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“¿Cantidad o calidad?”

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XX domingo Ordinario

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (6,51-58):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Disputaban los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Entonces, Jesús les dijo: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

 

San Juan, evangelista, era un pensador que gustaba ir a lo más profundo de las cosas, muy simbólico e interiorizando todos los conceptos. No se conformaba con saber que Jesús tenía un mensaje interesante para sus seguidores; san Juan insistía en que Jesús es un mensaje interesante para todos, no sólo sus palabras, sino su propia persona es un regalo de Dios. Con este fin desarrolla en su Evangelio largos discursos y diálogos de Jesús, y el texto de este domingo es un fragmento del capítulo 6 que en la teología se llama “El discurso del Pan de Vida (Jn 6,22-71).

Es una secuencia de siete breves diálogos entre Jesús y las personas que se encuentran con Él, después de la multiplicación de los panes. Jesús trata de abrir los ojos de la gente, haciéndoles entender que no basta luchar por el pan material; la lucha cotidiana por el pan material no llega a la raíz, sino va acompañada de una mística y profunda búsqueda del sentido de la vida. ¡No sólo de pan vive el hombre!

Los siete breves diálogos son una catequesis muy bella, que explica a la gente el significado profundo de la multiplicación de los panes y de la Eucaristía. A lo largo de todo el diálogo aparecen las exigencias que el vivir desde la fe en Jesús traza para nuestra vida. La gente reacciona con rechazo y queda asombrada por las palabras de Jesús, pero Él no cede, no cambia sus exigencias, no quiere ser más popular y conseguir más seguidores. Por esto, muchos lo abandonan.

Hoy sucede lo mismo; cuando el Evangelio (sus valores) comienza a ser un serio compromiso, mucha gente se aleja para no “empaparse más”. En la medida en que el discurso de Jesús avanza, menos gente va quedando a su alrededor. Al final quedan sólo los doce y Jesús. ¿Acaso no repetimos la misma historia hoy en día? ¿Cuántas veces perdemos el interés de luchar por la verdad y defender lo que es correcto, sólo porque no está bien visto o criticado por algunos líderes, autoridades o simplemente por cualquier malhumorado de siempre? No olvides que “la crítica es la fuerza del impotente”, A. Lamartine.

Hay una razón muy importante de la actitud escandalosa de los judíos: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”… No olvidemos que para el pueblo Judío era escandaloso y prohibido acerarse a la sangre, por ello no entendían esa invitación de Jesús, porque el respeto profundo a la vida exigía que desde los tiempos del Antiguo Testamento, estuviese prohibido comer sangre. Sangre era señal de vida y de la autonomía de cada ser humano (Dt 12,16.23; At 15.29), además estaba cerca la Pascua y dentro de pocos días todos habrían comido la carne y la sangre del cordero pascual en la celebración de la noche de Pascua.

En esta fiesta todos tenían de estar “limpios y sin mancha”, y por eso el tener contacto con la sangre humana les haría incapaces de festejar la Pascua. Tomaron de manera literal la palabra de Jesús y pudieron entenderlas. Comer la carne de Jesús significaba aceptar a Jesús como el nuevo Cordero Pascual, y su sangre les hubiera liberado de la esclavitud. Beber la sangre de Jesús significaba asimilar la misma manera de vivir que ha tenido la vida de Jesús; ellos querían seguir celebrando el pasado (el maná) en vez de comer este nuevo pan que es Jesús, su carne y su sangre, participando en la Cena Eucarística y asimilando su vida, su entrega y su donación.

El “discurso del pan de vida” acaba realmente mal; muchos de sus seguidores se hartan de Jesús y lo abandonan, y sólo sus discípulos más cercanos siguen con él. Pedro lo expresa con una frase muy hermosa: “¿A quién iríamos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.

Para los seguidores ya no es suficiente el signo que ha hecho Jesús poco antes, con la multiplicación de los panes. El hombre es ambicioso y muchas veces se inclina a sus bajos deseos, no busca los deseos profundos que le dan una verdadera felicidad, y por desgracia se deja manipular tan fácil movido por las autoridades o instintos de defensa. ¿Cuántos crucificados siguen en nuestras comunidades, parroquias, Diócesis?

Sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver, por eso Jesús no les da un signo sino les explica lo que significa el signo del pan: es un símbolo de Jesús mismo, es decir, no sólo les habla del pan sino que tiene que dar un paso más explicando que Él mismo es este Pan deseado. Igual que el maná era el pan que Dios enviaba para alimentar a su pueblo, Jesús es el pan bajado del cielo para dar vida eterna a todos. El maná era un regalo imperfecto porque sólo alimentaba el cuerpo, Jesús, en cambio, es más que el maná porque es el don total de Dios a la humanidad.

“El pan que yo daré es mi carne”… Los oyentes se escandalizan, cómo es normal, y piensan que Jesús se ha vuelto loco y les propone algo que tendría que ver con el canibalismo. Además, la palabra que usa Jesús (en Juan 6, 54 y siguientes) es “trogo”, que significa literalmente “masticar” o “moler con los dientes”. Hasta el versículo 53 se usa el término: “phago” (que significa “comer” o “consumir”), usado nueve veces en el texto original griego de Juan. “Phago” sería suficiente para comunicar una idea de comer la carne, pero Jesús no quiere dejar ninguna duda o sólo una idea. Inmediatamente después que los judíos expresaran su incredulidad acerca de Jesús, él mismo usa una palabra aún más fuerte y más gráfica: “trogo” (masticar).

Jesús no habla sobre la idea o símbolos, sino que es muy real y sin ninguna ambigüedad. Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre nosotros, habituados a escucharlo desde niños, ahora tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo. En el momento de comulgar Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía, pero con frecuencia nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta, no sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más generosa y abierta a la vida. ¿Cuántas veces hemos comulgado sin mejorar absolutamente nada en nuestra forma de ser?

Ante todo, hemos de saber que Juan construye los discursos a partir de su propia reflexión; él es siempre fiel al mensaje de Jesús, pero no le basta reproducir sus palabras exactas, quiere expresar lo que hay en la profundidad de los gestos y palabras. Cuando Juan escribe, la comunidad de cristianos en seguida reconocía el tema que había debajo: la Eucaristía, que es la viva y real presencia de Jesús, además, siempre unida a la Palabra de Dios: “¿A quién iríamos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.

Esa frase nos recuerda la gran importancia de descubrir el contexto en las palabras de Jesús, Él mismo no sólo se identifica con el Pan, sino también con la Palabra que conduce a la vida. Para los discípulos está claro que el camino para llegar a Jesús (el Pan) es ir primero a través de su Palabra, por eso cuando muchos le abandonan, Pedro reconoce que las palabras de Jesús son de vida eterna.

La vida es el mayor regalo que Dios nos hace y el mayor regalo que podemos hacer nosotros a los demás. Vivirla en plenitud, en autenticidad, con intensidad y pasión es lo que Dios quiere para nosotros. San Juan está convencido de que Jesús es el único que puede llevarnos a esa meta, a la vida en su plenitud, y aunque muchos se han ido y escandalizado no significa que la meta está equivocada, sólo que no todos están preparados para partir del mismo lugar y comprender de la misma manera.

A las palabras de Jesús le acompañaban los gestos que también fueron memorizados. Los primeros cristianos estaban acostumbrados a reunirse cada semana y recordar estos gestos, y por ellos partían el pan, bebían el vino, escuchaban las enseñanzas, cantaban oraciones. La comunidad de Juan conocía tan bien estos gestos, que él mismo ni siquiera los relata en su Evangelio; no le hacía falta.

Lo que Juan sí reflexiona a fondo es el significado de la reunión semanal, del pan y vino compartidos. No le basta decir que es un recuerdo del gesto de Jesús; no le basta afirmar que el pan y el vino simbolizan la presencia de Jesús; quiere dar un paso más; el pan y el vino son la presencia de Jesús. ¿Qué diferencia hay? ¿No es un juego de palabras sin importancia? Juan opina que no.

Decir que la Eucaristía es sólo un recuerdo, significa poner el acento en mí mismo, en mi mente que recuerda, en mi decisión de recordar; en cambio, si Jesús se da de verdad en cada Eucaristía, el acento está puesto en su donación gratuita, en él que viene a nosotros y nos invita. Es cierto que después nosotros, si queremos, aceptaremos su invitación y ahí está la importancia de nuestra mente, de nuestro recuerdo, de nuestra decisión, pero es siempre un segundo paso; el primero lo da Dios enviando a Jesús, y lo da Jesús viniendo cada día a llamar a nuestra puerta.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado, comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús. Alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio: interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales, encender en nosotros el instinto de vivir como Él, despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de Él el centro de nuestra vida.

Sin “comulgantes” auténticos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio. No se trata de cantidad de veces que comulgues, sino de la intensidad que pones en tu corazón y en tu actitud de cambio.

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