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Crisis en los partidos

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El proceso de reconstrucción que han iniciado a nivel nacional al menos dos partidos políticos —el PRI y el PAN—,  tendrá que replicarse necesariamente en las entidades federativas conforme a sus bases estatutarias, y en los tiempos concebidos en sus documentos internos.

Pasada la resaca de la elección del pasado 1 de julio, y luego de haber asimilado el golpe demoledor que resintieron la mayoría de esos organismos, es bueno que los partidos no sólo piensen en el cambio de sus dirigentes, sino que también inicien un profundo ejercicio de autocrítica que considere todas las vertientes de la contundente derrota electoral que sufrieron.

Es cierto que la actuación de los dirigentes cuenta, pero no lo hace todo. Es más, hay otros líderes partidistas que no hicieron nada, y sin embargo sus partidos obtuvieron triunfos arrolladores. Tal es el caso de Manuel Zavala Salazar, que abandonó la presidencia de su partido para irse a soñar con la alcaldía de Campeche, y recibió una derrota que aún no digiere, ocupando el tercer puesto, pero con diferencia de más de 50 mil votos respecto del primero.

En cambio, su partido Morena obtuvo una votación histórica de casi 275 mil votos para la Presidencia de la República, alcanzó los 204 mil en los comicios para senadores, y de casi 203 mil sufragios en la de las diputaciones federales. Todo, gracias exclusivamente al efecto López Obrador, más que a las simpatías, trabajos de proselitismo o popularidad de los candidatos a esos puestos y mucho menos por el trabajo de su dirigente.

Morena obtuvo tres veces más votos que el candidato del PRI-Verde-Panal y cinco veces más que el panista-perredista-mocista, Ricardo Anaya, pero eso no significa, se insiste, que la votación refleje el trabajo de sus dirigentes locales. Ni para los que ganaron ni para los que perdieron.

No obstante, es sano, y quizá hasta necesario que haya una reestructuración en las dirigencias estatales, principalmente por parte de los partidos derrotados y sobre todo para aquellos que saben que van a iniciar un camino escabroso rumbo a la recuperación de la credibilidad y del respaldo ciudadano, y con ello, de la competitividad electoral.

Bien apuntó el gobernador Rafael Alejandro Moreno Cárdenas en su mensaje a la Red de Jóvenes por México, que “ni las victorias ni las derrotas son eternas”, y por ello es que los partidos necesitan urgentemente de una profunda reestructuración, pues hay liderazgos desgastados, otros que nunca repuntaron y algunos más que, como Ernesto Castillo en el PRI, han alejado a los militantes en lugar de acercarlos de regreso al partido.

Eso ocurre también en el PRD, en donde Víctor Améndola Avilés parece no haberse dado cuenta de que se ha convertido, más que en un militante activo o un líder respetado, en factor de división, enfrentamientos y deserciones, más ahora que lo acusan incluso de haberse quedado con los recursos que se deben canalizar a los municipios y al pago de salarios de los empleados.

Los estatutos internos del PRD no lo obligan a renunciar en caso de fracasos políticos, menos cuando está apenas a punto de llegar en octubre próximo, al primer año del periodo para el que fue electo y que arrancó de manera impresionante, con el respaldo de los dirigentes estatales del PAN, Yolanda Valladares, y de Movimiento Ciudadano, Pedro Estrada Córdoba, pues apenas se estaba cocinando en aquél entonces una coalición estatal para postular candidatos locales.

¿Hubiera sido diferente el resultado para el PRD en caso de haberse aliado con el PAN y MOCI en la elección en ayuntamientos, diputaciones locales y juntas municipales?

Aunque el hubiera no existe, habrá que recordar que fue precisamente Víctor Améndola el que en lugar de construir puentes para la edificación de esa alianza estatal, se dedicó a destruir cualquier posibilidad de formar el frente, producto de ciertos acuerdos subterráneos suscritos en condiciones sospechosas.

Pero fuera de esas especulaciones, habrá que decir que los resultados del trabajo político de Víctor Améndola como dirigente estatal fueron francamente estrepitosos, más que negativos y salvando el registro apenas de panzaso, para ganarse con ello una representación en el Congreso del Estado, con su archirrival Luis García Hernández como diputado plurinominal.

Cualquier dirigente con un poco de ética y de autocrítica habría presentado su renuncia para permitir el reacomodo de fuerzas y la llegada de gente nueva que pudiera rescatar lo poco que le queda al PRD en Campeche. Pero ambos principios —la ética y la autocrítica— no existen en el diccionario de ese instituto político, en donde sólo impera la voluntad de su cacique Abraham Bagdadi Estrella, y éste no ha ordenado el cese de su asistente personal en funciones de presidente estatal del partido.

Y en ese contexto, lo que digan o dejen de decir los militantes y varios exdirigentes (entre ellos José Enrique Ismael Canul Canul, Gaspar Alberto Cutz Can, Luis Felipe Moo Turriza, Pedro Carrasco, etcétera) sale sobrando. El PRD sigue siendo un negocio para sus verdaderos regenteadores, y mientras les genere recursos, no tienen porqué cambiar nada.

Cuando se acerque el siguiente proceso electoral saldrán a la calle a buscar candidatos con cierto arraigo para jalar votos que les permitan conservar el registro, tener a otro diputado en el Congreso y seguir recibiendo prerrogativas y otras prebendas bajo el agua.

Y así, hasta que un día ya no tengan votos y desaparezcan por la voluntad de los campechanos.

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