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Día de la Madre

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Este oficio es uno de los más difíciles. Con mucho aprendizaje y dudosos resultados se adquiere gran experiencia en todos los componentes para llenar satisfactoriamente el concepto, desde el embarazo en el que el organismo sufre cambios sustanciales para adaptarlo a ese gran proceso de la creación; el parto, que es un estallido que sitúa a la madre como ayudante de Dios, y le deja una inmensa responsabilidad ante un ser pequeñito e indefenso. Sigue una época en que el conocimiento que se adquiere convierte a la madre en un ser único e irrepetible, ante los ojos del hijo que lo espera todo a cambio de nada.

Son años de enseñanza que convierten a la madre en aprendiz de todo, maestra, doctora, consejera, estilista, que infunde valores y mitifica recursos ancestrales. El resultado invariable es un hijo con criterio propio, que se logra con todo lo que le llega de genes familiares heredados —no creados—, lo que recoge en el trato diario con gente de la calle, la influencia de amigos, maestros y parientes, en una fusión que a veces es satisfactoria y otras no mucho.

Conozco familias donde los hijos obedecen ciegamente los mandatos de la madre. No sé cómo lo hicieron para lograr ese estado de gracia, no es mi caso, me entretuve tanto en infundir en mis hijos su propia independencia, que olvidé decirles que yo no entraba en ese juego. No sé si esto es bueno o malo, pero me encantaría que todos me obedecieran como lo hacían cuando estaban chicos.

Si en este Día de la Madre se pudiese pedir un gran deseo, pediría una varita mágica que he deseado tanto tiempo, con la que con un sólo toque el hijo o la hija, los nietos y por qué no, el gran jefe hicieran lo que yo ordene, sin pensarlo.

Sé que cada madre desearía lo mismo, como sé también que es mucho pedir para una simple mamá.

Aracelly Castillo Negrín

 

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