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Pablito, peligrosa obsesión

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A estas alturas, el candidato a alcalde-reelecto y al mismo tiempo en funciones, Pablo Gutiérrez Lázarus, debe tener muy claro que sus dirigencias, tanto nacional como estatal, le han retirado el apoyo y la solidaridad a su impugnación, desechada por el Tribunal Electoral del Estado de Campeche porque fue mal fundamentada, por lo que difícilmente traspasará las fronteras de Xalapa, Veracruz, para  llegar hasta la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Es decir, los 174 ó 200 votos de diferencia que obtuvo a su favor el priísta Oscar Rosas González, tendrán que ser respetados, porque cada uno de ellos valen lo mismo —tal vez más, porque representaron la diferencia—, que los 31 mil 93 que acumuló el presidente municipal en funciones y ambiciones de ser reelecto.

Cualquiera que se precie de demócrata, sabe que un voto hace la diferencia entre el ganador y el perdedor, y que si bien los partidos y los candidatos perdedores tienen los recursos jurídicos para tratar de tumbar esa cifra, también es verdad que es obligación de los inconformes acatar los resolutivos que sobre esas impugnaciones emitan las autoridades.

Hacer lo contrario es tanto como desempeñar el papel de falsos demócratas berrinchudos, que sólo aceptan los resultados de una elección cuando las cifras les favorecen, y argumentan fraude cuando les son adversas.

En el caso de Pablito, parece que la inminente confirmación en todas las instancias de que carece de razón para impugnar los resultados, lo aleja cada día más del estado de lucidez que es necesario mantener para tomar decisiones adecuadas y ajustadas a la ley, el derecho y la justicia.

Hace una semana, para tratar de empañar la visita respetuosa a la entidad de la futura secretaria de Energía, Norma Rocío Nahle García, el edil obsesionado con la reelección, ordenó a un grupo de búfalas a su servicio, que lapidaran y lanzaran huevos a los vehículos en que transportaron a los asistentes a la reunión.

En una camioneta aparcada viajaba la próxima integrante del gabinete de Andrés Manuel López Obrador. La reacción era medida de “escarmiento” en contra del gobernador Rafael Alejandro Moreno Cárdenas, a quien los seguidores de Pablito, y él mismo, claro, responsabilizan de no haber obtenido la mayoría de votos.

Olvida Gutiérrez Lázarus y también su lazarillo, Juan Mendoza Vior, que fueron ellos los que pusieron en marcha diferentes estrategias, desde la flagrante violación al Estado de Derecho, para tratar de obligar a los carmelitas a que sólo votaran por una opción. Esa era precisamente la que representaba Pablito.

Violar el Estado de Derecho es colocar retenes en calles, avenidas, carreteras y otros caminos de acceso al municipio, para impedir el libre tránsito vehicular, bajo el paranoico pretexto de que “todo mundo” quería meter mano en el proceso electoral, y que “el gobernador iba a mandar millones de pesos en efectivo para la compra de votos”.

En ninguno de los operativos de Gutiérrez Lazarus y su lazarillo de cabecera pudieron encontrar ningún recurso para la compra de votos. Eso sí, retuvieron de manera ilegal a varios ciudadanos, entre ellos al menos a un candidato, al que acusaron precisamente de estar participando en el fraude.

Y mientras gran parte de la Policía Municipal se dedicaba a cazar a los fantasmas que atormentaban las ansias de reelección de Pablito, él y los suyos sí se dedicaron a impulsar diversos operativos para el acarreo de votantes, la compra de sufragios e impedir que otros candidatos también pudieran movilizar a sus simpatizantes rumbo a las casillas.

Es decir, Pablito implemento una elección operada, dirigida y controlada desde una instancia gubernamental, que es el Ayuntamiento. La pretensión era alcanzar su ambición de reelegirse a toda costa. En el trayecto, dicen algunos, logró sobornar a dos o tres funcionarios de casillas, para que manipularan algunos votos a su favor, y se los despojaran a Morena, que según Gutiérrez Lazarus, era el enemigo a vencer.

Sin embargo, pronto se llevó la desagradable sorpresa de que quien se encontraba disputando el primer puesto no era el morenista Ramón Ochoa Peña, sino su acérrimo rival el priísta Oscar Rosas González, o que en lenguaje llano y refranero quiere decir que “el tiro le salió por la culata”. Pudo anularle votos al morenista, pero no lo logró con el abanderado del tricolor.

Lo demás ya es historia conocida por todos. El conteo voto por voto, que se prolongó por más de una semana, terminó favoreciendo al tercero en discordia con ventaja mínima, con lo que se frustró la obsesión de Pablito por lograr la reelección contundente, convincente, creíble.

Y para su infortunio, sus dirigentes nacionales y estatales se han dado cuenta de su doble juego. Han documentado su traición, pues trabajó a favor de los candidatos de Morena a la Presidencia de la República y a la senaduría, y traicionó al partido que le tendió la mano y le dio la oportunidad de reelegirse.

Ahora toca esperar los últimos coletazos del dinosaurito carmelita, que ya se han manifestado de manera violenta, al agredir por igual a funcionarios públicos que a periodistas que, como los corresponsales de guerra, siempre están en medio del fuego de ambos bandos, expuestos a que de cualquiera de las partes en pugna llegue algún objeto contundente que los lastime.

Las obsesiones son malas, y eso Pablito y su lazarillo deben saberlo. Más aún, cuando sus principales respaldos los han dejado solos en esta lucha que parece no tener mucho futuro.

 

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