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Color esperanza

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De adicto a adicto

 

Cuando militaba en el grupo de AA en San Agustín Polanco de la CDMX, en mi búsqueda interior y en mi afán por servir fui a dar un servicio a un domicilio particular. Se trataba de un joven de 21 años atrapado en una adicción muy peligrosa.

No doy datos por razones obvias, pero este tóxico le tenía destrozado todo el sistema respiratorio, generando fuertes dolores en pecho y garganta. Es hijo único de un capitán piloto aviador comercial en trámite violento de divorcio, y pese a estar en depresión y prendido de esa poderosa y destructiva droga, por lo cual la mayor parte del tiempo sus ojos estaban teñidos de rojo, lucía flaco y abandonado de sí mismo, logré que fuera a juntas de AA.

Con el poco tiempo escuché su historia, palpé su dolor y no lo dejé solo. Por desgracia, la droga ya había exterminado la fortaleza de sus pulmones y murió de un paro espiratorio.

De estas vivencias tengo un mundo, he visto morir a infinidad de mediocres que no se rindieron ante la diabólica enfermedad. Muchos aparentaron sobriedad, recuperación, pero de noche se desatrampaban. No he visto a nadie que le gane, y día con día veo a Ernesto en un buen número de adictos, veo a mi madre llorando de impotencia, a mi esposa asustada, frustrada y desesperada.

Ahí, en estas personas con las que trato, veo a Ernesto, ese Ernesto muerto en vida, atrapado sin salida.

Algunas noches me habla Johnny, a quien he tratado de rescatar desde hace 15 años, pero he fracasado porque él no ha querido. Tiene una voz de terciopelo, era portador de una sorprendente personalidad, ahora no queda ni la sombra. Fue maestro, y a pesar de los pesares, una maestra lo protegió por años. Hemos ido de un proceso a otro, sin resultados. Vive en compañía de más de 15 perros de cruza callejera con corriente.

Me habla y su voz seca, triste, torpe, propia de un alcohólico pasado de copas, lo delata. Se refiere a grandes planes, a ganas de salir adelante, pero sólo de dientes para afuera. Hasta me da consejos, pero no me dice dónde vive porque le da miedo que vaya por él y lo interne. La verdad, lloro cada vez que termino de hablar con él y lo dejo que suelte todo lo que quiera, sé que para él es muy importante que alguien lo escuche.

He pensado en pedirle que me regale su testimonio de vida para usarlo con todo aquel que no cree en la perversidad de esta perra enfermedad, perra que no distingue edad, sexo, ni posición social, sino es física, mental, emocional, espiritual y de la personalidad. Sé que producir ese video y mostrárselo a un mediocre, alcohólico, drogadicto, será sin duda como lavarle la cabeza al burro, perder el tiempo con el riesgo de que me dé hasta un patadón. El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. ¿Qué no?

Y ahí está Ernesto, el tipo negado, terco, cerrado, nada humilde, a la defensiva y nadie puede abrir una puerta mientras no le quiten los candados. Lo mío es emocional, me dice Raquel, y le pregunto ¿por qué te pones como araña fumigada y no puedes parar? Al día siguiente te la curas y es el cuento de nunca acabar.

Todos sabemos que necesitamos ayuda, pero justificamos el placer que produce la sustancia, la sensación que genera, aunque llega el momento en que yo ya no disfrutaba nada, ni el alcohol, ni la cocaína, ni la morfina, ni las pastillas. Mi cerebro se convirtió en inmune, cero anestesia, y nada más me drogaba por drogarme, repitiendo la misma rutina todos los días, y si hay algo, que me provoque mayor tristeza es ver a ese Ernesto a cada instante.

La otra noche un niño de 17 años al cuidado de la abuela, me juró y perjuró que no usaba cristal, que lo de él era sólo mariguana. Puedes verlo lleno de ansiedad, sentado con sus piernas temblando, en extremo tic nervioso, flaco, con ojeras profundas, mirada triste, apagada, amarillo, pálido, anémico, mal, muy mal y con esa  soberbia, me mandó a freír espárragos.

En la noche la judicial lo sorprendió fumando cristal en la vía pública y lo puso a disposición del Ministerio público por posesión de cristal. El juez le dio a escoger: el Cereso por seis meses o un centro de rehabilitación por cuatro. Por supuesto que aceptó el internamiento, y Dios quiera y pueda encontrar libertad.

Cada quien es el arquitecto de su propio destino.— Fue mi elección vivir mi vida como la viví, yo decidí y elegí el camino a seguir. Escogí lo bueno y lo malo, me uní a personas de buena fe y también a personas mal nacidas. Fue el rumbo que busqué, toqué mis propios fondos y sufrí mis consecuencias. Hoy comprendo que esta enfermedad no es un resfriado, sino algo compleja por los múltiples factores que la componen.

Mi recuperación estaba basada en los hechos, sé que el tiempo no es recuperación, debo de estar alerta para vivir el sólo por hoy, un día a la vez, pero con actitud positiva, con fe, amor propio, no soberbia ni egos. Es mi elección pintarme hoy la cara y aplico la letra de color esperanza, de Diego Torres, que no es sólo un mensaje de fe, sino un compromiso de vida. Es mi elección buscar mi libertad, de dar y servir, de entregarme a mí y a los demás con fe y amor. Dar y recibir, siempre así.

Color esperanza.— Sé qué hay en tus ojos con sólo mirar: fe y amor en mí mismo.

Que estás cansado de andar y de andar, me harté de dañarme y verme hundido en depresión. Y caminar girando siempre en un lugar. La rutina me mantuvo muerto en vida, atrapado sin salida

Mediocre a legua.— Sé que las ventanas se pueden abrir. Disfruté de mis primeros días de libertad, sin consumir, y sentí a Dios, lo escuché.

Cambiar el aire depende de ti.— Me dijo “te ayudará, vale la pena una vez más”, y aprendí a creer en mí, a vivir un día intensamente feliz, a saber que se puede querer que se pueda. Comencé a trabajar mis defectos de carácter, mis conductas toxicas y a sacar mis cargas emocionales.

Elegí vivir para mí, confirmando que detrás del miedo no hay nada, que hay que pintarse la cara de color esperanza. Comencé a trabajar en mí, en mi actitud, en mis lenguajes facial, oral y corporal, erradiqué la tristeza, la amargura y la frustración.

Elegí la alegría en mí, tentar al futuro con el corazón, y en mi andar me avoqué al servicio, a escribir en periódicos y a dar el mensaje en medios electrónicos, en informar, orientar y concientizar a otros. Llevo 19 años, sin claudicar. Es mejor perderse que nunca embarcar.

Escribí mis textos que hice libros y sigo escribiendo para mí, trabajando mis egos y mi soberbia, compartiendo mi propia experiencia. Mejor tentarse a dejar de intentar.

Muchas puertas se han cerrado, me topo con envidias, críticas y cerrazón, pero cada vez, que se cierra una puerta, abro mil, aunque no es tan fácil empezar. No ha sido fácil, me he mantenido firme en mi convicción de contribuir, para que nadie sufra lo que yo sufrí. Sé que lo imposible se puede lograr.

Hoy vivo mi vida con amor y libertad, en lucha abierta contra el cavernícola emocional que vive dentro de mí, duerme y de repente como que quiere desertar. Hoy no. La tristeza algún día se irá y estaré satisfecho con mi nueva vida, pero triste por esta sociedad en decadencia. Y así será la vida, cambia y cambiará.

Soy testigo de un buen número de adictos que, como yo, son ahora libres, útiles y felices. Sentirás que el alma vuela. Es hermoso haber elegido este camino de vida, que ha sido posible, y la gran ayuda de infinidad de seres humanos que me han ayudado a no perder la brújula, y soy feliz por cantar una vez más, por saber que se puede querer que se pueda, por quitarme los miedos, sacarlos, pintarme la cara color esperanza, por tentar al futuro con el corazón. Saber…

Mi compromiso es serio, por demás firme, no meterme en lo que no me importa, no hacerle a nadie lo que a mí no me gusta que me hagan, respetar globalmente a las personas, no criticar, ni lanzar o escuchar chismes, no desprestigiar ni levantar falsos de nadie, no hacer cosas buenas que parezcan malas, no abusar del débil o el ignorante, ser digno, íntegro, honesto, dar, hacer el bien sin mirar a quien, no esperar ni el aplauso, ni el reconocimiento, ni las gracias de nadie, el mejor servicio, está en las casa, con la familia, demostrarme a mí mismo, que los hechos hablan por sí solos, ser agradecido.

También, valorar lo que las personas hacen por mí, no engancharme ni darme el lujo de resentirme, recodar, que el que me hace enojar me gobierna, aprender a vivir un día a la vez, sin apegos, ni egos, sólo por hoy, sin resentimientos, y respetar los resentimientos de otros hacia mi persona, perdonar por muy grande que sea la ofensa o la humillación. Ser libre, útil y feliz.

 

Ernesto Salayandía García

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