Inicio»Opinión»La recuperación existe

La recuperación existe

0
Compartidos
Google+

No aceptaba que tengo una seria, perversa, perra, furiosa, brava, maldita, devastadora, cruel enfermedad del alma, que es genética. Los hijos de un drogadicto, alcohólico, nacen con predisposición de repetir los mismos síntomas que su padre. Es contagiosa. Los menores se contaminan y crecen con la enfermedad emocional, son víctimas de traumas, complejos, fobias, depresión y miedos; candidatos al fracaso; emocionalmente son un cero a la izquierda.

Desconocía que mi enfermedad es incurable, progresiva, mortal, burlona, complicada, es ruin porque lejos de dañarte a ti mismo dañas con todo a tu familia; no hay dinero que alcance, yo vivía para drogarme y me drogaba para vivir, era el mil máscaras… mitómano, hipócrita para cada ocasión, vacío, con un enorme vacío espiritual, lleno de frustración y una gigante soledad. Esta maldita enfermedad me robo tiempo, tiempo sagrado que perdí en las cantinas, en bares, restaurantes; tiempo que se me fue de las manos por mis depresiones. Me robó mi salud, hora tengo un cuerpo severamente dañado; por supuesto, me robó la paz interna; mi mente enferma me secuestró por mi celotipia infernal, por mi enfermiza manera de pensar.

La neurosis hizo de mí un tipo aborrecido, odiado por mis seres cercanos. Por la enfermedad perdí familia y se me fueron de las manos grandes oportunidades en todos los sentidos. Perdí algo que amaba: “Su Majestad, la Radio”, y por soberbio no me di cuenta de la agresividad de mi enfermedad, no reconocí cómo me hundí y caí en mi ruina espiritual con mi autoestima súper baja, nula. Me abandoné…

Recuerdo que me costa mucho trabajado decir: “Soy alcohólico… es más, soy drogadicto”, pero ahora, cuando estoy coordinando una junta o voy a compartir, me presento: “Soy Ernesto Salayandía García, enfermo emocional, neurótico, maniaco-depresivo, alcohólico y adicto. Mejor ahí le paro, no vaya a ser que me quede solo aquí”. La gente se ríe, pero esa es la magnitud de mi enfermedad. No podía parar, no tenía llene y sé que si recaigo con cualquier tipo de sustancia no voy a poder parar.

 

Veinte años después

La cocaína, el exceso de consumo provocó en mí unos espantosos delirios de persecución auditivos y visuales. Drogado, cuando iba manejando, sentía que me iban siguiendo. En los hoteles me la pasaba arrinconado, viendo por la orillita de las cortinas hacia el estacionamiento, generando en mi mente que la ley iba a llegar por mi o los malandros iban a entrar a mi cuarto a matarme. Muchas veces aluciné que un helicóptero iba a aterrizar con los mismos fines.

Llegue a ver, a escuchar y a sentir, en muchas noches de terror, que dos tipos andaban adentro de los ductos del aire acondicionado e iban a bajar a asesinarme. Esa era la razón que en mi enorme casa, la que mi madre había bautizado como el Castillo de Drácula, dormía yo con dos cuchillos; en las rejillas de las paredes colocaba trapos y papel periódico impregnados de alcohol, luego le prendía fuego y el humo provocaba que mis presuntos asesinos salieran corriendo. Llegué a humear mi casa cuatro veces, una de ellas llegaron los bomberos.

Me empinaba una botella diaria de vodka, terminaba con cualquier saldo de bebida como cerveza, tequila o sotol de la sierra de Chihuahua. Tomaba rompope, vino tinto, rosado o blanco. En mi afán por acabar ahogado de borracho, me hice farmacodependiente; cada noche el atascamiento de pastillas antidepresivas era impresionante, y en complemento me inyectaba morfina sintética. Llegué a pesar menos de 50 kilos, fui la tristeza arrolladora. Flaco, amarillo, ojeroso, sin ilusiones, cansado, agotado y muerto en vida; atrapado, sin salida. No dabas por mí un cacahuate y no aceptaba ni me rendía ante la perversidad de mi enfermedad.

 

Es un proceso, lento, muy duro y doloroso

Claro que soy recaído; no le entré, fui a un grupo de Alcohólicos Anónimos, me metía al baño durante la junta a inhalar cocaína. Cuando mi mujer me puso un hasta aquí, un límite, me interne en Oceánica, la clínica más cara en el mundo de rehabilitación. Llegué inclusive a un anexo, un centro de rehabilitación de tres meses y cuarto. Asistí diariamente de lunes a domingo —mínimo a una junta diaria— a un grupo de Alcohólicos Anónimos, pero lo único que había hecho fue tapar la botella. Mis actitudes estaban más mal que nunca, estaba en plena borrachera seca, irritable, explosivo, agresivo, neurótico, deprimido, intocable e insoportables.

“Estabas mejor cuando te drogabas, mejor vete a drogar”, me gritaba seguido mi mujer. En Oceánica no le entré, ignoraba la complejidad de mi enfermedad, fui por sangre 35 días aparentando, como siempre, ser lo que no era. Nunca dije que era cocainómano en cantidades industriales; no hablé de los dos abusos sexuales que de niño fui objeto, no solté, ni hablé de mis tormentos por mi celotipia infernal. Incluso, me fugué dos veces de la clínica por la noche y me fui al hotel para  checar el cuerpo de mi mujer por si traía un rasguño o un chupete o algo que me indicara que me engañaba. Llegaba al cuarto directo al cesto de la basura a ver si había un condón o papel emprendido de semen.

El primer día que  salí de la clínica en la CDMX, mi cuñado me recibió en su casa con tremendo pase de cocaína, y me dijo: “Eso de alcohólicos  anónimos es pura jalada” y me metí al baño a chutarme la coca. Desde ese momento ya no pude parar, después vinieron consecuencias severas en mi matrimonio. Traté de matar a mi mujer, de prostituta no la bajaba, me corrieron de mi trabajo, mate a “La voz de Chihuahua”, me quedé en la ruina económica y llegué por mi propia voluntad a un anexo, rendido, fastidiado de meterme cocaína y morfina mañana tarde y noche, y fumando cerca de tres cajetillas de cigarros. Hecho un esqueleto.

Nunca en mi vida había estado tan flaco y no sabía lo que era un anexo; llevé en mi maleta dos paquetes de cigarros, lociones, pantuflas, piyamas, bermudas, walkman, y todo lo que ingrese jamás lo volví a ver. Pensé que era un Oceánica chiquito, pero sin mar.

 

Un verdadero despertar espiritual

La vida se tornó color esperanza y dejé de fumar las cerca de tres cajetillas de cigarro que me chutaba al día. Coloqué atrás de la puerta de mi casa el bat que cargaba en el carro y con el que muchas veces me bajé a gritar, a romper vidrios y faros de otros automovilistas. Disminuyó considerablemente mi neurosis; el insomnio se fue como por obra de magia; desde entonces duermo como bebé, como si no le debiera dinero a nadie.

Mi actitud, la mayor parte del tiempo, es positiva, llena de alegría y de buena voluntad; mis celos se esfumaron, mi mente se desintoxicó; me olvidé de las depresiones, salí de la borrachera seca y comencé a disfrutar las mieles del programa de Alcohólicos Anónimos. Me he sentido útil y feliz en los últimos 17 años, he disfrutado, y mucho, mis despertares espirituales, mi contacto consiente con Dios. Mi recuperación ha ido en ascenso. Recuperé a Ernesto. Este 10 de julio celebro 25 años de casado; mi relación de pareja tuvo un cambio radical, de comprensión, alegría, amor y comunicación, al menos sólo por hoy.

 

No me he dado de alta

Estar en contacto con mi enfermedad, poniéndole acción a cada uno de los doce pasos del Programa de Alcohólicos Anónimos, trabajando en otros, dando lo mejor de mí con mis servicios en casa, con los míos y con otros más en escuelas, anexos, grupos de autoayuda… escribir semana a semana mi columna “De adicto a adicto”, leer, ver películas relacionadas con mi enfermedad, escuchar y poner acción para erradicar mis conductas tóxicas me permite disfrutar la libertad absoluta, predicando con el ejemplo para mis hijos, en mi manera de ser, de pensar, de actuar, en el manejo de mis emociones y el trato a los demás.

Esto acredita el liderazgo y la guía que pretendo ser para ellos. Mi recuperación demanda amor propio, una autoestima soldada, de ponerle acción y dar a otros lo mejor de mí. Lo hago en los talleres de capacitación emocional que como instructor desarrollo con frecuencia. Hoy tengo un derecho, una razón y una responsabilidad por vivir mi vida con libertad, y si yo he podido mantenerme sobrio, libre, en 19 años, sé que cualquiera que quiera ahí no se queda.

La familia tiene que hacer su parte, trabajar su enfermedad y poder convivir en una misma frecuencia con el adicto en recuperación. La sintonía, el equilibrio se logra a base de respeto, empatía, comprensión y amor; la recuperación es de por vida, los hechos son los que hablan por sí solos. Somos muchos los bendecidos con la libertad y la recuperación, somos muchos los que acreditamos que la recuperación existe y es posible, pero requiere de entrega, aceptación, rendición, disposición para dejarse guiar y dejarse ayudar.

En mi recuperación le eché humildad, son un mundo de seres queridos los que me han ayudado y me siguen ayudando, me gusta escuchar sugerencias y buenos consejos, no lo sé todo y necesito de la guía y del apoyo de otros. Hoy comprendo que mi lucha contra esta perra, brava, furiosa, no debe ceder; en un descuido lo puedo perder todo. El tiempo no es recuperación, la recuperación son los hechos y los hechos son amores y no buenas razones.

Ernesto Salayandía García

 

Noticia anterior

Sin electricidad más de 18 horas en la calle 28

Siguiente noticia

Intensificará Profeco operativos