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“Este último día con María”

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Domingo 4º de Adviento

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1,39-45):

En aquellos días, María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel escuchó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo voz en grito: “¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

El cuarto domingo de Adviento es sumamente mariano, la Virgen María es el personaje fundamental del Adviento, porque ella es la que supo esperar, como nadie, la venida del Mesías, pues le llevó en su seno. Desde el 25 de marzo (La Fiesta de la Anunciación), a nueve meses de Navidad, ella misma nos dirige hacia su Hijo. Ella señala, en la historia de la salvación, el paso de la profecía mesiánica a la realidad, de la esperanza a la presencia real de Jesús. Por ello, no nos sorprende que hoy, un día antes de la Noche Buena, la mano maternal de la Virgen María nos lleva al conocimiento exacto del misterio de Dios Salvador.

Hoy contemplamos a María llena de gozo y felicidad, por eso tiene que comunicarlo y se pone en camino. No puede aguantar tanto júbilo… Cuando alguien se siente feliz de verdad, algo natural le impulsa a anunciarlo y transmitirlo, tal como ella; no le importan las distancias, las subidas de las montañas, calor y cansancio, ella siente la felicidad, alegría inspirada en el gran amor al niño; le reboza el cariño, le faltan palabras, ya lo quiere ver y tener en sus brazos, y aunque los demás no creen en el mensaje del arcángel, ella está convencida y segura.

El miedo se convirtió en la valentía y compromiso, pero no lo puede compartir con nadie aún, sólo Isabel es, por ahora, la persona a quien puede acercar a Jesús, el Verbo Encarnado. Por eso va con prisa a Ain-Karim, el pueblecito de destino, lugar donde vive su prima. De Nazaret hasta la casa de Isabel hay una distancia de más de 100 kilómetros, son cuatro días de viaje, ¡como mínimo! María se pone en camino sola, empieza para ella una vida nueva al servicio de su Hijo, Jesús. Marcha “aprisa”, con decisión.

María se pone en camino porque lo cree necesario. ¿Y tú? ¿Te sientes feliz cumpliendo los destinos y el proyecto de Dios? O, tal vez, ¿te has acomodado o no sientes bastante alegría para poder compartirla? Has perdido tu fe y te has cansado de caminar en el rumbo desconocido… ¿No te has vuelto posesivo con la felicidad, o tal vez la has materializado? Hay tantas preguntas para este último día del Adviento.

En este domingo, la Virgen María nos ayuda a alegrarnos por lo que está por venir; por lo que está por pasar; por lo que ella ha sabido guardar y hacer crecer en los entresijos de Madre. Pero ¿cómo alegrar al mundo si, tal vez, nosotros hemos perdido la alegría por el Nacimiento de Jesús? Recuperemos no sólo la cuna o el pesebre, recuperemos el contenido de la Navidad. Si no sientes la felicidad ni alegría, quiere decir que aún no te pusiste en camino al encuentro con Dios-Hombre, ni de lejos ves el pesebre. Mira a María, ella se alegra, salta de gozo, irradia alegría, contagia amor de madre porque se siente amada y sabe que los demás la necesitan.

Tenía razón el poeta estadunidense Emerson: “la alegría, cuanto más se gasta más queda”. ¿Seremos capaces nosotros de manifestar lo que el corazón siente respecto a Dios? ¿Sentimos algo por este inocente amor que se acerca? Entonces, junto con Isabel grita de alegría: ¡bendita Tú entre todas las mujeres! Hasta hoy, estas palabras forman parte del salmo más conocido y más rezado en el mundo entero, que es “el Dios te salve María”, que tantas veces repetíamos en las pasadas hace poco, fiestas Guadalupanas.

Isabel representa el Antiguo Testamento que estaba terminando. María representa el Nuevo que está empezando. El Antiguo Testamento acoge el Nuevo con gratitud y confianza, reconociendo en ello el don gratuito de Dios que viene a realizar y a completar la expectativa de la gente. En el encuentro de las dos mujeres se palpa y se siente mucha dinámica y servicio envuelto en gran alegría. La criatura salta de gozo en el seno de Isabel. Esta es la lectura de fe que Isabel hace de las cosas de la vida. El encuentro de dos primas se realiza en una realidad cotidiana, todo sucede en una aldea desconocida, en la montaña de Judá.

Dos mujeres embarazadas conversan sobre lo que están viviendo en lo íntimo de su corazón. No están presentes los varones. Sólo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena del espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima sin ser sacerdote. Isabel en ningún momento llama a María por su nombre, la contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: “Dichosa porque has creído”.

Hay un punto que me parece muy interesante. María e Isabel se conocían ya desde hace tiempo, y sin embargo en este encuentro ambas descubren, la una en la otra, un misterio que aún no conocían y que las llenó de mucha alegría. Es como si se vieran por primera vez iluminados por la íntima presencia de Jesús. ¿No sería esta la clave para mirar a los demás con los ojos nuevos y con un enfoque diferente? ¿Qué pasaría si en cada persona veríamos un encuentro con, y a través de este niño que llena de gozo e impulsa una verdadera alegría y servicio? No seamos indiferentes al mensaje que trae María con su hijo.

Lo que más le sorprende a Isabel es la actuación de María, no ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías, no está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Este es el verdadero espíritu navideño: servir. Ojalá escuchemos estos días la motivación suficiente para cambiar nuestro corazón y dirigirlo hacia el pequeño Dios que vino a servir. Descubramos en nosotros el gran potencial del servicio. Que nuestros pastores y líderes religiosos nos enseñen, con su ejemplo, la humildad y testimonio. No necesitamos más los que oprimen, mienten y sólo buscan el poder. Hoy queremos fijarnos en esa particular Madre, que tiene ojos y mirada de su Hijo. En ella no hay búsqueda de poder ni ambiciones, sino paz y amor por sentirse feliz al lado de su Hijo. Esto es Navidad.

Estoy convencido de que nuestra Iglesia, nuestras familias y la sociedad empezaría a cambiar y a hacerse más humana si miráramos a todos con la perspectiva del encuentro y con mucha fe. Esta sería nuestra respuesta al Adviento que hoy termina. Ojalá hayamos logrado cambiar la dirección de nuestras vidas, miradas, etc., hacia un Dios que viene y te espera a Ti en los encuentros. Siéntete bendecido y dichoso por las personas que están a tu lado, no excluyas a nadie del encuentro contigo, comparte la alegría y felicidad como María.

Con toda la razón, el Papa Emérito llamó a María “la Puerta de Navidad”, expresando así un lugar que ella ocupa en el misterio que dentro de unas horas vamos a celebrar. Ella es un modelo para nosotros y los que la conocen e imitan ya están cerca de Belén, ya están listos. Belén es más que una pequeña aldea perdida en el recuerdo, Belén es también la esperanza de un mundo renacido, Belén es la promesa de la paz y de la justicia, también es la promesa de la vida.

Creo que hoy es un buen día para dirigir un bonito mensaje a nuestras madres. Seamos inmensamente agradecidos a ellas, porque feliz es el pueblo donde hay madres creyentes, portadoras de vida, capaces de irradiar paz y alegría. Feliz es la Iglesia donde hay mujeres “bendecidas” por Dios, mujeres felices que creen y transmiten la fe a sus hijos e hijas. Felices son loshogares donde unas madres buenas enseñen a vivir con hondura la Navidad.

Que la mesa y el compartir sean más importantes que los regalos y las salidas de compras a los súper.Qué bueno es tener a puertas de celebrar la Navidad la figura de María Santísima, la mujer del Adviento, porque su vida misma fue una constante apertura para las cosas de Dios. Llega la Navidad. No será una fiesta igual para todos, cada uno vivirá en su interior su propia Navidad. ¿Por qué no despertar estos días en nosotros la confianza en Dios y la alegría de sabernos acogidos por Él? ¿Por qué no liberamos un poco de miedos y angustias enfrentándonos a la vida desde la fe en un Dios cercano?

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