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No tiene la menor importancia

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Esta enfermedad, perra, es de fondos. Hace algunos años, eran cerca de las 5 de la mañana; la madrugada de ese sábado, cuando sonó mi celular, era Úrsula, mamá de Eva María. “Por favor ayúdame, mi hija tuvo un accidente, ella está bien pero está detenida en Validad. ¿Conoces a alguien para sacarla de inmediato?”.

Tomé aire y bebí un poco de agua, mientras ella decía: “Iba borracha Ernesto, ya ves que no quiere ayuda. El carro quedó destrozado y no tiene seguro. No sé qué voy a hacer, ayúdame por favor, Ernesto”. Le dije, “Mira, discúlpame, déjala ahí para que toque su propio fondo, no pasa nada, que sufra las consecuencias”. “Es que muero de angustia” —interrumpió—. “No hay peligro, es un lugar seguro y habrá de llegarle la cruda moral”. “¿Puedes ir a verla, por favor?” —repuso—. “No, no es conveniente”. Tras decirle eso me pidió “habla con ella, te lo suplico, a ver si ahora si te hace caso”.

“¿Sabes? —le dije—, no tengo la varita mágica, pero de buena voluntad hablo con ella”. “¿Pues venir mañana en cuanto despierte a la casa? Por favor, ayúdame, esta niña me está volviendo loca. Ahora sí la voy a anexar en un centro de rehabilitación. Ya no puedo, te lo juro, estoy harta de sus borracheras”. Úrsula soltó el llanto de frustración, como muchas madres secuestradas en esta maldita enfermedad perversa del alma.

El accidente es una consecuencia. En Chihuahua, la multa por conducir en estado de embriaguez superan los 7 mil pesos, más los daños a la ciudad por haber tumbado un poste y rayado el pavimento; agrégale los daños al auto, sin seguro de protección, pérdida total —según dijo el perito—, más aun, Eva María habrá de quedarse un rato sin carro y vienen todas juntas, una tras de otra, las consecuencias que no se dejan esperar.

Es lo que un borracho, como yo, no entiende. Tienes que vivir tu propia experiencia para que despierte el sano juicio y te haga responsable de tus actos, de tu vida. En lo personal, fueron muchos fondos los que toqué. Me hice infinidad de daño y dañé gravemente a los míos; no lo entendía, no escuchaba, no tenía la humildad de pedir ayuda; tuve que arruinarlo todo, quedarme solo, volverme loco, y todo ese rollo que un adicto, como yo, toca y tiene que vivir. Sufrir para merecer.

 

La soberbia por delante

Con un lenguaje vulgar, comencé a escuchar a Eva María. Traía un fuerte golpe en la frente, debido al impacto contra el poste. “¡No mames cabrón! —me reclamó—. “¿Por qué no quisiste sacarme?”. La mire a los ojos y le dije: “No soy Dios y no quise molestar a nadie, son tus consecuencias”. Aun destilaba alcohol hasta por los poros. Le echó la culpa a una coladera abierta en la que cayó la llanta y no pudo controlar. No quería hablar de sus excesos: el de velocidad y el de su manera de beber. No aceptaba la enfermedad y no quise insistir mucho. A veces pienso que es mejor que vuelvan a sufrir sus propias consecuencias y que toquen fondos. Me retiré dejándola con un clamato con cerveza, con una sensación de triunfo, de líder, por haber insultado a los patrulleros y amenazado con hacer un gran escándalo por la alcantarilla  abierta, y efectivamente, fui al lugar de los hechos con ella y vi el santo trancazo que le dio al poste.

“Voy a demandar al municipio. ¿Qué opinas, Ernesto?”. “Opino qué vas a perder por haber venido intoxicada, borracha. En tus cinco sentidos no hubiera pasado nada”, y le mostré la bola de cristal; ahí en plena calle le hable de mí, de la ruina económica, moral, familiar y social a la que mi consumo tóxico me había llevado. Le hice ver su presente y su futuro. Como que le entró por un oído y le salió por el otro.

Los episodios no se hicieron esperar. El novio le propinó una santa golpiza, que la mandó al hospital; y la mamá, ya te la imaginas, buscándome para que fuera a verla a la clínica. Luego la corrieron de la escuela donde daba clases, pero por faltista y por llegar alcoholizada. Le dieron las gracias, se quedó sin dinero, tenía serios problemas con su papá y hermanas; logró mantenerse limpia un buen rato, luego le llamaba para saber cómo estaba y me evadía, me mandaba a buzón, no respondía a mis recados.

Un día la mamá, cansada, la internó por tres meses en un anexo; se aventó cinco procesos y no lograba la libertad de vivir sin consumir. Hoy la veo libre de alcohol y drogas; recuperó su vida, su trabajo, se casó con un buen hombre, tiene dos hijos y sólo está gozando de la vida. Sé que se hubiera ahorrado mucho dolor y consecuencias, pero los tiempos son de Dios; lleva tres años y medio en recuperación.

 

¿Por qué yo no podía parar?

Tenía que caer ahogado de borracho. Un fin de semana, después de escuchar una y otra vez a Raquel, madre de Andrés, desesperada porque su hijo de 39 años quien toma todos los días en cantidades industriales, nos citamos una y otra  vez en mi oficina y ellos nunca asistieron. El chabelote, primero decía que sí y después que no. Ese domingo me pidió de favor que fuera a darle el mensaje a su casa y ya sabes, Andrés estuvo de acuerdo que fuera a las once de la mañana, y cuando iba saliendo de mi casa, Raquel me habló llorando.

“Ernesto, tomó el carro y se fue, ¿qué hago?”. “¡Tranquila!, vamos a esperar a que regrese y hablas con él a ver si acepta que platiquemos hoy”, y nos fuimos a las enchiladas de la deportiva. Al rato me habló y fui a su casa; me recibió con Tecate en mano y no hizo otra cosa más que recordarme de dónde vengo. Ahí estaba yo negado, soberbio, ignorante, mediocre; sé que es difícil y no recomendable hablar con alguien que esté drogado y motivarlo a que deje de hacerlo. Ya era muy  tarde para dar marcha atrás y Andrés sintió confianza en mí.

Entre trago y trago me confió su dolor, su motivo, su pretexto más reciente: el rompimiento con su novia, y comenzó a llorar y a llorar, hasta que poco a poco se fue calmando. La recomendación fue que asistiera a un grupo de AA y el, como yo lo estuve, tenía un concepto equivocado del programa de los Doce Pasos. Lo invité a que fuera a mi estudio a platicar, y el lunes me habló para disculparse; se sentía cansado. El martes comenzamos a trabajar en la ayuda que puedo brindar.

Ese domingo se tomó más de 30 cervezas, obvio que por esa razón se sentía cansado. Recordé —y se lo dije— mi torpe manera de beber, cómo me alcoholizaba mañana tardé y noche, ya fuera vino tinto, coñac, brandy, ron, tequila, cerveza, vodka, lo que fuera, simplemente empezando no podía detenerme. Destilaba alcohol hasta por los poros, terminaba vomitando en el escusado, echando las tripas y ese hilo amarillo con sangre; raspando mi garganta y haciendo un singular esfuerzo.

Muchos mediodías subía a los elevadores con 15 personas o más; yo apestaba a alcohol. Sin pensarlo buscaba la “cura”, entraba a la primera cantina por la piedra; mi auto, mi ropa, mi recámara, mi ser apestaban a alcohol. Con mis miserias espirituales me tiraba a matar. Hoy sé de mi compulsión, del porqué no puedo detenerme y porqué no debo tomar ni una gota de alcohol. Cuando voy a algún evento y el mesero me dice: “¿Gusta tomar algo señor?” Lo miro a los ojos y digo: “Amigo, no, muchas gracias, ya me bebí y de más todo el alcohol que me tocaba. Soy alcohólico en recuperación sólo por la gracia de Dios. Gracias amigo”.

 

Una lluvia de consecuencias

Hoy fui a compartir a un centro de rehabilitación para mujeres menores y adultas. El tema que desarrollé lo titule “Fondos”. La mayoría comenzó a compartir y les dejo algunos testimonios, sólo para medir la magnitud de lo complejo de la enfermedad.

“Consumí, heroína, morfina, tachas y mariguana durante mi embarazo. Mi hija tiene la malilla, es demasiado explosiva”… “Yo robaba, no me prostituí pero entraba a las tiendas a llenar la mochila y luego mal vendía los productos; era mucho dinero el que juntaba todos los días, hasta que me llevaron a la cárcel un año y medio”… “Yo, me prostituía con cualquiera. Todo lo que ganaba me lo atascaba de drogas. Una noche tres tipos me secuestraron, me dieron por muerta después de haberme violado y golpeado y me tiraron en un arroyo. Gracias a Dios, alguien me encontró y me salvo la vida”…

Unas más. “He perdido mis oportunidades de estudiar, me han corrido de cuatro secundarias; la última, me cacharon con 200 pesos de mariguana”… “A mí no me renovaron el contrato, pensé que nadie se daba cuenta de mis adicciones, estaba en el error. Cuando salí de la maquila supe que todo el mundo sabía que yo era adicta al cristal”.

Entonces tomé la palabra. “Cuando abrí la junta, regalé alguno de mis fondos. Tal vez uno muy fuerte fue la soledad, me sentía tremendamente solo, me deprimía todo el tiempo, duraba en la cama más de 5 días, sin bañarme, sin motivarme, sin ganas de nada. La droga —les compartí— me robo salud, ahora tengo un cuerpo enfermo, severamente dañado; tiré el tiempo por el caño del escusado, me corrieron de mi trabajo, el que amaba, “Su Majestad la Radio”.

Me abandonó mi esposa después de soportarme un mundo de incongruencias; me quedé en la ruina, era un mundo de dinero el que gustaba en droga; perdí mi dignidad, me humillé ante “El Puchero, el ‘dealer’; anduve muchos días recorriendo la ciudad de farmacia en farmacia, buscando la morfina que me inyectaba. Me volví loco, secuestrado por mi mente enferma, mi celotipia infernal y mis delirios de persecución. Traté de matar a mi mujer, quemé mi casa cuatro veces, me hundí en depresión e hice daño a mi familia y a muchas personas.

La junta estuvo muy buena, me pone bien compartir, escribir, hablar de mí, simplemente porque no deseo que nadie sufra lo que yo sufrí.

Ernesto Salayandía García

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