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Necesitamos este Espíritu

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20,19-23):

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también les envío yo”. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”.

 

Hoy celebramos el Pentecostés. ¿Cómo hacer fresco y actual lo que pasó a los cincuenta días después de la muerte del Señor?, y más difícil aún, dos mil años después. Este soplo nos vendría muy bien para lanzarnos como seguidores de Jesús a la conquista de ese mundo tan duro, para entender y comprender, para vivir y amar las cosas de Dios.

Al celebrar hoy la fiesta de Pentecostés, que es la presencia del Espíritu en el mundo, abramos bien las ventanas —“no tengamos miedo a las corrientes y los resfriados”, nos diría el papa Francisco—, para que la fuerza de su viento nos airee, sacuda nuestra quietud y nos haga descubrir que el cristiano está puesto en el mundo para ser artífice de un diálogo ininterrumpido con todos los hombres.

Este diálogo y presencia, como levadura, tienen que ser renovadoras en el mundo que busca la pasividad y comodidad. El Espíritu Santo es quien inspira, cambia y vitaliza nuestras vidas como Hijos del mismo Dios. Pentecostés es más que una fiesta o celebración de la Iglesia, es una apertura a todas las religiones para que se unan bajo el mismo sol, el mismo techo de la casa del Padre.

En Pentecostés llega el Espíritu; debe morir Babel y todo lo que representa; debe nacer la nueva comunidad. Habla Pedro y todos se sorprenden, todos le oyen como si fuera en su propia lengua y el pobre no sabe idiomas; su lenguaje debe ser el del amor, la comprensión, este será un nuevo diálogo. Qué triste es ver que después de dos mil años, seguimos en la Iglesia pensando que el lenguaje universal es el latín o al contrario, defendiendo ciertos nacionalismos culturales o tradiciones particulares, como más importantes que el diálogo y apertura.

Desde el Pentecostés hay una lengua universal que entienden todos los hombres de buena voluntad: es la lengua del Espíritu; el dialogo, el servicio, la paz, la verdad, y todo esto bajo una gran sintonía de amor.

El Espíritu no tiene barreras, nadie es dueño del Espíritu que en cada uno se manifiesta para el bien común. Todos los miembros del cuerpo humano son solidarios entre sí y evitan la competitividad entre unos y otros. De vez en cuando sería bueno recordarle a nuestros pastores que no hay competitividad entre las parroquias, grupos… Nadie debe subrayar las diferencias: “todos hemos bebido del mismo Espíritu”.

Es el Espíritu el que nos hace a todos espirituales, el creyente no tiene que hacer su recorrido de fe sólo basándose en sus fuerzas, sino que es guiado por el Espíritu como conoce en plenitud a Jesús que le conduce a la verdad, a la comprensión siempre actualizada y creciente de lo que Él le pide. A partir de Pentecostés tenemos que buscar lo que nos une y seguir construyendo puentes y no muros.

¿Por qué entonces, tantas veces, damos más importancia a otras fiestas eclesiásticas que a la venida del Espíritu Santo? Esto nos habla de cómo es nuestra Iglesia, que a veces ha descuidado su mismo espíritu, su mentalidad abierta y pluralista, su mística de empuje, su presencia en todo el pueblo de Dios, sobre todo en los laicos, y se ha centrado en los aspectos exteriores, formales y materiales de toda religión. Parece que no estamos acostumbrados a leer y escuchar al Espíritu y preferimos que otros lo hagan por nosotros. La pasividad y comodidad nos “robó” la vitalidad del regalo de Dios.

De hecho, muchas veces el Espíritu Santo es un gran Desconocido. Tal vez porque es la Persona divina “más misteriosa”, aún más que el Padre, a quien rezamos muchas veces el “Padre nuestro” y del cual Nuestro Señor habla varias veces en el Evangelio, y más que el Hijo que se hizo hombre. No olvidemos que el Espíritu Santo es verdadero Dios y su misión es de una suma importancia para nosotros: Santifica nuestra alma, la adorna con sus Dones y frutos: ¡Somos los Templos del Espíritu Santo!, afirma San Pablo. Somos como tabernáculos vivos. “Dios, cuya Belleza llenaría mil mundos, se oculta en la pequeña habitación de mi alma”, escribió Santa Teresa de Jesús.

El Espíritu Santo es viento: “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa”. Ante un viento impetuoso nada permanece estático, todo se pone en movimiento; por eso no podemos continuar con las ventanas cerradas, quietos, mudos, indiferentes, insensibles ante lo que pasa a nuestro alrededor. El viento nos llevará donde quiera y lo sentiremos cuando estemos reunidos, es el aliento común, es lo que nos une para respirar la misma fe y la misma caridad.

Es también fuego: “Vieron a parecer unas lenguas como llamaradas”, que sacaron a los apóstoles de sus miedos para proclamar a todas las naciones con un lenguaje de fuego, en el que son capaces de entenderse todas las maravillas de Dios. Viento que extiende el fuego abrasando los corazones y tiene dimensión misionera que nunca deberíamos olvidar.

Dos mil años después de aquel tiempo inaugurado por el Espíritu Santo, seguimos con las mismas luchas y con los mismos condicionantes para vivir como testigos del Resucitado. No podemos dejar de escuchar la voz del Espíritu que te llama a la renovación personal y comunitaria (de la Iglesia), busquemos una iglesia que se lanza al futuro, sin miedo alguno, sabiendo que lleva entre manos la mayor riqueza que el mundo puede esperar: el Evangelio.

Optemos por la iglesia que habla sin tapujos y siempre defendiendo a Jesús y no intereses políticos, negociando en el nombre de Dios. Nosotros no seguimos al Pastor cualquiera, que tenga recursos para hacerse la mejor promoción y popularidad; no se trata de escribir: “Yo estoy con mi obispo”, como si se tratara de una competencia. Nuestro inspirador es el Espíritu Santo, un regalo para todos los que son de buena voluntad.

No olvidemos que la Fiesta de Pentecostés es el recogimiento y silencio ofrecido a otras culturas, religiones y cultos; es un regalo para la unidad y dar vuelta a la página de la humanidad dividida, olvidar los rencores, perdonar y empezar a sembrar lo que nos une. Necesitamos este Espíritu en nuestra Diócesis para encontrar la paz que no puede dar ningún hombre, sino el Espíritu de Dios.

Nada hay en estos momentos que necesite tanto el mundo, Campeche, como la paz. La Iglesia necesita plantearse de qué manera puede contribuir mejor a la paz por la que cada hombre se reconcilia consigo mismo y con Dios, y los hombres, las familias, los sectores sociales, los pueblos se reconcilian entre sí.

Pero la paz para un mundo en crisis ha de significar también capacidad de discernimiento; la paz que proviene del Espíritu de Jesús no puede cubrir o justificar el mal o la injusticia, es ofrecimiento de perdón sin límites allí donde se reconoce el mal, pero puede ser también retención de ese perdón, en tanto que alguien se obstine en el pecado sin reconocerlo.

Por eso, un servicio importante que los cristianos pueden hacer al mundo de hoy es el discernimiento, desenmascarar los egoísmos y estructuras (también dentro de la misma Iglesia), mecanismos, pautas, modelos por los que los hombres no pueden vivir en paz.

El Espíritu nunca construye la paz sino sobre la verdad y sobre la justicia. Paz y capacidad de discernimiento son dos gracias que hoy pedimos del Espíritu para toda la humanidad, y que comprometen nuestra vida. Unidos por el mismo amor escuchemos en nuestro corazón lo que nos está susurrando la fuerza del Espíritu, y pidamos sintiéndolo: “Envíanos, Señor, tu Espíritu que renueve la faz de la tierra… de esta tierra de Campeche”.

 

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