Inicio»Opinión»“No es un fantasma”

“No es un fantasma”

0
Compartidos
Google+

Domingo 3º de Pascua

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (24,35-48):

 

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: “Paz a ustedes”.

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen ahí algo qué comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo: “Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto”.

 

En el Evangelio de hoy, san Lucas nos relata la aparición de Jesús a los Once el mismo día de la resurrección. Los discípulos de Emaús, después que reconocieron a Jesús, tomaron la decisión de regresar inmediatamente a Jerusalén a referir a los apóstoles lo ocurrido. Los encontraron reunidos porque entretanto, Jesús también se había aparecido a Pedro y estaban comentando este hecho.

“Ellos contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas cuando él se presentó en medio de ellos, y les dijo: “La paz con ustedes”. La expresión en “medio de ellos” está cargada de intención; nos recuerda otras palabras de Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La aparición de Jesús resucitado es siempre nueva, por eso aunque los discípulos de Emaús y Pedro ya lo habían visto vivo y todos ya sabían que había resucitado, de todas maneras “sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu”. Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle; se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos.

“Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo”… Este gesto no tendría sentido y no serviría como identificación si no se subentendiera la crucifixión de Jesús. En sus manos y sus pies se veían las señales de los clavos. El gesto quiere demostrar que quien está ahora vivo delante de ellos es el mismo que estuvo crucificado, y para demostrar que no es un espíritu, Jesús les da otras dos pruebas. La primera consiste en hacerlos verificar su condición material: “Tóquenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo”. El hombre es un compuesto de alma espiritual y cuerpo material, y así lo será también después de su resurrección final.

La segunda es comer delante de ellos. Jesús les pregunta: “¿Tienen algo de comer?”. Y habiéndole presentado parte de un pez asado, “lo tomó y comió delante de ellos”. En la resurrección no será necesario comer y tampoco tenía necesidad de comer Jesús resucitado, pero puede hacerlo y lo hizo para demostrar que no es un espíritu.

También, en su última aparición, Jesús come con sus apóstoles: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se alejasen de Jerusalén” (Hech 1,4). No olvidemos que este será el argumento más fuerte en el testimonio de los apóstoles: “Hemos comido y bebido con él después que resucitó de entre los muertos” (Hech 10,41).

Según Lucas, en sus apariciones Jesús “les habló de lo referente al Reino de Dios”. Este fue el tema de su conversación. En esta primera aparición les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que les hablé cuando todavía estaba con ustedes: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”. Es claro que el tema de su conversación fue él mismo, ningún otro tema habría interesado, alguien podría lamentar que no poseamos esas palabras que les habló pero en realidad las poseemos: son aquellas palabras suyas que nos habló cuando todavía estaba en la tierra y enseñaba en las sinagogas y pueblos de la Palestina; son las mismas palabras del Evangelio, pero ahora son nuevas porque son entendidas a la luz de su resurrección.

Esta es la predicación de los apóstoles que tenemos en el Evangelio. Esta era la predicación de San Pablo, como lo dice el mismo san Lucas en la conclusión de los Hechos de los Apóstoles: “Pablo les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirlos (a los judíos de Roma) acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas… Predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno” (Hech 28,23.31).

El Reino de Dios no es otra cosa que lo referente a Jesucristo, las palabras del Evangelio, leídas en la fe de Jesucristo resucitado, son palabras de vida eterna que nos trae el Cristo Resucitado. Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección. Testigo es aquel que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces, no le queda más remedio que comunicarlo a todos.

La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. El creer nos lleva a experimentar y compartir la fe.

¿Qué lección pudiéramos sacar de este fragmento del Evangelio? ¡Que es trabajoso creer! Sí, no te extrañes y menos te escandalices, es que no es nada fácil creer. Lo vemos, lo acabamos de leer en el Evangelio de hoy. A pesar de haber visto a Jesús repetidas veces, de haber oído sus palabras, tocado su cuerpo, sus heridas y comer con Él, los discípulos no acaban de creer que Jesús está vivo; tienen miedo, dudan, y en el colmo de lo imaginable han creído ver un fantasma.

¿Cuántas veces no nos ha ocurrido a nosotros? ¿Cuántas veces ante hechos y verdades religiosas no han cruzado por nuestra mente los pensamientos más extraños, y hemos llegado a pensar que todo es un cuento? ¿No serán fantasías? Cuando vemos tanta falta de testimonio y escándalos en nuestra Diócesis, ¿no te pasa por la mente la duda de que estamos en “un lugar de muertos” o “siguiendo a un fantasma”?

¡Pues no! El Señor sigue presente e insistiendo con paciencia y habilidad; quiere comer contigo el pan como en Emaús o como en este fragmento, sólo un pez… Quiere convivir contigo, no quiere aparecer de vez en cuando; quiere que simplemente lo reconozcas en tu vida sencilla, de rutina.

Créeme, Él no quiere ser un recuerdo, un fantasma del pasado, sino desea ser un recuerdo vivo en tu mundo y en tu realidad cotidiana. Ojalá que el recuerdo vivo de Cristo disipe de una vez nuestras dudas y temores; ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo del Salvador, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

Noticia anterior

Apoyará Castro Bello a todos los sectores

Siguiente noticia

Caen tres presuntos asaltantes armados