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Un drogadicto en casa, peor que una maldición

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De mi libro Camaleón. Levante la mano, quien conozca a una persona que consuma dos o más cervezas al día.— Doy un promedio de cuatro pláticas por semanas en escuelas de educación preescolar, con padres, igual en primarias, secundarias y bachillerato.

Recorro la ciudad de Chihuahua, Chihuahua, México, donde vivo, de salón en salón, de grupo en grupo. Por las mañanas, regalo la historia de mi vida a más de 300 niños; por las tardes, hago el mayor de mis esfuerzos y voy a una junta con padres de familia. A lo mucho, van 10, no obstante hago mi servicio social y les doy mi testimonio, la historia de mi vida.

Cada evento genera en mí un gran aprendizaje, los niños, con su inocencia, su sangre fresca. Lo genuino y la honestidad en ellos me enseñan un mundo de cosas, me doy cuenta de que los temas de alcoholismo, drogadicción, violencia doméstica, hostigamiento escolar, desintegración familiar, mala comunicación entre padres e hijos, neurosis y depresión, son temas comunes, por demás conocidos, y cuando entro en calor les comienzo a preguntar: “Levante la mano… quien conozca  a una persona que consume de una caguama a dos al día”.

Cuando la levantan por el consumo de cerveza es casi general, como cuando les pregunto: “Levante la mano quien pase ocho horas prendido de un aparato electrónico”. Son mayoría los que levantan la mano. La cerveza es una droga, y la adicción a los celulares peligrosa.

Hablando de mí les muestro el futuro en la bola de cristal.— Un drogadicto en casa primero se intoxica a manera de juego fumando mariguana, tomando cerveza, consumiendo pastillas o inhalando sustancias tóxicas y poderosas.

Comienza poco a poco a entrar al  pantano, a ese callejón sin salida que son las adicciones, a la cruda y triste realidad de la enfermedad emocional y las consecuencias no se dejan esperar.

Por principio de cuentas abandona la escuela, claudica y erradica su presente y su futuro, ya no cabe en ese círculo, ya no es lo mismo. O lo corren por ingobernable o bien él mismo toma la decisión de cancelar su proyecto escolar, se convierte en parásito social, mediocre, perezoso, enano, sin ganas de nada. Todo el día duerme y de noche anda de vago. Él, este drogadicto, se convierte en un gran maestro, porque comienza a enseñar el infierno que es vivir cuando alguien tiene la compulsión de las drogas.

Cambian en ese hogar los horarios, el estilo de vida, la comunicación, se llena de neurosis, incertidumbre, miedos, dolor, frustración y tristeza, y el drogadicto cada vez se hunde más y más, de una sustancia se va a otra, se junta con jóvenes malvivientes igual que ellos y es una vergüenza familiar, un dolor profundo, una herida grave en el alma.

El tiempo transcurre de mal en peor, y ese joven muere antes de cumplir 25 años. Muere su carrera académica, muere en dignidad, como también mueren sus ilusiones y sus sueños. Hay quienes mueren asesinados o en accidentes, otros en su libertad y reciben sentencias largas como resultado de sus actos, y esta es la verdad: no hay drogadicto que no se escape, que no sea mediocre.

La culpa del papá.— Algunos padres dan la espalda a sus hijos, y como consecuencia embarazan o tienen hijos, casados o no, después son irresponsables y jamás vuelven a ver a sus hijos. Otros son pésimo ejemplo: borrachos, todos los días consumen cerveza, son mala copa, drogadictos, mujeriegos, generadores de violencia doméstica y poco hombres, porque se lavan las manos, y estos niños, productos de los hogares disfuncionales son los candidatos más sólidos a caer en las garras de las adicciones.

Padres de todos los estratos sociales, sin distinción, incluso indígenas o menonitas, son igual de dañinos para los niños, y en otro orden de ideas hay padres y padrastros que dan pésimo ejemplo en sus patrones de conductas, pues son los típicos machos mexicanos, buenos para nada, cobardes, mal nacidos que sentencian a sus hijos al fracaso y a que se hundan en el infierno de las drogas y la delincuencia.

Son estos padres, en infinidad de casos, los culpables de la drogadicción infantil, y no hay ley que los someta. Es muy fácil embarazar a una mujer, tener hijos y abandonarlos en todos los sentidos. Ahí están las consecuencias de este México en decadencia, ahí está el río de sangre, el mar de injusticias y de incongruencias.

La culpa de la mamá.— No sé cuál sea el afán de muchas mujeres jóvenes que salieron embarazadas después de una noche de copas, de un acostón. Tuvieron al hijo, y el causante, tal vez, en la bola ni se supo.

Después de que la inocente criatura cumple su primer año la historia se repite, estúpidamente la muchachita se vuelve a embarazar de otro hombre y en otras circunstancias; después pasa otro año y se va de novia con otro macho, la embaraza y ya son tres hijos de chile, de dulce y de manteca, y de los tres ninguno la apoya en ningún sentido.

Esta mujer pide ayuda a la abuela y a la bisabuela, quienes con el espíritu materno que las caracteriza se hacen cargo, a su capacidad, cultura y preparación, de las criaturas.

Estos niños crecen rebeldes, ingobernables, neuróticos, irreverentes y hay que recordar un dicho, que dice y dice bien: “Niños pequeños, pequeños problemas, niños grandes, grandes problemas”.

Y mientras la mamá de las crías anda del tingo al tango, sacándole hilo a la hilacha, en brazos de uno y de otro, de cama en cama, y cuando sus hijos llegan al infierno, a la saliva del diablo, andan buscando ayuda para internar a su niño en un centro de rehabilitación, como si esa fuera la solución.

El niño se mantiene limpio por tres meses, en que dura el tratamiento, pero a los tres días de haber salido se revienta con nuevas recetas y recae, luego lo internan y así es la historia. Hay drogadictos, jóvenes que se hacen viejos con más de 20 procesos, y es el cuento de nunca acabar. Salvo sus muy honrosas excepciones, hay madres solteras por demás ejemplares.

La culpa del matrimonio.— Parece mentira, pero los verdaderos enemigos de los hijos son, en algunos casos, los mismos padres. Estos arquitectos mal construyen los cimientos de la personalidad de los hijos; en principio pelean todo el santo día por todo y por nada, establecen una pugna de poder, una guerra absurda de vanidades, siembran miedos con sus gritos y con sus nefastas actitudes, usan alcohol seguidamente, se intoxican con cigarro y otras drogas, a veces delante de los niños.

Son mentirosos, infieles, deshonestos e irresponsables, hacen de sus hijos unos verdaderos inútiles, tratan por culpa de resolverles todo. Algunas mamás hacen la tarea por ellos, son permisibles, apapachan por culpa, no predican con el ejemplo, enseñan al niño a ser merecedor, a no valorar ni el techo, ni la comida, ni la educación, ni nada. Los ricos les regalan carros a sus hijos cuando cumplen 16 años, los pobres los dejan ser vagos, y los de clase media se alcoholizan con ellos “para que se haga hombre mi’jo”.

El verdadero problema está en los hogares disfuncionales, y no es exclusivo de hogares en colonias populares, no, la disfuncionalidad de una familia no distingue ni apellido, ni abolengo, ni situación social, económica o religiosa.

Están, estamos todos enfermos por igual, sin aceptar la cruda y real realidad, y como padres clavamos esa daga en el alma y muy cómodos queremos lavarnos las manos, pero se nos olvida que nuestros hijos son el espejo que nosotros proyectamos, se nos olvida que transmitimos miserias, miedos, odios, resentimientos, neurosis y, sin duda alguna, heredamos la enfermedad, y me atrevo a retar que el que esté libre de culpa, que arroje la primera piedra.

Y los padres brillan por su ausencia.— ¿Ernesto, por qué mi hijo se hizo drogadicto?

Mi respuesta es la misma: El problema, el origen de la adicción de tu hijo está en tu hogar, y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Me han tocado casos de todo tipo, pero el color siempre es el mismo, el del mal ejemplo, de los patrones equivocados de conducta, de las heridas del alma que un buen número de padres le hacen a sus hijos: traición, rechazo, injusticia, odio, violencia, mal ejemplo.

Y por supuesto el ausentismo de varones es mayúsculo, pero cuando van a las juntas claro que les doy con todo, a los borrachos irresponsables, como también a las neuróticas, a la vida ingobernable, a tanta inestabilidad emocional que transmiten, a los daños severos que causan las parejas disparejas, les pego donde más les duele, la depresión de sus hijos.

Les hago ver que muchos niños andan en la depre total, y que cuando llega una sustancia a su cuerpo, sea la que sea, es como si fuera arrullo al alma por las miserias espirituales y carencias de infinidad de niños que son víctimas del abandono, de la carencia de amor propio, de carácter, de sentido de responsabilidad, honestidad. Están llenos de miedos y complejos, y viven una vida que no es la de ellos.

 

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Ernesto Salayandía García

 

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