil emocional, extraído de una vida trocalmente ingobernable. Es perezoso, conformista, de autoestima baja, intocable, irritable, explosivo.

“Me justificó, no acepto mis errores; soy soberbio, no cierro círculos; busco culpables, soy endeble, mediocre, indeciso, lleno de miedos, traumado, acomplejado; no aplico valores ni de pensamiento ni de acción, me gusta meterme en lo que no me importa, juzgo, prejuzgo y sentencio; carezco de humildad y ofrezco dificultad para dialogar; me dominan mis egos, tengo un gran vacío espiritual, una mente perturbada por la loca de la azotea; soy obsesivo recurrente; por supuesto infantil, inmaduro, irresponsable de mis actos y de lo que dice mi lengua; soy experto en dar atole con el dedo, incongruente, digo una cosa y hago otra, no me gusta ver mi realidad.

 

CONDUCTAS EQUIVOCADAS

Abuelos y padres permisibles, que por culpa los complacen en todo, no saben poner límites y el niño manipula, extorsiona y es un experto en chantaje emocional; es un súper actor dramático, mentiroso, súper mitómano que crece sin hábitos. No sirve ni para jalarle la palanca al escusado, es irresponsable, no tiene educación ni para recoger su toalla del suelo después del baño; carece de orden, de paciencia, de prudencia y de humildad; crece con malos hábitos y conductas toxicas.

De ahí, brinca al consumo de cualquier sustancia y esa es la razón por la que se prende fácilmente y después, después es muy difícil que salga de las garras de una adicción. Precisamente a esa deformación que recibió en casa, precisamente ante la ausencia de valores, de amor propio, de respeto, por ello a estos menores infractores se les facilita cometer cualquier tipo de delito. Fueron mal educados para ello, nacen para perder, son buenos para nada que se han convertido en verdaderos parásitos sociales, se han convertido en un verdadero problema en casa, con la enorme desventaja de que contaminan al barrio. Son como los gusanos, pudren la manzana completa y se hacen drogadictos en casa; ahí nacen y se hacen y es ahí donde debe solucionarse el problema, con una profunda y profesional capacitación emocional. Son vidas que merecen vivir en libertad y tienen derecho a desarrollarse en el camino del bien.

 

ALIMENTACIÓN EMOCIONAL

Nos hemos venido alimentando —en los últimos 40 años— de basura emocional. Tuvimos una pésima escuela de comunicación, y al respecto muchos de nosotros vivimos el machismo o la misoginia de nuestros padres; crecimos en ambientes neuróticos, disfuncionales. Desde niños vimos violencia y más violencia en la televisión, en las caricaturas, en los videojuegos, en la computadora, en la comunidad. Crecimos entre pleitos y discusiones; algunos fuimos víctimas del hostigamiento escolar y laboral, no hubo educación emocional. La neurosis desvirtuó todo concepto de lo que se conoce como “hogar, dulce hogar”. Estas niñas drogadictas, menores de 16 años, como muchas más no logran rehabilitarse, no pueden salir de la compulsión ni rompen con los viejos moldes debido a estas conductas tóxicas de las que no pueden desprenderse, como muchos adictos que sólo tapan la botella pero viven prácticamente en borrachera seca, viviendo una vida entre azul y buenas noches.

En ese sentido, estos niños drogadictos no podrán ser rescatados mientras no se les ayude a romper con sus viejos moldes, a bajar sus niveles de ansiedad, a sacar sus resentimientos y carga emocional, a cambiar su personalidad tóxica. No podrán ser libres. Por ello, no basta con colocar un póster endeble advirtiendo sobre los daños que causan las drogas, ni mucho menos con un mensaje de un adicto “recuperado”. En las escuelas muchos maestros, padres y alumnos son expertos en vivir con conductas tóxicas, y son estas conductas la gasolina de las adicciones. Esta enfermedad merece profundidad en sus soluciones, de ahí el fracaso en una gran mayoría de centros de rehabilitación, donde de cada 10 internos 9 recaen y recaen, hasta que finalmente mueren o se vuelven locos.

 

DROGADICTOS QUE SE HACEN VIEJOS

En 19 años que llevo limpio, no he dejado de ir a compartir a algunos centros de rehabilitación y veo adictas que estuvieron conmigo en el mismo proceso donde nací hace 19 años. No han podido lograr una estabilidad emocional. De repente, pasan los años y me vuelvo a topar con ellas; cambian de un centro de rehabilitación a otro, salen de la cárcel y la familia las interna en un anexo. Me los encuentro en la calle pidiendo dinero para la cura, un “chirris” de heroína, ahora cristal.

Los veo avejentados, desnutridos, anémicos, caídos, tristes, apagados, viven de milagro. Algunos me hablan por teléfono pidiendo ayuda, se las brindo, pero jamás se presentan en mi estudio; quieren pero no pueden, y sé que somos muchos los del problema pero pocos los elegidos. Sé que por desgracia esto es de fondos, y todos los adictos, los enfermos emocionales tenemos consecuencias, no importa la cantidad de litros que hayamos consumido; del toral de gramos de sustancias; lo que importa y duele son las consecuencias, y entre adictos estamos llenos de ellas.

Lo perdemos todo, como estos niños pierden la escuela; una gran oportunidad de vida, la confianza en sus casas y en sí mismos; la capacidad de salir del hoyo y adquirir fortaleza. Estos niños crecen bajo una gran escuela de mañas e información delictiva. Con el tiempo conocen algo muy crudo de la enfermedad que es la soledad; se quedan solos y se sienten profundamente solos; viven en depresión, tristes, apagados, aburridos, se sienten inútiles a pesar de sólo tener 13 años de edad. Son miles los seres humanos menores de edad que están muertos en vida, atrapados sin salida, sentenciados a sufrir y hacer sufrir a otros.

Ernesto Salayandía García

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