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Chucu, chucu…

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Recuerdo que en mi infancia siempre quise viajar en tren, y en una ocasión se me ocurrió la osadía de insistirle a mi papá, para que en mi cumpleaños me llevara al parque Centenario de Mérida, Yucatán —a ver a los animalitos— y que dicho recorrido lo hiciéramos en el ferrocarril. “No sabes lo que estás pidiendo, hijito” —me dijo—. Pero eran tantas mis ganas de conocer un nuevo medio de transporte, en esos años muy utilizado el nuestro Estado, que la insistencia no cesó hasta que aceptó: “Te voy a llevar, pero a la primera queja se cancela el viaje”.

Justo el día de mi cumpleaños número 11, el martes 22 de agosto del año 1989, mi padre y yo llegamos muy temprano a la estación del tren ubicada en la avenida Héroe de Nacozari. Él, flamantemente vestido, con pantalón gris oscuro y camisa blanca, y zapatos de piel color negro. Yo, con jeans de mezclilla, playera roja y estrenando mis zapatos tenis, color gris con blanco. Por mi mente pasaban las imágenes de los trenes mexicanos —aquellas que mostraban en la televisión— patrocinadas por la Secretaría de Turismo, donde el ferrocarril atravesaba montañas, altos puentes, la gente viajaba feliz y había camarotes y restaurantes de lujo.

Para mi sorpresa aquí no fue así. De entrada, esa terminal no tenía asientos, así que mientras mi papá compraba los boletos —y me la refrescaba entre dientes—, opté por sentarme sobre unos costales llenos de maíz que estaban en la sala. En menos de 20 segundos ya se me habían subido hasta la cabeza decenas de gorgojos. Minutos después, una señora entró y sobre el costal de al lado mío acostó un enorme guajolote, y en los pies me puso otros dos más pequeños, amarrados entre sí de las patas.

Acto seguido y para mi mala suerte, un perro me orinó el tenis derecho. Recuerdo que hice hasta lo imposible para que mi padre lo viera, para evitar el regaño y la cancelación del viaje, pero no faltó el chismoso en la terminal que gritó: “¡ya lo wixó Kalimán!”. Por fortuna mi papá había salido a fumar su inseparable cigarro y no lo escuchó.

Por fin iniciamos el abordaje. Subimos, y el señor que nos pidió los boletos nos indicó a gritos que debíamos encontrar lugar, pues estos no estaban asignados. Me senté. Mi papá no. Junto a mí, una señora —otra— que llevaba dos gallinas y un cerdito. Una gallina era muy tranquila y la otra era muy viva, tanto que en menos de un minuto ya se había postrado en mis piernas y recuerdo que casi me quemaba con su temperatura. Mi papá sólo me miraba, muy, pero serio, y yo no me quejaba, pues recordaba que a la primera queja se terminaba el viaje.

Después de tres toques de corneta y un fuerte jalón, el tren comenzó a avanzar. Seguro, pensé, en unos cuantos kilómetros comenzaré a ver los paisajes como en la televisión. No, no fue así. Primero que nada el tren casi no avanzaba y en el primer trayecto dentro de la ciudad sólo vi algunas casas. Luego, al salir a “campo libre”, sólo había maleza, árboles secos y por cada ventana entraban grillos, mariposas y pedazos de ramas y hoja secas.

De pronto, mi papá me hizo una seña, me jaló del brazo y caminamos entre vagones hasta llegar a la locomotora. Ahí nos recibió el maquinista, quien nos invitó a entrar a la cabina. Desconozco en qué momento logró ese cambio mi padre, pues yo venía muy entretenido sacándome los bichos que se me metían en la boca.

En la locomotora hacía un calor de los mil demonios. A mi papá se le escurría el sudor, su camisa blanca ya se veía gris y su semblante había cambiado de angelical a diabólico. Quien lo haya conocido lo recordará. Por mi parte, el par de tenis —nuevos— tenía orín. El tenis derecho de perro y el izquierdo de cochino. Mi pantalón tenía caca de gallina y mi cabello, pues para eso aún tenía, estaba lleno de bichos muertos y hojas secas.

En la primera parada, en Tenabo, mi papá agradeció al maquinista por sus atenciones y a Dios por no haberme matado. Yo también. En menos de un minuto habíamos descendido del tren y de inmediato caminamos hacia una casa —luego supe que era del alcalde—, donde nos brindaron agua para lavarnos la cara, para tomar y un vehículo para regresar a casa. La visita al zoológico de Mérida se canceló. Mi festejo de cumpleaños fue un fiasco. Juré, por mis tenis nuevos con caca de gallina, jamás subir de nuevo a un tren. Hace poco rompí la promesa. Ese es el primer recuerdo que tengo de un ferrocarril.

 

EL OTRO TREN

Tras ese lamentable recuerdo de mi niñez y 23 años después, en el año 2012 el aún presidente de la República, Enrique Peña Nieto, anunció la construcción y puesta en marcha de un nuevo tren que uniría la Península de Yucatán con el centro del país, en ese entonces llamado Tren Transpeninsular.

La noticia fue tomada con agrado por propios y extraños, pues en el proyecto se hablaba de una explosión turística y económica sin precedentes para el sur-sureste de México. Sin embargo, por motivos presupuestales el tren tuvo que ser cancelado y el proyecto se mandó al olvido.

Ahora, tras la elección de julio y la próxima llegada del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, a Los Pinos, el proyecto del tren ha sido retomado con más bríos, nueva ruta y otro nombre. Ahora se llama Tren Maya y atravesará los tres estados de la Península de Yucatán, pasando por los principales destinos turísticos y hasta las capitales de las entidades, para luego cruzar hacia otras más del sureste mexicano.

El proyecto es muy interesante y sin duda detonará el turismo, la economía, y la infraestructura ferroviaria del sureste del país tendrá segunda oportunidad de vida, por lo que la noticia ha sido muy bien vista —de nuevo— por quienes seremos beneficiados con el paso de este nuevo y moderno ferrocarril.

Para ponerlo en marcha habrá que rehabilitar las vías existentes, construir nuevas, edificar terminales de embarque-desembarque, contratar personal y capacitarlo, así como definir el costo de los boletos y el tipo de servicio para cada ruta. Esto generará, sin duda, que el turismo internacional tenga nuevas opciones para disfrutar de nuestro Estado —y los vecinos—, pero sobre todo podría abrir nuevas alternativas para el turismo nacional, regional y local, siempre y cuando los precios estén acorde a las percepciones de los mexicanos.

En este nuevo proyecto, el del Tren Maya, primero se había trazado una ruta que hacía a un lado al hermano Estado de Yucatán y que tampoco vislumbraba algunos destinos de Quintana Roo, Chiapas y la capital de Campeche, pero gracias al llamado del gobernador de Campeche, Rafael Alejandro Moreno Cárdenas, quien en su Tercer Informe de Gobierno mencionó las ventajas de ampliar la ruta y los destinos de este renovado —a futuro— medio de transporte, hoy se tiene un nuevo trazo de viaje para beneficio de más entidades y por ende de más mexicanos.

Según el próximo Gobierno Federal, mantener este nuevo proyecto costará alrededor de 7 mil millones de pesos anuales a los contribuyentes, y la licitación para la construcción de la nueva ruta se hará al inicio de la nueva administración —en diciembre de este año—, sin que hasta ahora se den a cononcer los posibles participantes de la misma. Sólo un grupo de empresarios de origen coreano ha levantado la mano para su posible operación.

Quizá por esta razón la saliente administración Federal canceló el primer intento del llamado Tren Transpacífico, que dicho sea de paso desde un inicio fue altamente criticado por el próximo presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, aunque hay que aceptar que en su momento la crítica estuvo bien cimentada por la falta de recursos y la situación económica del país en ese entonces, aunque tampoco sabemos cómo arranque la próxima administración.

Sin embargo, el nuevo Tren Maya traerá grandes beneficios económicos para el Estado, pues la apuesta de este Gobierno Estatal está enfocada en los sectores turístico y comercial. Y aunque este tren apenas se está cocinando y aún no se define si será sólo de pasajeros, si llevará carga, si transportará turistas de un destino a otro o hará paradas alternas para gozar de algún espectáculo natural, lo importante es comenzar a prepararnos para cuando se anuncie la primera salida de su ruta.

Con esto, podemos adelantar que la voz del gobernador Moreno Cárdenas tiene fuerza en el próximo Gobierno Federal, y que sus ideas son bienvenidas y buscan el beneficio de los campechanos y de todos los habitantes de la región sur-sureste del país. Ahora sólo falta esperar que se defina el proyecto, que se asigne el presupuesto o se concesione a algún o algunos empresarios interesados en él, que inicien los trabajos de implementación y den el primer cornetazo de salida. Sin duda, una gran noticia para el turismo de la región.

Jorge Gustavo Sansores Jarero

 

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