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Desprestigio de un premio

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Para quienes crecimos descubriendo la belleza de la literatura, los libros y sus autores, pensábamos que recibir el Premio Nobel era como una especie de ingreso al paraíso de las letras escritas.

Ganar este galardón significaba que inmediatamente, casi toda la obra del escritor, se elevara por encima de los demás y, por supuesto, las ediciones impresas se agotaban en cuanta librería estuviese a la venta. Adquirían enseguida el rango de “obras de colección”.

En mi caso, apenas se daba a conocer el nombre del ganador del premio, si recordaba tener alguno de sus libros, hurgaba en mi biblioteca, lo localizaba y nuevamente disfrutaba su lectura. Si el autor no era tan conocido o era originario de otra parte del mundo, me daba a la tarea de visitar librerías para checar si algún libro suyo estaba disponible. A veces recurría a mis amistades de la Ciudad de México para que me apoyasen en esta búsqueda.

Ser admiradora de varios literatos latinoamericanos cuyas magnificas obras quedaban rezagadas y no se premiaban, me hacía pensar si los criterios del jurado calificador eran los ideales o si existía animadversión contra ellos. En mi inocencia como lectora, pensaba que efectivamente elegían lo mejor de lo mejor de la literatura universal.

Me quedabala incertidumbre de cuáles eran las razones para no otorgarle el Nobel, por ejemplo, a Jorge Luis Borges o Carlos Fuentes, y claro, no lo puedo negar, me emocioné cuando José Saramago fue galardonado.

Debo decir que hace algunos años leí un libro de Irving Wallace, en el que revelaba algunos secretos en torno a la asignación de tales premios. La novela de 428 páginas se titula justamente “El Premio Nobel”. Conocer esta información me hizo dudar de la veracidad y responsabilidad con que se otorgaba.

Sin embargo, no acontecía nada que brindara mayores elementos para dudar, con certeza, de su transparencia. Lo anterior, a pesar de que algunas designaciones causaban estupor por la escasa producción literaria de varios ganadores, hasta llegar al escandaloso momento en que el premio lo obtuvo el cantante Bob Dylan. Desde ese momento, ahora sí, los ojos del mundo estuvieron puestos sobre el comité organizador y calificador.

Y como si fuera un castillo de naipes, poco a poco se fue viniendo abajo la confianza y el aura de perfección que rodeaba al premio sustentado en las reglas que dejó Alfred Nobel, para promover el desarrollo de las artes y las letras.

En los últimos días dos noticias han terminado de minar lo que quedaba del Nobel. La renuncia de cuatro integrantes de la Academia Sueca; algo nunca visto ni esperado porque los asientos en esta academia son vitalicios y por lo tanto irrenunciables. Una modificación urgente al reglamento posibilitó las escandalosas renuncias.

La otra noticia, es el anuncio de que se suspende este año la entrega del Premio Nobel de Literatura para dar tiempo de calmar las aguas y buscar sanar, si se puede, los terribles daños culturales provocados. No entregar este premio viene siendo como el clavo final en el féretro del que fuera considerado el más grande premio literario del mundo.

El desprestigio de la Academia Sueca es devastador, y quién sabe si logre recuperarse.

Bertha Paredes Medina

 

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