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“La verdad vuelve como un búmerang”

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Domingo 8º del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS. EVANGELIO: LC 6, 39-45

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita!

Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

El Evangelio de hoy presenta pasajes del discurso que Jesús pronunció en la planicie después de una noche pasada en oración (Lc 6,12), y tras haber llamado a los doce para que fueran sus apóstoles (Lc 6,13-14). Gran parte de las frases reunidas en este discurso fueron pronunciadas en otras ocasiones, pero san Lucas, imitando a Mateo, las reúne aquí en este Sermón de la Planicie. Sin duda, la idea es clara: resumir la enseñanza de Jesús sobre la veracidad y su importancia, impacto y consecuencias en la vida del hombre.

La veracidad ha sido siempre una preocupación importante en la educación; lo hemos conocido desde niños. Nuestros padres y educadores podían “entender” todas nuestras travesuras, pero nos pedían ser sinceros. Nos querían hacer ver que “decir la verdad” es algo muy importante y bueno. Tenían razón. La verdad es uno de los pilares sobre los que se asienta la conciencia moral y la convivencia. Sin verdad no es posible vivir con dignidad, ni mucho menos con autenticidad; sin verdad no es posible una convivencia justa ni desarrollo personal, ni social de las personas. El ser humano se siente traicionado en una de sus exigencias fundamentales.

Siempre he tenido la sensación de que se condena con fuerza toda clase de atropellos y abusos, pero no siempre se denuncia con la misma energía la mentira con que se intenta enmascararlos. Y, sin embargo, las injusticias se alimentan siempre a sí mismas con la mentira. Sólo falseando la realidad es posible llevar a cabo las mentiras y eliminar los enemigos y conseguir sus planes maquiavélicos. Sucede muchas veces y también en nuestra sociedad campechana y en nuestra Iglesia Diocesana.

Los grupos de poder y líderes religiosos ponen en marcha múltiples mecanismos para influir en la opinión pública y llevar a la sociedad hacia una determinada posición. ¡Cuántas mentiras se ha dicho! Y sólo para justificar las malas, erróneas y arbitrarias decisiones del obispo. Lo hacen ocultando la verdad y desfigurando los datos, de manera que las gentes llegan a vivir con una visión falseada de la realidad.

Las consecuencias son muy graves. Cuando se oculta la verdad, existe el riesgo de que vayan desapareciendo los contornos del “bien” y del “mal”. Ya no se puede distinguir con claridad lo “justo” de lo “injusto”. La mentira no deja ver las injusticias, somos como “ciegos” que tratan de guiar a otros “ciegos”.En nuestra Diócesis, con la llegada del actual obispo, pasaron varias injusticias y con mucho dolor reconocemos que el pueblo no le cree y pide su renuncia.

Desde el principio está eliminando las personas del bien, pero que no son de su agrado, y todos lo están culpando de los malos manejos o todo tipo de chismes. La verdad vuelve como un bumerang. Mi amigo siempre me decía: “Tiempo al tiempo”. ¿Pero tenemos que llegar a esto? ¿Por qué tanta manipulación, mentira y “fake news”? Y sobre todo: ¿por qué no hemos hecho nada cuando hubo tiempo aún para hacer algo? Sin embargo, sé que frente a tantos falseamientos interesados, siempre hay personas que tienen la mirada limpia y ven la realidad tal como es. Son los que están atentos al sufrimiento de los inocentes. Ellos ponen verdad en medio de tanta mentira. Ponen luz en medio de tanto oscurecimiento.

“En su interior está el germen de lo auténtico”… Así se podría formular una de las líneas de fuerza del mensaje de Jesús. En medio de la sociedad judía, supeditada a las leyes de lo puro y lo impuro, lo sacro y lo profano, Jesús introduce un principio revolucionario para aquellas mentes: “Nada que entre de fuera hace impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. El pensamiento de Jesús es claro: el hombre auténtico se construye desde dentro, es la conciencia la que ha de orientar y dirigir la vida de la persona, y no las opiniones de los poderosos que pueden manipularte.

Lo decisivo es el “corazón”, ese lugar secreto e íntimo de nuestra libertad donde no nos podemos engañar a nosotros mismos. Según ese “despertador de conciencias” que es Jesús, ahí se juega lo mejor y lo peor de nuestra existencia. Las consecuencias son notorias, las leyes nunca han de reemplazar la voz de la conciencia, ninguna ley del derecho del obispo o su vocero puede estar por encima de tu conciencia.

Jesús no vino a abolir la Ley, pero sí a superarla y desbordarla desde el “corazón”. No se trata de vivir cínicamente al margen de la ley, pero sí de humanizar las leyes viviendo del espíritu hacia el que apuntan cuando son rectas. Vivir honestamente el amor a Dios y al hermano puede llevar a una “ilegalidad” más humana que la que propugnan ciertas leyes. Lo mismo sucede con los ritos, Jesús siente un santo horror hacia lo que es falso, teatral o postizo.

Una de las frases bíblicas más citadas por Jesús, es del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”. Sin embrago, nosotros seguimos más preocupados por las formas litúrgicas, formalismos, y ponemos a la palabra y persona del sacerdote u obispo en el primer lugar. Lo que Dios quiere es amor y no cánticos y sacrificios; lo mismo pasa con las costumbres, tradiciones, modas y prácticas sociales o religiosas. Lo importante, según Jesús, es la limpieza del corazón, el “aseo interior”.

Nos enseñaron a juzgar demasiado y a dejar todo a la opinión pública, etc. Jesús, por el contrario, nos pide una actitud creativa que nos haga capaces de ir al encuentro del otro sin juzgarlo, sin ideas preconcebidas y sin racionalizaciones, aceptando al otro como hermano.

El mensaje de Jesús tiene hoy, tal vez, más actualidad que nunca, en una sociedad donde se vive una vida programada desde fuera, y donde los individuos son víctimas de toda clase de modas y consignas. Es necesario “interiorizar la vida” para hacernos más humanos. La Iglesia ha de ayudarnos con la formación espiritual y humana, podemos adornar al hombre con cultura e información, podemos hacer crecer su poder con ciencia y técnica. Si su interior no es más limpio y su corazón no es capaz de amar más, su futuro no será más humano. “El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien; el que es malo, de la maldad saca el mal”.

Seamos simplemente buenos y así podremos compartir el bien que sentimos, que hemos hecho y que deseamos. En una Iglesia y sociedad manipuladas y dañadas, necesitamos hombres y mujeres de conciencia lúcida y sana, que nos ayuden a avanzar con realismo hacia la paz y felicidad. No bastan las estrategias, es importante el talante y la actitud de las personas. Quien tiene su corazón lleno de fanatismo y resentimiento, no puede sembrar paz a su alrededor; la persona que alimenta en su interior odio y ánimo de venganza, poco puede aportar para construir una sociedad más reconciliada. Sólo quien vive en paz consigo mismo y con los demás, puede abrir caminos de pacificación; sólo quien alimenta una actitud interior de respeto y tolerancia, puede favorecer un clima de diálogo y búsqueda de mutuo entendimiento.

Lo mismo sucede con la verdad. Quien busca ciegamente sus intereses, sin escuchar la verdad de su conciencia, no aportará luz ni objetividad a los conflictos; el que no busca la verdad en su propio corazón, fácilmente cae en visiones apasionadas. Por el contrario, el hombre de “corazón sincero” aporta y exige verdad en los enfrentamientos; pide que la verdad sea buscada y respetada por todos, como camino ineludible hacia la paz y la felicidad.

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