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La boda real…

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Tuvieron que pasar casi dos siglos para que se cumpliera un adagio más sobre “La realidad copia al arte”, que Germán Dehesa (el puma mayor) solía defender y no lo contrario, como nuestro intelecto lo resolviera de manera lineal.

No, no, no, los seres humanos somos muy dados a pensar que lo que hacemos es plasmado por los grandes genios en el arte, y en realidad sucede lo contrario. Somos nosotros los que copiamos al arte.

En esta ocasión los hermanos Grimm, genios de la literatura, célebres cuentistas alemanes que nacieron en 1822, publicaron una serie de cuentos. Hace unas décadas llegaron a nuestros hogares estos cuentos adaptados en memorables películas infantiles, del corte de princesas y príncipes a través de Disney, que nos deslumbraron, en especial a nuestras niñas y niños. Cuentos adaptados en películas como: Blanca Nieves, La Cenicienta, Barba Azul, Hänsel y Gretel, Rapunzel, La bella durmiente, El gato con botas, Elisa la lista, La fuente de las hadas, Juan sin miedo, La princesa rana y Pulgarcito.

Uno de esos cuentos de los hermanos Grimm es “La princesa rana”, que Disney editó cinematográficamente como la princesa Tiana (la que todos debemos tener entre nuestras colecciones de cuentos y películas infantiles). Tiana es una princesa mulata que se casa con un príncipe.

¡Oh lalá!, ¿qué más podemos esperar de la literatura convertida y adaptada en cine versión infantil? ¡Pues lo máximo!

Pues en estos días, mis queridos lectores de TRIBUNA, ha sucedido algo similar al cuento de los hermanos Grimm. Todos despertamos el sábado 19 de mayo, y al encender la tele o la compu para checar nuestro Facebook, nos encontramos con las gratas imágenes de un príncipe derramando lágrimas al casarse con una mulata: Enrique y Meghan.

Con las redes sociales al tope de imágenes, videos y memes, y las tecnologías de la comunicación volteándose a este singular enlace matrimonial, concebimos ese día como “especial” y nos sentamos a disfrutar el evento, desayunado nuestro tradicional lechón tostado campechano del sábado, con su respectiva coca.

Aquel mediodía de ese inolvidable sábado, un radiante sol iluminaba el pulcro blanco del vestido de la novia, que caminaba sola, sin que nadie la entregara al novio en la capilla de san Jorge, en el Castillo de Windsor. La princesa americana nacida en las Antillas, hija de descendientes esclavos, se casaba con la familia real que sancionó la esclavitud por muchos siglos.

Ese día el reino se reenviaba y metía al sueño humano en el territorio del privilegio real como en los cuentos de Disney, a bordo de una carroza dorada. La princesa americana, con una larga trayectoria de activismo por la igualdad de género, sin ser entregada por nadie en su matrimonio real, daba el primer mensaje del día: “Todos somos iguales”.

Después de ese evento nupcial la raza no será la misma. Su mensaje era que el cambio no sucede inmediatamente, pero se nota con el tiempo… “Es un día histórico”, defendía la princesa mulata. Un cambio que también los mexicanos podemos disfrutar también este primero de julio en las urnas. Que emoción tan grande, un rayito de esperanza para todos…

¿Qué tal durmió anoche? Prefiero un cabecita del algodón esperanzador que se duerme en los debates, a un escuincle pelón, corrupto, que lleva a su familia a vivir en Chicago para evadir la inseguridad y violencia que su partido y el tricolor han fomentado durante más de siete décadas en nuestro país.

Miguel Chi Can

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