Inicio»Opinión»“No te quedes con hambre”

“No te quedes con hambre”

0
Compartidos
Google+

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,24-35):

“En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: — “Maestro, ¿cuándo has venido acá?” Jesús les contestó: —“Les aseguro, me buscan ustedes, no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. Ellos le preguntaron: —“Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?”. Respondió Jesús: —”La obra que Dios quiere es ésta: que crean en el que él ha enviado”. Le replicaron: —“¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”. Jesús les replicó: —“Les aseguro que no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”. Entonces le dijeron: —”Señor, danos siempre de este pan”. Jesús les contestó: —“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

San Agustín escribió que “nuestros caminos de la verdadera felicidad tienen un nombre de Jesús”. Es muy cierto porque con los años, cada vez más, me doy cuenta que lo único que quiere Jesús es vernos felices. A veces nos alejamos de Él, os equivocamos, no le hacemos caso y vamos buscando distintos manjares. Y por eso, tanta veces, nos quedamos con hambre. Me gustaría decir que los que tienen experiencia de Jesús no pisan dos veces la misma piedra, pero sabemos que no es así. Si alguna vez nos equivocamos no significa que tenemos la receta mágica para no volver a caer en lo mismo. Sin embargo, es cierto que Jesús quiere abrirnos los ojos, nos señala donde poner el pie y donde colocar el corazón, pero la respuesta siempre está en nuestra actitud y nuestras decisiones. ¿Qué manjar, qué alimento estás buscando?

El evangelio de este domingo narra el reencuentro de la gente con Jesús en Cafarnaúm. Le acompaña un escandaloso diálogo sobre el pan, que culmina con la reunión de la gente en torno de Jesús y la proclamación epifánica de Jesús como “pan de vida”. En la primera parte del evangelio, la gente le pregunta a Jesús: “Maestro, ¿cuándo has venido acá?”. Aunque la gente aún no es discípula de Jesús —no se han embarcado con Jesús— al parecer están en disposición de recorrer el camino discipular.

En respuesta a la pregunta de esta genta anónima, Jesús les descubre el verdadero motivo de su infructuosa búsqueda: haberse hartado de pan perecedero. Pues está bien claro que esta gente hace una “teología del ombligo”; sÓlo les interesa su estómago, y poder saciarse del “pan de muerte,” de “la comida que perece”. Este tipo de comunidad es incapaz de asumir la propuesta liberadora (“pan de vida”) que Jesús ofrece. Esta “teología del ombligo” no es suficiente para avanzar a los retos nuevos y abrir sus perspectivas de vida. Es necesario descubrir y descifrar las señales que Jesús va manifestando y dejando en la vida precaria de las personas que no tienen nada, especialmente en aquellas que siempre viven “en la otra orilla”, “al otro lado del mar”.

Jesús, como buen rabino, suscita en la gente el deseo ansioso del “pan perdurable” que él ofrece, pero para que el milagro del pan de la vida suceda, se tienen que hacer “las obras de Dios”. Poner en práctica las obras de Dios consiste en adherirse solidariamente a la acción liberadora de Dios, reconociendo las “obras de Dios en la creación” y saliendo, como en el Éxodo, de situaciones deshumanizantes y esclavizantes.

Por lo tanto, el pan de vida que ofrece Jesús no sucede por arte de magia ni por caprichos humanos; requiere de fe y adhesión total a la propuesta de Jesús. Lamentablemente, la gente, al parecer, no está dispuesta ni preparada para recibir y creer en Jesús. La gente se coloca en la postura de aquella comunidad del desierto, en la que “Dios mismo les dio de comer” (Ex 16:4, 15, 35 y Sal 78:24). Para Jesús, comer ese tipo de maná/pan en el desierto no es garantía de discipulado. Es necesario ir a Él y creer en él como auténtico “pan de vida”. “Estamos buscando este pan, este manjar de vida eterna”. ¿Creemos de verdad que, Jesús es el pan que te da vida y que sustenta tu espíritu, que es el poder que fortalece tu voluntad? Con Él puedes llegar muy lejos, sin él, tropiezas en la primera piedra.

La gente le decía: “Señor, danos siempre de ese pan”. Y Jesús, encantado. No tenía que ir a la panadería de enfrente para saciar el hambre de aquella buena gente. Le bastaba con decir: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre”. Es decir, la misma persona de Jesús, la simpatía que manaba de él, su palabra alentadora y sincera eran el mejor alimento. Tratar con Jesús y aceptarle en la vida personal venía a ser el mejor regalo que uno podía disfrutar. Creer en Jesús no significa que un día viviremos felices junto con Él, sino que debemos de hacer lo realidad ya en esta vida. ¿Por qué no disfrutamos del aliento, de la palabra y de la presencia de Jesús en nuestras vidas? Tantas veces, me quedaba preocupado levantando la Hostia consagrada, pensando si me acerco con suficiente dignidad al “pan de vida”.

Nunca podemos cansarnos de buscar y respetar este alimento espiritual. Por eso duele tanto el mal testimonio de los consagrados que predican una cosa pero lo niegan con su actitud. Creo que es uno de los factores que más influyen que el pan eucarístico ya no resulta atractivo. Cuando veo que los mismos sacerdotes lo tratan con tan poco respeto y como un símbolo mágico, me doy cuenta que es lo que habrá sentido Jesús dándonos el regalo más grande al final de su vida.

“Yo soy el pan de vida” es una fórmula de fuerza extraordinaria. ¿Nos damos cuenta que Dios está por completo a favor de la vida y del ser humano? Hay quienes lo aceptan y muchos que no saben vivir, ni tampoco hacen mucho para mejorar. Se pasan la vida tras la puerta y no son capaces de salir al pasillo para buscar el manjar. Le miran de reojo. Le tienen miedo. Les da roche encontrarse con Él. ¡Tú no seas uno de ellos! Hay peligro de vivir el miedo sin este pan y alimentarse de otras cosas superficiales. No olvides que la vida no acepta vacío y si no la llenas con el pan bueno y verdadero, tendrás que buscar algún sustituto.

Lo encontrarás muy fácil, pero verás que no durará mucho y no te llevará a ningún puerto de felicidad. Jesús quiere llevarte al puerto seguro y que no pases hambre. Para ello quiere: compartir y dar su vida. “El pan de Dios es el que da vida al mundo”, así lo afirma Él mismo. Y parece ser que todos estaban de acuerdo: “Danos siempre de ese pan”. La respuesta es rápida y precisa: “Yo soy el pan de la vida”. Eso significa que, para tener vida verdadera, es imprescindible contar con Jesús. “Sin mí no pueden hacer nada”, dirá en otro momento. Está muy claro. Con Jesús no valen los rodeos. Hay que acudir necesariamente a Él. Los otros alimentos son perecibles, el único perdurable es el que da Jesús. “El que venga a mí no tendrá más hambre. Y el que crea en mí, no tendrá sed”.

Hay otro significado muy importante: Jesús hecho pan, en el sacramento de la Eucaristía  perecible, precario y vulnerable, entra en solidaridad con un mundo hambriento, carente de posibilidades de tener vida y felicidad, aquí y ahora. Jesús, al igual que su Padre, no es un Dios que habita en “el cielomítico” o que se queda extraviado en desiertos de muerte o calles escandalosas. Jesús tampoco es un Dios de misterios indescifrables o de normas litúrgicas desconectadas de la comunidad. Al contrario, Jesús se vuelve pan, alimento, comida para todas las personas que lo busquen.

Jesús, como liturgia de vida desenmascara y denuncia a los que siguen privando a las personas de la verdadera felicidad, que hacen “parir la tierra” del pan/alimento que sus propias manos encallecidas han sembrado y que su propio sudor ha regado. Jesús, como verdadero pan de vida, llama a las personas creyentes a realizar “las obras de Dios”: dar vida a la mujer que se siente indigna por ser madre soltera y haber sido excluida de la comunión, abrazar con amor al hermano gay que no es bienvenido en nuestra celebración, caminar con el migrante cuyo trabajo hace posible nuestra vida, cuidar del niño o niña que es maltratado, abrazar al hermano que fue víctima del abuso sexual de un sacerdote.

Sólo si abrazamos al que se siente “diferente,” al que sufre, al que tiene hambre y a la persona que lucha por la justicia y sabe que Dios siempre tiene la última palabra, seremos como Jesús: pan, bendecido, tomado, partido, y repartido, capaz de dar vida y hacernos felices. Se tú, este otro Jesús. Busca este alimento y compártalo en tu casa, familia, trabajo. No te quedes con hambre y no permitas que otros se queden hambrientos.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

Noticia anterior

Avanza el Sistema de Justicia Administrativa

Siguiente noticia

Roban 500 mp de cajero de la CFE