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Rápido y furioso… y mortal

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El pasado martes desperté muy temprano, pues tenía varias diligencias por hacer, asuntos que atender y trabajo por terminar. Desayuné en casa, me bañé y salí con calma hacia el primer destino de mi larga jornada. A diferencia de mucha gente que deja todo para el último minuto y luego anda a las carreras, mi agenda estaba definida con horarios y asuntos, uno a uno.

Precisamente uno de esos tantos compromisos consistía en dejar mi carcacha en el taller mecánico ubicado en la colonia Carmelo, por lo que también debía tener tiempo suficiente para abordar el transporte público, ya fuera taxi o camión, como siempre he hecho cuando no sirve “la matraca”, para llegar puntual a la siguiente cita.

Y así fue. Dejé el carro con el tal Iván —el mecánico—, recé el segundo padre nuestro del día (el primero fue al despertar) por aquello del costo de las refacciones, y me encaminé hacia la parada de camiones más cercana, que en este caso se ubica en la avenida Concordia, frente a la entrada de la base aeronaval de la Secretaría de Marina (Semar).

Después de cinco minutos de espera, ningún camión a la vista, todos los números de taxi ocupados y un sol que me estaba dejando más negro de lo normal, comencé a alzar la mano a todo vehículo rojo que pasaba, sin importar que fuera colectivo, servicio de pasajeros, el de la Coca Cola, los bomberos o un particular, con tal de llegar a tiempo a la siguiente encomienda.

Tras 45 agitadas de mano, sesenta y tres secadas de sudor, ochenta y tres pataleadas y otras tantas mentadas, no precisamente de menta, un vehículo compacto, de color rojo, con número económico TX-1024 de la concesionaria Taxi Murallas, se detuvo. ¡Por fin un bendito taxi! “¿Para dónde va?” —preguntó el conductor—. “Hacia el Centro Histórico, por favor” —le respondí—.

Acto seguido me hizo una seña para que abordara y ahí comenzó la ruta más terrorífica de mi existencia.

Subí a la parte trasera, donde busqué y busqué, pero jamás encontré el cinturón de seguridad. Lo que sí noté es que los asientos estaban cubiertos por unas camisas negras, y en el interior olía más a gasolina que en cualquier estación de servicio de Petróleos Mexicanos (Pemex).

El chofer era joven, como de 23 años, delgado, de camiseta negra, tez morena, peinado de mango chupado, lentes negros —no oscuros—, mascada de chicle y lenguaje florido. Como música de fondo, proveniente de una famosa estación de radio y a volumen bastante oneroso, llevábamos las tiernas canciones de moda que producen los más de dos mil reguetoneros que lamentablemente habitan este planeta y parece que no se extinguirán pronto.

El arranque fue estrepitoso, parecía que iba montado en un caballo pura sangre y no en un pequeño automóvil. Acelerones, frenadas y todo tipo de movimientos bruscos de esos que se ven en las películas de Hollywood, como las que ha hecho Vin Diesel. Esas de “Rápido y furioso”, que ya son como 17 y creo que todavía faltan otras ocho.

Avanzamos de la avenida Concordia hacia la Hidalgo y tomamos la Aviación, rumbo a Cuatro Caminos. En ese tramo hay unos topes, pero creo que el joven chofer no lo sabe o no los vio, porque los pasamos volando. Al llegar al cruce de las vías del futuro Tren Maya cerré los ojos y de nuevo recé otro padre nuestro. Por mi mente pasaba el dilema de bajarme o seguir, pero definitivamente entre tanto jaloneo no podía decidirme.

“Haré una consulta pública”, pensé, pero al final fui más inteligente y me aguanté. ¿Para qué culpar al pueblo de mis malas decisiones?

Por fin salimos a la avenida Héroe de Nacozari, llegamos a una rotonda, dimos vuelta en “u” y entramos por la avenida Colosio hacia el monumento a este extinto político, para después tomar la ruta hacia las calles de Santa Ana. Todo ese tramo fue de película. No importaron los topes, los baches (muchos), las personas que cruzaban las calles y los demás coches. El joven chofer aceleraba y frenaba de golpe cada cinco o seis metros, pero no permitía que nadie le ganara la “carrera”.

“No tengo prisa” —le dije—, pero este fulanito no desaceleró. Las calles angostas del barrio tradicional de los santaneros parecía que se ensanchaban al paso del taxista, mientras a mí se me fruncía hasta el ceño por la velocidad, la intolerancia, el peligro y todo lo que conllevaba estar “trepado” en esa unidad.

Por fin llegué a mi destino. En mis manos estaba mi maletín de trabajo súper estrujado y mi celular bañado en sudor —mío no del celular— de tantos nervios. Descendí del taxi con dolor de cabeza, estrés, ansiedad, presión baja, taquicardia, palidez y hasta cólicos menstruales de tanto jaloneo. Con mucha calma pregunté cuánto era, y el hijo de su Vin Diesel madre sonrió y me dijo: “son 35 pesitos”. Se los di, me alejé y entré a mi cita. Por fin la tranquilidad.

Así como ese joven émulo de Lewis Hamilton, campeón de la Fórmula 1, hay muchos otros choferes de taxi y de camión que arriesgan nuestras vidas cuando abordamos sus unidades. Así como este mozalbete hay muchos que llevan la enorme responsabilidad de trasladar pasaje de un punto a otro, sin tener el mínimo cuidado o la debida precaución de conducir con profesionalismo, pues trasladan seres vivos. Y la pregunta: ¿dónde está la autoridad?

Pienso que todo aquel que esté al frente del Instituto Estatal del Transporte (IET), en este caso Candelario Salomón Cruz, deberían un día pedirles a sus familias que aborden un taxi o un camión, y después preguntarles cómo les fue. Quizá de esa manera les interese más lo que sufre un ciudadano cuando, por necesidad, requiere los servicios del transporte público. El día que lo hagan me avisan, y junto con ellos rezo otro padre nuestro. Amén.

Jorge Gustavo Sansores Jarero

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