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El PRI en terapia intensiva

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El Partido Revolucionario Institucional (PRI), no cabe duda, acaba de ser herido de muerte. Para todo México fue evidente que el golpe mortal que le propinó AMLO —no Morena— hubiese sido suficiente para desaparecer del medio político a otro partido. No al PRI. Para matar al PRI hay que desenterrarle sus raíces, y sus raíces son muy profundas, extendidas y muy poderosas.

El golpe recibido ahora fue más contundente que el del año 2000. En esa ocasión los priístas desmemoriados se sintieron traicionados por el entonces presidente Zedillo. A mí no me gustó esa derrota pero no se la achaqué al presidente sino a la ineptitud, a la prepotencia y a la soberbia de algunos dirigentes, que no supieron conducir un barco cuyo capitán honorario había cedido el timón a quienes les correspondía tal tarea. Y también, sobre todo, a tanto gobernante corrupto emanado de ese partido.

Pese a todo no aprendimos la lección, y gracias no a méritos propios sino a dos períodos de mediocres gobiernos panistas, recuperó el PRI la Presidencia.

Se empezó a escribir, entonces, la más negra página de la historia del partido tricolor. Más negra que la de Echeverría y la de López Portillo juntos. Los Duarte, los Borge y otros más de esa misma calaña, empezaron a amasar fortuna personal con dinero público, en contubernio con órganos legislativos que no auspiciaron la procuración, con eficacia y prontitud, y las auditorías contables de cada ejercicio fiscal; también por desinterés de la ciudadanía que nunca ha ejercido bien su derecho a la denuncia, y de las autoridades judiciales que fomentaron —y fomentan— la impunidad al no ejercer su deber de atracción de delitos de peculado, o a no integrar bien los expedientes correspondientes.

A mi juicio, sin embargo, tal vez haya sido el propio PRI —en sus correspondientes ámbitos estatales— el de mayor culpa, ya que no basta con proponer y hacer ganar a un candidato. Debe seguirle la huella muy de cerca para detectar a tiempo los desvíos, tanto en atención ciudadana como en el ejercicio sano de los recursos materiales y económicos, bajo su administración. Para tal efecto, un presidente municipal o un gobernador, en el ejercicio de su cargo, se convierte en miembro distinguido del partido, pero no en el jefe omnímodo u omnipotente del mismo.

No el que pone o quita candidatos, no el que palomea, en tanto que la democracia interna no se practique, el sentido de pertenencia se debilitará cada vez más. Ojalá que el orgullo de ser priísta no se transforme en vergüenza. Nos han derrotado una vez más y ahora peor que nunca. Pero de que nos podemos levantar, que no quepa duda. Necesitamos un buen líder, cohesionador, convincente, que sepa unir los pedazos para hacer un todo que, como el ave fénix, se erija de sus propias cenizas.

Un líder, tal vez, como Alejandro Moreno Cárdenas.

Fernando Almeyda Cobos

 

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