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¿Qué es más sano?

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Domingo X del Tiempo Ordinario

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS. (MC 3, 20-35)

 

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: “¿Cómo va a echar Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad les digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: “Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. El les pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

 

Para esta reflexión del décimo domingo del Tiempo Ordinario, quiero iniciar con una pregunta muy sencilla: ¿tu vida es sana? Después de las fiestas y solemnidades de la Pascua entramos de nuevo en el tiempo ordinario, y sería bueno reflexionar sobre nuestra manera de vivir. Creo que estamos de acuerdo que nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés, las depresiones que llevan al suicidio, la mentira y la violencia. Por otra parte, fomentamos un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores y mentiras, cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación, la falta del diálogo profundo (las compañas políticas una vez más lo descubren en su plenitud) y tantas otras frustraciones, impiden a las personas crecer de manera sana.

Por otro lado, reconocemos que la cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, y dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades. Pero, al mismo tiempo, estamos construyendo entre todos una sociedad donde no es fácil vivir de modo sano. ¿Y tú, crees que vives la vida sana?

Espero no equivocarme afirmando que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de la persona entera, es decir del cuerpo y del alma, cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación e inseguridad, la cosificación o disolución como seres humanos. Hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, enferma, o como lo dirían los médicos: patógena. Por eso, hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntamos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas, sin apenas ser conscientes de ello. ¿Tú qué opinas analizando tu propia vida?

Qué es más sano… ¿dejarse arrastrar por una vida de comodidades sin esfuerzo?, ¿nunca querer salir de tu propia “zona de confort” que tú mismo o la sociedad te ha creado? Tantos excesos que aletargan el espíritu y disminuyen la creatividad de la persona. ¿No sería mejor volver a vivir de modo sobrio y creativo, buscando oportunidades para crecer en los nuevos retos sin caer en la “patología de la abundancia”?

Qué es más sano… ¿seguir funcionando como “cosas y objetos” que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un “sistema de deseos y satisfacciones”, o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? Es fácil desear lo más cercano y sin profundizar, lo vemos mucho en estas semanas de las campañas, cuando varias veces nos tratan como números para votar y sin darnos el lugar de las personas que quieren realizarse en toda su totalidad, y capaces de luchar por los valores que no se venden ni tapan con el dedo.

Sigmund Freud, en su obra “El Malestar en la cultura”, consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que, tal vez, pocos individuos son conscientes. Puede incluso suceder que, dentro de una sociedad enferma, se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos. ¿Cómo crees que actúas tú?, ¿buscas lo de siempre y pensando sólo en ti y tu comodidad?, puesto que, hay relaciones que aparentemente te aseguran todo, ¿o estás dispuesto a ir más a la profundidad desde la fe? No pierdas el sentido de tu dignidad, y creo que con razón C. G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como: “el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido”.

Qué es más sano… ¿llenar tu vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebida, revistas, las fotos en Facebook, Instagram, y cada vez más canales de televisión?, ¿o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en la familia, en la comunidad y en la sana convivencia social? Las cosas nunca nos van a satisfacer del todo. Hay lugar para tu corazón donde el Espíritu quiere despertar —en nosotros— el deseo de luchar por algo más noble y mejor que lo trivial de cada día.

El Espíritu puede darnos la audacia necesaria para iniciar un trabajo interior en nosotros, porque estoy seguro que el hombre intuye que necesita algo que la vida de cada día no le proporciona. En esa insatisfacción puede estar el comienzo de su salvación. El gran teólogo alemán, Paul Tillich, decía que sólo el Espíritu nos puede ayudar a descubrir de nuevo “el camino de lo profundo”. Por el contrario, pecar contra ese Espíritu Santo sería “cargar con nuestro pecado para siempre”.

Qué es más sano… ¿reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida?, ¿o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios “amigo de la vida” que sólo quiere y busca la plenitud del ser humano? No eliminemos a Dios de nuestra vida sencilla, ordinaria. Él lo puede convertir en una vida sana y extraordinaria.

En lenguaje bíblico y en la Edad Media, la misma palabra “salus” significaba la salvación y también la salud. El Espíritu de Dios puede hacer brotar una alegría diferente en nuestro corazón; puede vivificar nuestra vida envejecida (salud); puede encender en nosotros el deseo de la vida eterna (salvación). Donde hay un hombre o una mujer, allí está Dios suscitando su salvación, esté dentro o fuera de la Iglesia. A todos crea Dios por amor; a todos sostiene y acompaña con amor; para toda busca la bendición y la vida eterna. No ha habido nunca, en ningún rincón del mundo, un ser humano que no haya nacido, vivido y muerto amparado y bendecido por el amor grande de Dios.

Qué es más sano… ¿vivir como una oveja sin voz, defendiendo a los pastores que no cumplen la voluntad de Dios, sino la suya y sus intereses? El Evangelio de hoy nos recuerda que no hemos de empequeñecer a Dios viviendo la fe desde un “particularismo local”. La Iglesia no es un partido político, sino es lugar de salvación, pero no el único. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada ser humano, y esos caminos no pasan necesariamente por la Iglesia. Hemos de recuperar el sentido profundo y originario del término «católico» (de «kath ‘olon»), es decir la apertura a lo total, lo universal y no ser un separatista y castigador por sentirse ofendido.

Ser católico es alabar, celebrar y dar gracias a Dios por la salvación universal que ofrece a todos, dentro y fuera de la Iglesia. Según el relato de Marcos, cuando le hablan de su madre y sus hermanos, Jesús responde ensanchando su mirada hacia todos los que viven fielmente ante Dios: “Todo el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Si Jesús alerta severamente sobre “la blasfemia contra el Espíritu Santo”, es porque este pecado consiste precisamente en cerrarse a la acción de Dios en nosotros quedándonos desamparados, sin nadie que nos defienda del error y del mal. ¿Sigues creyendo que tu vida es sana y te lleva a la salvación, o necesitas el Espíritu de Dios?

Nadie puede decir que no está habitado por ese Espíritu, lo importante es no apagarlo, avivar su fuego, hacer que arda purificando y renovando nuestra vida y que no seamos sólo “un número de votantes u ovejas sin voz”. Tal vez hemos de comenzar por invocar a Dios con el salmista: “No apartes de mí tu Espíritu”.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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