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El precio del consumismo y la permisividad social

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Hace unos días estuve como espectadora en una audiencia de juicio oral; el delito: posesión de drogas. No tenía participación directa en el asunto, así que no conocía el caso, por lo que entré solamente para sumar experiencia en el seguimiento del desarrollo del Nuevo Sistema de Justicia Penal y con la única intención de ver el ilustrativo desarrollo de un proceso de juicio oral, pero lo que finalmente observé fue mucho más profundo y demostrativo que una simple audiencia. Todo inició en el momento en que entró a la sala la persona imputada, con 18 años de edad, aunque lucía mucho más pequeña.

De complexión menuda, con la agradable y jovial apariencia que suele tener una chica preparatoriana en pleno goce de sus mejores años de juventud, pero con la mirada atemorizada y la sonrisa nerviosa y ensombrecida por el marco de las circunstancias. ¿Cómo llega una chica como ella a estar en el banquillo de los acusados? Cuando el ministerio público presentó los cargos en su contra surgió la historia, misma que ahora comparto omitiendo, desde luego, las circunstancias precisas en respeto a la persona y al proceso, pero con el fin de que podamos dimensionar una situación que, lamentablemente cada día se nos ha vuelto más común y más ignorada socialmente.

Una noche cualquiera, una familia integrada por los padres, una joven y su hermano menor, sale a dar una vuelta en su vehículo por la ciudad. De pronto, el padre, quien venía conduciendo, tiene un descuido y termina pasándose el alto en una esquina, con el tino además de hacerlo en el momento justo en que pasaba una patrulla. Al observar tal circunstancia, los agentes a cargo le marcan el alto para indicarle su falta. Desde luego, este suele ser un descuido menor susceptible de pasarle a cualquiera, por lo cual, el conductor sin mayor resistencia detiene su marcha para recibir la amonestación respectiva.

Sin embargo, al momento de proceder a la rutinaria revisión de los papeles del vehículo y del conductor, los agentes notan un excesivo nerviosismo de la hija que venía en la parte trasera del vehículo en cuestión, por lo cual, solicitan permiso a los padres para revisar su vehículo y sus pertenencias, a lo cual ellos acceden sin oponer resistencia, tal vez (porque eso no se precisó en los hechos), con la confianza de que no existía nada ilegal o indebido, más allá de la irregularidad de la citada infracción de tránsito. Sin embargo, al revisar las pertenencias de la joven, encuentran una bolsa de hierba con apariencia de mariguana y dos bolsas pequeñas con apariencia de cocaína, ante lo cual, no podía hacerse nada más que proceder a la detención de la portadora.

Y fue así como llegamos a la audiencia citada, con una joven que, en vez de estar disfrutando de su vida, se encuentra ahora enfrentando a la justicia, con las inevitables consecuencias que ello le acarreará en su futuro, en su educación, en su ámbito familiar, en su historial personal y profesional. Con unos padres que en lugar de estar en una graduación o en cualquier otra celebración del éxito de su pequeña, se encuentran ahora participando en el intrincado y nada festivo mundo del papeleo judicial para tratar que esta salga lo menos afectada posible.

Soy madre, y aunque no puedo hablar de una experiencia similar o del sentimiento que pudieron tener esos padres en tales circunstancias, puedo imaginar la terrible angustia y tristeza que debe significar el tener frente a ti a tu hijo esposado, custodiado, y ver cómo es acusado y perseguido por este lamentable hecho que, como todo delito, implica no sólo responsabilidad y castigo legal, sino un deterioro y profundo daño a la personalidad, a la autoestima y al respeto hacia uno mismo y ante los demás.

Tristemente, este binomio de juventud y adicciones no sólo se hace cada vez más presente, sino que empieza a gozar de una mayor permisividad social. Pareciera que lo vemos como parte de un proceso “normal” que la juventud tiene que experimentar. ¿El chico llegó pasado de copas a casa? Es normal, mañana que se tome un caldo para la cruda. ¿Está fumando hierba? Sólo se está divirtiendo, no pasará a más. Sin embargo, esto no sólo se ha vuelto un problema de salud pública sino un problema de debilidad moral, resultado de una crisis de valores que tiene como piedra angular el poco afecto y respeto que tenemos por los miembros —sobre todo los miembros más jóvenes— de nuestra comunidad.

Hemos sido muy permisivos socialmente, porque este consumo de sustancias nocivas no es más que otra variante del sistema consumista y falaz en el cual hemos caído como sociedad. Bien lo señaló en este sentido el destacado psicoanalista, filósofo y psicólogo social, Erich Fromm, al afirmar: “la actitud inherente al consumismo es devorar todo el mundo. El consumidor es eterno niño de pecho que llora reclamando su biberón, y esto se vuelve obvio en los fenómenos patológicos como el alcoholismo y la adicción a las drogas”.

Y así, al dejarnos arrastrar en la generalidad por el consumo de toda la basura comercial y superflua que nos llega del medio que nos rodea, como consecuencia de la grave omisión que hemos tenido en el fomento de nuestro valor y nuestros valores, de nuestros talentos, capacidades y fuerza interior, hemos abierto también la puerta a las adicciones, dejando que invadan a nuestra juventud y mermen lo más valioso que esta tiene: su salud, su mente, su ánimo y su voluntad.

Porque contrario a lo que pareciera el slogan social en boga, esta tendencia al consumismo fútil e insubstancial en lo general, y al consumo de alcohol y drogas en lo particular, no nos hace “modernos y autónomos”, al contrario, nos torna frágiles, nos vuelve esclavos. Y esta esclavitud moderna es también el precio que hoy pagamos por convertirnos en una sociedad individualista que incita a la competitividad más que a la solidaridad, bajo la premisa de que somos ajenos los unos a los otros, lo cual es falaz y tergiversado, porque lo cierto es que las perspectivas que adoptemos en lo colectivo, terminarán siempre afectándonos en lo personal.

Así, en el caso específico de las adicciones, los daños que estas ocasionan no se limitan a quienes las consumen, pues también afectan relaciones laborales, familiares, escolares, y eventualmente son detonantes también de otros males como la inseguridad y la violencia, que han terminado afectando a todo el ente de la colectividad, hasta el punto de que se han tenido que incluir en el rubro de políticas gubernamentales prioritarias, relativas a problemas que nos urge solucionar.

Pero aún estamos a tiempo de recapacitar. Nuestra juventud merece una herencia social digna, basada en el respeto y reconocimiento de su verdadera cuantía generacional. Ellos son el presente y el futuro, valen el esfuerzo para trascender el consumismo y la banalidad; valen que le apostemos con arrojo a cerrar filas para retornar a la educación basada en el fomento de valores personales y colectivos, esos valores que parecieran pasados de moda, pero que hoy como ayer siguen siendo la manera más funcional y certera para obtener la riqueza, la armonía, la paz y el bienestar que tanto anhelamos como personas, y tanto nos apremia obtener como sociedad.

 

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Marcela Polanco Collí

 

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