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La legítima defensa

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Una de las causales más socorridas en el Derecho Penal para explicar la posible ausencia de tipicidad, en un hecho que la ley señala como delito, es la legítima defensa. Se piensa que cualquier forma de autodefensa es excluyente de delito, aunque es preciso señalar que la legítima defensa no es otra cosa que la comisión de un delito con una serie de accesorios que la definen como “legítima”, es decir, hablamos en sentido amplio de un delito justificado y que, por tanto, no es punible.

Las características de la legítima defensa deben ser comprendidas a cabalidad, para saber cuándo se habla de defensa apegada al derecho y cuándo se habla de un delito común.

La legítima defensa repele una agresión real, actual o inminente y sin derecho, en defensa de bienes jurídicos propios o ajenos, siempre que exista necesidad de la defensa empleada, y no mediante provocación dolosa suficiente e inmediata por parte del agredido o de su defensor. En otras palabras, es un contraataque que hace la víctima hacia su agresor con la intención de defenderse, pero para su existencia necesariamente debe haber agresión.

Esta figura surge tanto por necesidad como por ausencia de protección, además el Estado está en imposibilidad de proteger a la víctima; entonces se atiende al fundamento jurídico, que es la afirmación del derecho contra quien lo niega mediante la injusta agresión, sin exceder las propias penas o fuerza del Estado, que debía emplear para su protección.

Es importante mencionar que el interés del agredido coincide siempre con el valor social superior (la vida, la seguridad, la libertad) y con el derecho surge, pues por la coincidencia del interés social, el cumplimiento de la legítima defensa tiene el interés de proteger el valor social protegido por los ordenamientos legales.

Al constituirse esta figura, se debe tomar en cuenta que no hubo necesidad racional de por medio empleado en la defensa o que el daño que se iba a causar a la víctima era fácilmente reparable después por los medios legales, o era notoriamente de poca importancia comparado con el que causó la defensa. Si el exceso es grave se procederá a penar el hecho o bien si se considera el delito como culpa. Si es levísimo o notoriamente leve, no procederá pena alguna y tan sólo subsistirá la obligación civil de indemnizar.

Por inminencia debe entenderse que la amenaza está por suceder prontamente y de forma inevitable. El actuar debe ser presente y el peligro inminente. Ahora bien, no todos los contraataques constituyen la legítima defensa, existe también la figura del exceso en la legítima defensa cuando no existió necesidad racional del medio empleado en la defensa; esto es, por ejemplo, se recurre al homicidio para evitar un robo o se recurre a las lesiones para evitar una difamación, y que el daño que iba a causar el agresor era fácilmente reparable.

El primer elemento de existencia es la agresión, es decir, un ataque. Se entiende por agresión la conducta de un sujeto activo que de manera voluntaria o involuntaria amenaza la esfera jurídica del gobernado (sus derechos jurídicamente protegidos, la vida, patrimonio o moral), todo hecho de poner en peligro por medio de un acto positivo que dañe, pues, a un valor jurídicamente protegido. La agresión es causa de peligro, cualquiera que sea el titular de los intereses jurídicamente válidos; de aquí que sea procedente la defensa, tanto en favor del acusado que defiende lo propio, como el que defienda un bien ajeno, incluso a favor de un no nacido.

El segundo de los elementos es la actualidad y debe entenderse como lo presente, o sea lo que existe en el momento actual determinado del que se hable. Si la agresión es futura, permite preparar la defensa acudiendo a la autoridad jurisdiccional o preventiva, por lo que la legítima defensa queda desproveída de su no imputación, por lo que la agresión y la defensa deben ser inmediatamente sucesivas. Es suficiente que lo actual sea la agresión; no es necesario que lo vigente sea la lesión efectiva que produce, es decir, el agente no tiene que esperar a sufrir la lesión para poder defenderse; procede sólo ante el peligro de ella, contra la agresión en sí misma.

En cuanto a la impresión e imposible evitación de la agresividad, la misma agresión ha de ser, además violenta, y por tanto imposible de evitar, toda vez que la violencia imprime la fuerza y la impresión de ser impetuosa e inevitable. La agresión de esta manera es la más calculada para presentar un peligro inminente e irreparable, por tanto dar la impresión de ser agresiva e irresistible; propiamente la idea de evitación contiene ya la de violencia, pero nuestro legislador prefirió ser ambiguo a fin de caracterizar más completamente el carácter de impresión, de imposibilidad o de evitación.

Por último, la agresión causal de la defensa ha de ser antijurídica, si no, no tendría razón de ser. Para que la defensa pueda ser legitimada es indispensable que la agresión sea antijurídica, y es antijurídica cuando contradice las normas objetivas del derecho punitivo. Es nuestro caso el Código Penal.

Daniel Alejandro Renedo Gamboa

 

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