Inicio»Opinión»¿Amor o mentira?

¿Amor o mentira?

0
Compartidos
Google+

Domingo 31º del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (12,28B-34):

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Respondió Jesús: “El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’ El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que estos”.

El escriba replicó: “Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

“¿Qué mandamiento es el primero de todos?”… ¿Qué es lo más importante para acertar en la vida?, ¿cuál es mi rumbo para ser feliz?… ¿Cuántas veces nos hemos preguntado eso? A Jesús también le hicieron muchas preguntas, porque lo veían como un maestro que enseñaba a vivir de manera sabia y con una misión muy concreta. Sus principios y forma de ser eran bien definidos. Pero la pregunta que esta vez le hace un “letrado” no es una más, es acerca de lo más importante. Lo que le plantea aquel hombre preocupaba a muchos: ¿qué mandamiento es el primero de todos?

Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre, varias veces se quedaba preocupado viendo el ritualismo y “liturgismo” de sus paisanos. Cuando en la religión se acumulan normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. Algo de esto ocurría en ciertos sectores del judaísmo, se consideraba la observancia de la Ley como el punto clave de la fidelidad y bendición de Dios.

Jesús lo observa y sabe cuán equivocados están, por ello no le cita los mandamientos de Moisés, sencillamente le recuerda la oración que esa misma mañana han pronunciado los dos al salir el sol siguiendo la costumbre judía, la oración “Shemá”, que dice: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”.

Esta hermosa oración se convirtió en costumbre, tiene una profunda dimensión y nos enseña el principio de lo que es importante en la Ley. El escriba  piensa en un Dios que tiene el poder de mandar y le agradan los súbditos cumplidores. Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos, lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas. ¡Esa es la clave! ¿Cuándo por última vez has contemplado el bello amanecer en nuestro mar campechano? ¿Cuándo por última vez te fijaste en la mirada de un niño hambriento?

Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No hay otra opción. No es propiamente una orden sino una inclinación, “invitación hacia lo infinito y bueno”, como decía san Bonaventura. Es lo que brota en nosotros al abrirnos al Misterio último de la vida: “Amarás”.

En esta experiencia no hay intermediarios religiosos, no hay teólogos ni moralistas, y mucho menos canonistas. No necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera, sabemos que lo importante es amar. Este amor a Dios no es un sentimiento ni una emoción, amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas, y sobre todo a las personas; amar su historia, su pasado y prepararse para el futuro esperado. Jesús habla de amar “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser”, sin mediocridad ni cálculos interesados, de manera generosa y confiada.

Jesús añade algo que el escriba no ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, sólo se puede amar a Dios amando al hermano, de lo contrario el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas? Parece tan sencillo, pero en realidad es la parte que desconfigura todo el ritualismo y las espiritualidades basadas en el cumplimiento y normas. Por desgracia, en varios lugares de nuestra República se vive así; nuestra diócesis es claro ejemplo de aspirar a lo litúrgico, y decisiones obispales rígidas por obediencia y miedo.

A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha preguntado: “El segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta es la síntesis de la vida; de estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la existencia y la felicidad. No siempre cuidamos los cristianos esta síntesis de Jesús, con frecuencia tendemos a confundir el amor hacia Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario a quienes viven excluidos por la sociedad, y olvidados o recriminados por la religión.

Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a los que sufren? El amor no está en el mismo plano que otros deberes, no es una “norma” perdida entre otras más o menos importantes. “Amar” es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en la vida social o en el comportamiento individual hay algo que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para construir una vida humana.

Sin amor no hay progreso ni felicidad verdadera, la religión se convierte en ritualismo, una pagano-espiritualizada versión de la cultura decadente, por eso nos preocupa cada vez más que ya no hay jóvenes en las Iglesias, porque no entienden los ritos y no les atraen los símbolos vacíos para ellos.

Por otro lado, buscan ídolos, autoridades auténticas y congruentes. ¡Qué pena que no los encuentran en nuestra Diócesis! Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita.

Se puede vaciar de “Dios” la política y decir que basta pensar en el “prójimo”, que la solidaridad es sólo un elemento de la política, etc. Se puede vaciar del “prójimo” la religión, decir que lo decisivo es servir a “Dios” y seguir escribiendo más normas y cánones litúrgicos. Para Jesús, “Dios” y “prójimo” son inseparables; no es posible amar a Dios y desentenderse del hermano. ¿No deberíamos estar más preocupados por los que realmente nos necesitan, en vez de burocratizar tanto la Iglesia?

El riesgo de distorsionar la vida desde una religión “egoísta” es siempre grande, por eso es necesario recordar este mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los demás. No podemos seguir encerrándonos en las catedrales y casas episcopales, cuando alrededor hay tanta miseria humana y espiritual. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidado de los que sufren. La falta de compasión y falta de amor van contra Dios. El amor a Dios que excluye al prójimo, se reduce a mentira.

La misión de Jesús fue dejar claro cómo es Dios y cómo es su sueño sobre sus hijos: Dios es amor. La misión de Jesús fue poner en marcha ese sueño de que el mundo, donde el amor reine, es posible. Nosotros, los que decimos que creemos en Jesús, hemos aceptado continuar con su misión, trabajar por su sueño. Para eso, antes hemos de creérnoslo, hemos de hacer nuestro su código de felicidad, su código de amor. Sin amor somos como “una hueca campana”.

Noticia anterior

Portada Carmen

Siguiente noticia

Campeche con 150 ministerios públicos