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El novio de la muerte

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“¡Este es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Vencerás, pero no convencerás. Vencerás porque tener sobrada fuerza bruta; pero no convencerás, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Palabras del rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, al responder al militar español José Millán Astray, amigo de Francisco Franco Bahamonde, dictador español, quien le gritó: “¡muera la inteligencia!”. En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”.

La escena de Salamanca, rememorarla no es gozosa, pero muestra que es más poderosa la fuerza de la palabra que la rebeldía estólida de una juventud descarriada —en el caso que ocupa esta entrega de España, del 12 de octubre de 1936— fracasados, orates, dipsómanos y homicidas, que eran recibidos en las plazas africanas por un oficial estrambótico, histriónico y energúmeno, con los cuales formó un cuerpo de élite a imagen de la Legión Extranjera de Francia.

La anécdota es nutritiva y triste. Hace visible la actitud que se guarda en nuestro interior, revela el comportamiento de personas de intensas emociones; también, cómo algo tan maravilloso, que es ser una persona, puede transformarse en lo más aterrador. Lecciones de aprendizaje pudieran servir para ser hoy mejor que ayer y mañana mejor que hoy.

Norberto Bobbio, filósofo italiano, escribió: “hay que aceptar lo que no comprendemos y conformarnos con tolerarlo”. Esa es la virtud de la que hablan escritores, transformar el conocimiento en comportamiento. Cito a Jean Piaget: “Lo que vemos cambia los que sabemos. Lo que conocemos cambia lo que vemos”. Esta escena que se relata, ilustra y enriquece a quienes desean adoptar una mejor actitud, comprender el resentimiento para fortalecer la tolerancia.

La palabra es placer intenso cuando se convierte en herramienta fundamental del poder, cuando se expresa con la elocuencia de Cicerón. Sensación intensa produce cuando se habla con elegancia, estilo y produce prurito resarcido, sonrisitas sardónicas y deviene el torrente negro de indignación de quienes no aprecian el valor del arte de hablar.

Un  gigante de la oratoria, Winston Churchill, a quien también se le llamó el maestro de la palabra hablada; no menos importante, Isócrates, orador y educador griego. Demóstenes, político ateniense también da cuenta de la virtud sideral de conocer la palabra, apapacharla y consentirla para que sea nuestra mejor aliada.

Que nos guíe el poder de las ideas hechas palabras y no  las palabras hechas ideas del poder. Para Cicerón, el “primer deber del orador es convencer, el segundo es debilitar todo lo que refuerza la parte adversa”. El poder de las palabras puede vencer, pero no convencer.

Candelario Pérez Madero

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