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El rey ha muerto… ¡viva el rey!

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En la formidable jornada electoral del 1 de julio se evidenció lo que las encuestas pronosticaban, basadas en las metodologías usadas al respecto. Por medio de ellas se preveía un triunfo electoral del partido político Morena, pero no “un carro completo”; no un avasallamiento.

Todos los politólogos coincidían en que la ciudadanía iba a votar por Morena para demostrar su hartazgo por el injusto sistema político-económico, causante de una enorme brecha entre la gente rica o hasta muy rica, y la gente pobre y hasta paupérrima, cansada de la inseguridad, de la corrupción y de la impunidad; cansada de tanto político inepto y ladrón, razones —todas ellas— inobjetables.

Y ante ese justo enojo se encuentran a un candidato presidencial carismático, sencillo, que conoce bien todo el país, y del país las carencias que abruman, ofenden y lastiman. Que dan coraje. Y entonces ofrece cambiar esas condiciones para bien de los que las sufren. ¿Ofrecimiento de buena fe? Sin duda.

Pero ofrecimiento, también, difícil de cumplir en el corto o mediano plazo, y si así lo hiciera sería bueno porque dejaría sentadas bases muy importantes para darle seguimiento transexenal. Desafortunadamente no es eso lo que los mexicanos más marginados quieren, pues aspiran, con todo derecho, a que pronto los ayuden a salir de su ignominiosa condición de mexicanos de tercera o de cuarta.

AMLO, el presidente electo de manera abrumadora, voluntaria y a conciencia, es un hombre bueno y con mucha experiencia política. Rebelde por naturaleza contra la corrupción y contra todo tipo de desigualdad, no pareciera que ya gobernó una de las ciudades más grandes del mundo, pues en esa posición forzosamente tuvo qué darse cuenta de que el dinero del erario se debe invertir en la creación de fuentes de empleo, y no dejarlo en las manos estiradas de personas que no tienen para medicamentos y tampoco para comer.

No lo imagino como jefe de Estado viajando al extranjero en la aviación comercial; no lo imagino cediéndole otra vez a los maestros de la CNTE su facultad —ya perdida— de encabezar, desde puestos de mando dentro del Consejo Educativo, el futuro de la educación pública, y menos sin tener que demostrar capacidad para tan importante cambio.

No lo imagino disminuyéndoles sus percepciones salariales a los ministros de la SCJN, a los diputados federales y a los senadores, a los titulares de todos los organismos administrativos autónomos como el INAI, el INE, etc. No lo imagino, después de concluir su muy importante y agobiadora gestión como primer mandatario, viviendo del trabajo de su esposa o de sus hijos, ya que según ha declarado no posee dinero en el banco, y según asegura, va a renunciar a su pensión.

No lo imagino sacando dinero de nuestras reservas o de préstamos a organismos internacionales, para poder indemnizar a los inversionistas que ganaron concursos en las diferentes rondas para la exploración y explotación de pozos petroleros. Y lo mismo, a los que ya invirtieron en el nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Yo voté por Meade y lo volvería a hacer, porque también ofrecía cambios para mejorar las condiciones generales del país; cambios no bruscos, dada la imposibilidad de lograrlos, y ajeno a directrices políticas del PRI, como lo hizo Zedillo lastimosamente manchado por el asunto del Fobaproa.

Ganó AMLO de buena manera y con plena democracia, pero por muy bien intencionado que sea jamás logrará sus objetivos si los mexicanos, todos, no lo ayudamos actuando cada uno de manera positiva, sin regateos, en el ámbito de nuestra competencia.

Sin duda, cumplirá con muchas de sus promesas e impulsará un cambio notable, necesario y urgente que beneficiará al país.

Fernando Almeyda Cobos

 

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