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Reflexiones acerca del tiempo y el espacio

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Meras intuiciones

 

El tiempo es un reloj sin manecillas que marca las horas de la humanidad. No tiene principio ni  fin. El reloj de la vida mide los acontecimientos de nuestra existencia.

Color, forma y tamaño; espacio y tiempo, son meras intuiciones que están amalgamadas con nuestra conciencia.

Espacio y tiempo carecen de realidad objetiva. El espacio adquiere realidad cuando existe una disposición adecuada de los objetos que percibimos en él. El tiempo no tiene existencia independiente del orden de los acontecimientos que nos sirven de medida.

El tiempo y el espacio absoluto no existen. No es posible hablar de un flujo constante invariable del tiempo que fuera, desde el pasado infinito hasta el futuro infinito, sin un orden posible de acontecimientos. Así como no existe el color sin un ojo que  lo perciba, un instante, una hora o un día nada son sin un acontecimiento que lo señale.

Mucho hablamos de días, horas, etcétera. Pero ¿Qué son los días y las horas sin nuestra conciencia? Nada. Los días, las horas, los minutos, los segundos no existen en la realidad. Son meras medidas convencionales creadas por el hombre.

Lo que llamamos hora es, en realidad, una medida en el espacio —un arco de quince grados— en la rotación diaria aparente de nuestro planeta. Lo que llamamos un año es simplemente, una medida del avance de la Tierra en su órbita alrededor del Sol.

Si hubiera habitantes en Mercurio y emplearan el mismo sistema que nosotros los terrícolas para medir el tiempo, se encontrarían con algo muy curioso: Un año y un día serían exactamente la misma cosa. Esto es así porque Mercurio hace su viaje en torno al Sol en ochenta y ocho días terrestres y en ese mismo período gira una sola vez sobre su eje.

El tiempo es como un río caudaloso que corre paulatinamente en su  cauce. Nosotros vamos inmersos en ese río. Pero hay puertos. Esos puertos son nuestras experiencias. En cada puerto tenemos la oportunidad de revisar nuestra bitácora de viaje y replantear concienzudamente el tramo que nos queda por recorrer.

Hay hombres que se dejan arrastrar por la corriente del tiempo y dan bandazos en las márgenes del río. Llegan maltrechos al final de su  viaje.

Nuestras experiencias se nos aparecen ordenadas en una serie de sucesos. En esta serie los sucesos que recordamos están ordenados conforme al criterio de “antes” y “después”. Existe para el individuo un yo-tiempo. Quien no aprende de sus experiencias —dulces o amargas— rechaza las lecciones de la vida. Quien rechaza las lecciones de la vida tiene, como  meta segura, el infranqueable muro del fracaso.

El tiempo está en nosotros y nosotros estamos en el tiempo. Somos producto invariable de la relación hombre-tiempo. Nuestras experiencias de ayer conforman al hombre de hoy.

Hoy vivimos el presente, pero en nosotros gravita el recuerdo del pasado: el calor materno, la angustia de nuestras indecisiones, la alegría de nuestros juegos infantiles o la nítida imagen de nuestra novia de la escuela primaria.

Cualquier movimiento periódico sirve para medir el tiempo. El corazón humano es un reloj que mide el tiempo de la vida. Los  latidos del corazón son los segundos de la vida. El primer latido vibra en el vientre materno; el último, en la antesala del sepulcro.

Vivir la vida significa enriquecer día a día nuestras experiencias. El hombre que ha sabido vivir la vida, en el último segundo de su existencia, como Teofrasto, podrá decir: Las puertas del sepulcro están abiertas, entremos a descansar.

 

HEMEROGRÁFICAS

José María Vigil y Francisco Sosa Escalante son dos personajes nacionalmente reconocidos. Del Distrito Federal el primero, campechano el segundo. Ellos tienen algo en común: los dos fueron directores de la Biblioteca Nacional de México.

José María Vigil participó en la elaboración de la más grandiosa obra de la historia de México: “México a través de los siglos”. A él le correspondió la narrativa del quinto y último tomo, mismo que se refiere a la Reforma y la Intervención francesa.

Francisco Sosa, compañerito de juegos de Justo Sierra Méndez, sugirió al presidente Porfirio Díaz la construcción de monumentos a los héroes de la Reforma en la avenida del mismo nombre. Hoy la avenida Reforma es la más hermosa de la Ciudad de México.

Por cierto, en el periódico “El mundo ilustrado” de fecha de 7 de marzo de 1909 (Hemeroteca de la UNAM) se puede leer la siguiente nota: “Muerte de José Vigil, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua”. Al morir Vigil, Francisco Sosa ocupa la dirección de la Biblioteca Nacional en sustitución de José Vigil.

“La Academia Mexicana de la Lengua quedó instalada el 11 de septiembre de 1875; José Vigil fue el cuarto director de la Academia de la Lengua y tercero de la Biblioteca Nacional”.

Ahora bien, quién fue Francisco Sosa Escalante. Veamos:

Francisco Sosa Escalante nació en la ciudad de Campeche en el año 1848. Es amigo de infancia de Justo Sierra Méndez, quien también nace en Campeche en 1848.

Realiza sus estudios de Filosofía y Jurisprudencia en la ciudad de Mérida, donde se vincula con Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, quien estaba en Yucatán por orden de Maximiliano de Habsburgo.

A los dieciocho años editó su primer libro: “Manual de biografía yucateca”. Fue fundador de la Revista de Mérida en que se centraban sus críticas al gobierno local, razón por la cual es encarcelado en San Juan de Ulúa.

A su excarcelación, traslada su domicilio a la Ciudad de México, en el barrio de Coyoacán. Aquí colabora con Ignacio Manuel Altamirano. Además, escribe para periódicos de Argentina y Perú.

Fue miembro de la Academia de Historia, de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y de la Academia Mexicana de la Lengua.

Como político se opuso a la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada y se pronunció por José María Iglesias. Se unió al Plan de Tuxtepec, liderado por el general Porfirio Díaz.

Hoy, la Biblioteca Central de la ciudad de Campeche lleva, con claro orgullo, su nombre: “Biblioteca Central Francisco Sosa Escalante”.

 

Carlos Manuel Berzunza Arcila

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