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“Las gafas correctas”

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Domingo XI del Tiempo Ordinario

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (4,26-34):

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece, y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto. Primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

 

El mundo en que vivimos está lleno de noticias, mensajes y avisos. En este punto estamos pendientes de ellos, sobre todo por las malas. Emisoras de radio y televisión, periódicos y reportajes descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odio, guerras, hambre y violencia, escándalos e injusticias. Varios son los “vendedores de sensacionalismo”, y “por más que busquen” no parecen encontrar otra cosa más notable que lo malo, pero a la vez tan llamativo en nuestro planeta. Si a esto añadimos la increíble velocidad con que se difunden las noticias, nos quedamos más preocupados y desconcertados aún. Está claro que cada vez estamos más informados del mal que se infiltra a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo. Nunca te preguntaste: ¿Qué puede hacer uno ante tanto dolor y cambio?

En diferentes ámbitos culturales nos intentarán convencer de que los problemas se pueden resolver con más poder tecnológico, y por ello nos han lanzado a todos a una gigantesca organización y racionalización de la vida. Pero este poder organizado no está ya en manos de las personas, sino en estructuras que se han convertido en “un poder invisible”, y varias veces “anónimo e impersonal”, que se sitúa más allá del alcance de cada individuo. Entonces, la tentación de abstenernos y cohibir es grande.

La sociedad actual nos empuja con tal fuerza hacia el trabajo, la actividad y el rendimiento, que por eso no olvidemos que la vida no es sólo trabajo eficaz y productividad, sino un regalo de Dios que hay que acoger y disfrutar con el corazón agradecido. Más allá de lo útil y lo rentable, el hombre, para ser humano necesita aprender a estar en la vida, no sólo desde una actitud productiva, sino desde una actitud contemplativa. ¿Qué puedo hacer para mejorar esta sociedad, Iglesia? ¿No son los líderes políticos y religiosos quienes han de promover los cambios que se necesitan para avanzar hacia una convivencia más digna, más humana y dichosa? ¡Por supuesto que no! Sería demasiado fácil e infantil ver la vida de esta manera; tú y yo tenemos que ser protagonistas del cambio.

Jesús era buen observador y veía varias “campañas de autopromoción” de los dirigentes políticos y religiosos, la mayoría de ellos se basaban en absurdas e ingenuas soluciones en contra de las injusticias y el mal. La experiencia de los campesinos de Galilea, animaron a Jesús a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con gran confianza. Si nos fijamos bien, en el Evangelio de este domingo hay una llamada dirigida a todos que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad, sociedad, Iglesia. Jesús no habla de cosas grandes.

El reino de Dios es muy humilde y modesto en sus orígenes; algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña, pero que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. ¿Cuánto tenemos que aprender todavía, de que las cosas más sencillas son más importantes y a la vez menos valoradas? ¿No crees que necesitamos —quizás— aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos? No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño ambiente familiar, social, laboral, eclesiástico.

Un gesto amistoso para el que vive desconcertado o rechazado por la sociedad o Iglesia no te cuesta nada, una sonrisa acogedora a quien está solo porque perdió sus amigos, estatus o puesto parece nada, pero cambiaría mucho. Una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado por la injusticia en la política o en la Iglesia no son cosas grandes, son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes, todavía más si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es algo espectacular o clamoroso, según Jesús es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como “un grano de mostaza” que germina secretamente en el corazón de las personas. En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente a dogmas religiosos y códigos morales.

Ya no basta mirar a las cátedras escuchando la voz del pastor que tal vez perdió toda su autoridad moral. Busquemos a Jesús humilde, que no vive en un palacio de oro; busquemos lo sencillo del Evangelio. No te desanimes cuando te digan que hoy nadie tiene la receta para la felicidad, lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Mira a tu Diócesis, sociedad Campechana, tú también debes de ser un sembrador de las semillas del bien, no aceptes el soborno económico ni el espiritual para demandar las injusticias y las mentiras, no te dejes llevar por la ambición de las cosas que no son para ti, ni para el bien de los demás. El mal siempre grita y es escandaloso, pero al final siempre el que vence es el bien. Tiempo al tiempo, decía mi amigo para animarme a seguir confiando en la siembra.

No olvidemos nunca que los discípulos de Jesús hemos de ser sembradores, nuestra tarea es sembrar, no cosechar y no vivir pendientes de los resultados. A muchos líderes políticos y religiosos —a nuestro alrededor— les preocupan demasiado la eficacia y el éxito inmediato, por ello toman decisiones drásticas sin pensar en las consecuencias del futuro; siembran la discordia y la enemistad teniendo en cuenta sólo sus expectativas, y a veces venganzas. Nuestra atención ha de centrarse en sembrar bien el Evangelio y las semillas de la vida de Jesús.

Estoy seguro que tarde o temprano los seguidores de Jesús sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Seamos sembradores del bien en sus cosas pequeñas, y descubriremos que sólo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad desanimada y sin valores en nuestros días. Entonces, aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como el inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

Empecemos de nuevo a agradecer a tantas personas que alegran nuestra vida, y no pasar de largo por tantos paisajes hechos sólo para ser contemplados. Sólo saborea la vida como gracia el que se deja querer, el que se deja sorprender por lo bueno de cada día, el que se deja agraciar, bendecir y perdonar por Dios. Un gran escritor francés, A. Dumas, al final de su vida escribió con razón: “La vida es fascinante, sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas”. Que así sea.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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