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Atrapada en las drogas y el dolor profundo

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De mi libro “Camaleón”. Los abusos sexuales te marcan de por vida.

“Mi vida de niña fue muy dura; mi mamá fue madre soltera. Cuando mi papá se dio cuenta que mi mamá estaba embarazada, la abandonó. Cuando nací, mi mamá, decepcionada, me dejó con mi abuelita y se fue con otro hombre; me crié con mis abuelos. Mi abuelo era alcohólico y mi abuela agachona, sumisa, dejada; eran muy humildes y ahí recalaban todas mis tías cada vez que se divorciaban.

Iban ahí con todo y ‘lepes’, con todos mis primos; batallábamos mucho porque sólo había dos camas. Me acostaba con todos mis primos, los veía como mis hermanos a todos, pero había dos que eran muy canijos. Luego se peleaban para dormir junto a mí. Mi primo Julio me tocaba y me penetraba a la edad de 6 o 7 años. Me gustaba dormir con él, pero eran cuatro hombres y yo la única mujer. Los otros eran malvados. La mamá de ellos rentó una casa cerca de la de mi abuelita y yo iba a visitarlos.

Mi primo Lalo trabajaba en un supermercado y se iba primero; mi primo Junior trabajaba en un desponchado y Julio no me acuerdo dónde laboraba. Junior me dejó la llave con mi abuelita; la casa estaba sola y cuando entré a la casa agarré la escoba y me puse a bailar. Al rato salió Julio debajo de la cama, estábamos chavalillos, me llevaba como ochos años; me agarró, me tumbó y me penetró, y sentí la penetración porque su pene ya estaba más grande. Me amenazó diciéndome que si le decía algo a mi abuelita él me iba a echar la culpa. Toda esta violación fue desde los 6 hasta los 10 años… más o menos cinco o seis años duró.

Como me crie con mi abuelita nadie me cuidaba; me levantaba greñuda y lagañosa, no me preocupaba por lavarme la cara o asearme; en lugar de irme a la escuela me metía en una tapia y me quedaba dormida en un colchón, y había un vecino que me veía siempre, hasta que un día llegó Sergio, me gustó y comencé a tener relaciones seguido con él. Ya para ese entonces yo iba en cuarto año de primaria.

Víctima de degenerados enfermos sexuales. Mi abuela me cuenta que cuando empecé a salirme del huacal, me dijo que mi mamá me llevó con ella y yo no me explicaba porqué y me regresaba. Mi padrastro me abrazaba y me abrazaba, y en esos abrazos restregaba su miembro a mi cuerpo; yo nada más le decía a mi mamá: “dile que me suelte”, y no me hacía caso. Para entonces mi abuela vivía en Villa Nueva y mi mamá en La Cuchilla, por la curva, y yo quería ser secretaria.

Mi padrastro tenía una refaccionaria, ellos vivían en casa de la mamá de él. Me acuerdo que su escritorio estaba enseguida de la cama. Mi mamá se acostaba y él me decía que le ayudara a hacer cuentas y me gustaba; siempre me gustó la escuela. Yo me le sentaba en sus piernas y él tóqueme y tóqueme las piernas y metiendo las manos en mis partes.

Luego, un día mi padrastro me mandó a la tienda, mi mamá no estaba. Pregunté por Carmen pero no estaba, y Nano —el de la tienda— contestó ‘ven, acá estoy’, y fui. Había cuartos y por ahí estaba el baño; él estaba sentado en la taza masturbándose. Me le quedé viendo y lo que hice fue echarme para atrás. Me recargué en los cables de la luz y me jalaron los cabellos; me asusté mucho, no había nadie más y me fui corriendo.

Yo tenía una lucha interna: por un lado quería estar con mi mamá, pero el esposo de mí mamá no me dejaba en paz. Un día me fui a casa de mi abuela, yo sabía que iba a vivir los estragos del alcoholismo de mi abuelito en el otro infierno de alcohol, gritos y violencia. Mi abuela me agarraba como sirvienta, total que estaba fregada por todos lados. Me daban mucha carilla, sobre todo mi tía Blanca que era la hija más chica de mi abuela. Dormía hasta las dos o tres de la tarde, entonces como mi padrastro le decía a mí mamá que fuera por mí, y yo le decía a mí abuelita que no dejara que me llevara y mi mamá se aferraba y se aferraba… me llevaba a eso, a que el viejo siempre estuviera agasajándome.

La ingobernabilidad, el sello de distinción del adicto. Estaba en la primaria, recuerdo que me expulsaron por faltista, además porque reprobé cuarto grado, y mi mamá me inscribió en una escuela cerca de su casa y ahí me quedé… quería estar con mi mamá. A veces jugábamos en las noches con los vecinos, pero a siempre me metían más temprano y lloraba mucho porque en realidad no quería estar adentro de la casa, y mi mamá en ese tiempo tenía a mi hermana chiquita de brazos.

Una vez, ella dormía con mi hermana y en la otra cama dormía el viejo solo, entonces me hacían un tendido en el suelo que quedaba en medio de las dos camas. Mi padrastro en las noches se subía en mí, no me penetraba, sólo pasaba su pene en todo mi cuerpo hasta que eyaculaba. Yo no entendía todo eso. Otras veces me agarraba la mano y se masturbaba con ella, y se me hacía mucho que mi mamá no lo supiera. Otras veces me acostaban con ellos, entonces con sus pies y sus dedos tocaba todas mis partes.

Mi duda era el por qué mi mamá lo permitía. Ahora comprendo que me usaba para excitarse y después él la penetrara. Después de ahí ellos se fueron a vivir a su casa. A los 11años yo ya había probado el alcohol. Le platiqué a mi mamá lo que él me hacía y mi mamá no me creyó; a esa edad me juntaba con mis primas y mi madrina que estaba divorciada. En su casa también fui víctima de abusos sexuales. Yo buscaba una familia, un plato de comida y agua caliente donde bañarme.

Con mi madrina había todo eso porque ellos tenían un negocio, una panadería. Mis hermanas de pila para mí eran mis mejores amigas, y en el tiempo que estaba con mi abuela me llegaba el olor a pan y me iba para allá.

Me gustaba comer todo lo que cortaban de las orillas de los pasteles, yo quería mucho a mi padrino, me gustaba ayudarles en el negocio, y ahí igual me quedaba a dormir con ellos. A veces me prestaban ropa, me dejaban dormir tarde y me daban muchas cosas; me sentía como si fuera mi casa hasta que un día me quedé dormida, estaba sola y entró Chava —hijo de mi madrina— y abuso de mí. Me acuerdo de su olor, le olía muy feo la boca, me dio mucho asco… Abusó de mí, me penetró y se fue. Igual, no dije nada; le decían el dólar, estaba chueco de un pie.

El infierno vivido de niña. Mi padrino tomaba mucho, yo no me daba cuenta y en una ocasión quiso besarme en la boca. Olía mucho a alcohol. Con Griselda, mi hermana de pila, una vez nos metimos a la recámara de mis padrinos. Ella es tres o cuatro años mayor que yo y con ella tuve relaciones sexuales como unas tres veces… como que me gustaba. En casa de mi madrina comencé a fumar mariguana, a emborracharme y a tener relaciones con mi novio; luego vino más alcohol y más drogas. A los 14 años salí embarazada de un hombre que tenía 32 años, me lo presentó mi tía Lidia.

Ella andaba con un hombre casado y llevó a este hombre a la casa, yo estaba buscando a un padre, alguien que me diera amor, cariño y me pusiera atención. Iba de casa en casa, con una tía, con otra, con mi abuela, en fin, toda mi niñez anduve de un lado a otro. Era menor de edad y el hombre supo cómo meterse. Me daba mariguana, tomábamos y me llevaba a los hoteles. Ahí quedé embarazada.

Cuando estaba embarazada una tía se divorció y empezó a salir con este hombre, y eso me causó mucho odio y coraje. Le decía que era una marrana pues yo estaba embarazada de él. No me cuidé en mi embarazo, andaba en la fiesta, aún no se me notaba mucho; hasta fumé mariguana y tomé alcohol.

Nació mi hijo y mi tía quiso llevarme con ella, después mi mamá diciéndome que ‘para cuidarnos a ambos’ y me fui con ella, pero igual, el viejo no dejaba de acosarme sexualmente; me agarraba los pechos… como que le iba a dar un beso al niño y me lo daba a mí en la boca; me daba mucho asco su olor y me sentía muy mal. Él era un degenerado que me causó mucho daño.

Me enamoré e un tipo, de Iván, por quien dejé todo. Tenía como quince años e Iván me llevó al centro a prostituirme, ahí me dejaba sentada con una señora que le decían Chita y él me decía: ‘ahorita vengo’. Luego llegaban los señores a negociar, no entendía hasta que Chita me explicó. Yo le decía que quería mucho a Iván, tanto que abandoné a mi hijo por andar con él y así empecé a prostituirme.

En aquel tiempo él era mi patrón, me golpeaba, me daba mis chingadazos y me quitaba todo lo que ganaba. Así pasaron cinco años con él… me golpeaba y me golpeaba, y yo drogándome con él. Una noche cuando deambulábamos —todas las noches— me junté con falderas, con personas que asaltaban, que robaban en las tiendas, pero yo seguí prostituyéndome. No me gustaba robar.

No es fácil andar en la prostitución sin drogarse, porque se requiere andar anestesiada para poder aguantar a tanto viejo. Tenía que estar borracha para poder olvidar mis problemas. Después combiné alcohol con heroína, con cocaína, con mariguana, con pasta y con cristal…

Eso fue hace muchos años, todo eso ya pasó, hoy mi hijo tiene 21 años, tengo una hermosa nieta y vivo en libertad. Amo a mi familia y estoy agradecida con Dios por esta nueva oportunidad que me ha dado. Tengo once años limpia, todo por la gracia de Dios”.

Laura. Quiero expresar mi agradecimiento a Laura por su testimonio, que no es más que un reflejo de la enfermedad social que padecemos, de la sexualidad descoyuntada, de los abusos y de los daños sexuales. Son huellas de por vida, daños irreversibles que causan los malnacidos, los bastardos.

Ernesto Salayandía García

 

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