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“Cómo extrañamos a esos pastores…”

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Domingo 4º de Pascua

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

En este cuarto Domingo de Pascua, estamos invitados a contemplar la imagen de Jesús, la del Buen Pastor. Cristo Resucitado se identifica con este ícono, y a través de él nos permite profundizar su misterio pascual. El objetivo parece muy claro: reconózcanme vivo entre mi pueblo e inspiren su propio camino configurándose en mí.

Antes de meditar el bellísimo fragmento sobre un “Buen Pastor”, es importante despojarnos del prejuicio que nos haría atribuir exclusivamente su enseñanza al ministerio ordenado, como si el pasaje se refiriera sólo a la vida sacerdotal o de la vida consagrada. Es cierto que el Buen Pastor es la imagen por excelencia para inspirar el ministerio de los presbíteros y de los obispos, pero sobre todo es la imagen que debe inspirar la vida de cualquier discípulo que aspira  a alcanzar la madurez en la fe, e identificarse plenamente con el Señor reconociéndose en Él y con Él, como Hijo de Dios.

Fijémonos primero en la misma imagen del Pastor en la Biblia. Nos damos cuenta que es una de las imágenes preferidas en la Biblia para hacernos entender cuál es la relación de Dios con su pueblo. Está tomada de la vida diaria de un pueblo con cultura pastoril. La encontramos referida a Dios en el bellísimo Salmo 23(22), y aplicada a todos los que imitan la dedicación de Dios por el bienestar de su pueblo. En el profeta Ezequiel la imagen se convierte en una categoría que permite juzgar si el desempeño de los gobernantes es responsable o irresponsable. En la Palestina bíblica, el pastor era totalmente responsable de la vida de las ovejas, era capaz de jugarse la vida por ellas haciendo frente a las fieras salvajes que las amenazaban.

Con esta imagen, el pueblo de Israel entendía cómo Dios hace la alianza con su gente, encontrando en la imagen de Dios-Pastor la representación de un amor responsable. En esta imagen, representaban la confianza en Él y la certeza de que les acompañaba en el camino de la vida, particularmente en los momentos de peligro. Nada escapa al compromiso y al amor de Dios-Pastor que dice: “Buscaré la oveja perdida, haré volver a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma” (Ez 34,16).

Cuando Jesús se apropia la densidad pedagógica de esta imagen y simplemente la afirma en su persona: “Yo soy el Buen Pastor”, cambia radicalmente el panorama. La promesa de Dios se convierte en realidad superando toda expectativa. En Jesús se realiza plenamente el ideal del pastor dispuesto a morir por su rebaño. Este es el mensaje central del texto que leemos este domingo. En él, Jesús se identifica con el pastor bueno, responsable, insistiendo en que da la vida por sus ovejas, en que las conoce y es conocido por ellas.

Hace poco vivimos el intenso tiempo de la Semana Santa, donde hemos acompañado a Jesús que se entregó por su pueblo. Ahora, en el tiempo pascual, seguimos contemplando la misma imagen de un Pastor que busca siempre la felicidad y el bienestar de sus ovejas. Él es el mismo, cambian sólo las circunstancias, pero el amor y entrega no cambian. El Buen Pastor da completamente todo.

Es muy llamativo que el Señor, hablando de sí mismo, dice que es el Pastor “Bueno”. El adjetivo “bueno”, de acuerdo al término griego “agathós” que utiliza el evangelio, no describe su cualidad moral como cuando decimos que una persona es buena, significando que en ella no hay maldad; tampoco se refiere a su eficiencia como cuando decimos que alguien es bueno para algo, refiriéndonos a sus habilidades para realizar una determinada tarea.

Para la acepción moral y pragmática de la palabra “bueno”, el Evangelio utiliza el término “kalós”. La bondad a la que se refiere este pasaje del Evangelio es mucho más profunda. Según los exegetas, caracteriza la personalidad describiéndola como bella, simpática, amorosa. En nuestro texto, esta bondad referida al Pastor es una cualidad encantadora que hace de él una persona atractiva y simpática, que invita a acercarse y a parecerse (configurarse en) a ella.

Otra cualidad del verdadero pastor es su sentido de pertenencia. El Buen Pastor pertenece al rebaño y el rebaño le pertenece, no como propiedad sino por el tipo de relación que le hace identificarse y comunicarse con sus ovejas, que le escuchan porque entre ellos hay un recíproco conocimiento. Recordemos que el verbo “conocer” en la Biblia, más que una connotación intelectual, tiene una connotación relacional de intimidad, cercanía y comunión.

En el texto que leemos, Jesús dice: “conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre”, indicando así el tipo de relación que él establece con sus discípulos y el tipo de relación que sus discípulos pueden tener con él: una relación profunda, cercana, íntima, de comunión.

Esta relación de intimidad hace del pastor alguien confiable, que perseverará en su responsabilidad cueste lo que cueste. Por eso Jesús dice: “Yo doy la vida por mis ovejas”, y aquí está otra clave para descubrir al verdadero y auténtico Pastor. El Evangelio distingue entre ser pastor y hacer lo que hacen los pastores. La diferencia está en la forma cómo se implica la vida, y esto se conoce cuando hay peligro. El pastor verdadero enfrenta la amenaza exponiendo su vida, en cambio al que le pagan por hacer lo que hacen los pastores, huye cuando siente el peligro. Hay gran diferencia entre quien hace las cosas sólo por interés, por el provecho o beneficio que puede obtener de su servicio, y quien hace las cosas por amor, entregándose gratuitamente, sobrellevando sobre sí el peso de otros, desviviéndose para que los demás tengan vida.

¡Cómo extrañamos a estos pastores de formados y moldeados según el corazón del Buen Pastor! Todos sentimos y extrañamos a los pastores verdaderos, que se conocen en el tipo de relación que tienen con su rebaño, sus motivaciones, su intencionalidad y su compromiso reflejan la madurez de su amor que se manifiesta en la capacidad de amar hasta el extremo a sus feligreses.

¡Cómo extrañamos a esos pastores comprometidos su propia vida, para que aquellos a los que los siguen puedan vivir en plenitud, y la capacidad de establecer relaciones profundas, de respeto, pertenencia e intimidad! Este amor maduro, pastoral, se fundamenta en la experiencia de saberse amado y se basa en el conocimiento personal. Para Jesús-Pastor, sus discípulos no son sólo uno más de la lista, ni una estadística, Él conoce sus historias, dificultades defectos y cualidades; los conoce y los ama como son y les invita a vivir estrechamente unidos a Él.

Y eso debe ser recíproco. Para el discípulo, Jesús no puede ser sólo un nombre; es una persona con una personalidad atractiva, fascinante, a quien hay que conocer y entablar una relación de amor con Él, profunda y fiel. Vale la pena preguntarse: ¿cuál es mi relación personal con Jesús, lo conozco (en el sentido verdadero de la palabra) o es simplemente uno más en mi jerarquía de valores? ¿O tal vez es sólo uno de los héroes o modelos a seguir como nos intentaban convencer los filósofos alemanes del siglo XIX?

El amor pastoral es una relación personal que no excluye a nadie, más aún, es un amor que congrega, que convoca, que asimila las diferencias y las unifica, no las uniforma. Por ello, el amor de Jesús se dirige también a “otras ovejas que no son de este redil”, para convertirse Él mismo en punto de encuentro y formar con quienes lo acepten y escuchen su voz, “un solo rebaño y un solo pastor”.

Preguntémonos, ¿qué tipo de rebaño formamos? ¿Aceptamos las diferencias y otros puntos de vista en los demás de nuestro rebaño-Iglesia? En Jesús estamos llamados a descubrirnos parte de la gran familia humana, y ello nos compromete a despojarnos de todo prejuicio que impida desarrollar y vivir el sentido de fraternidad universal.

El Buen Pastor es el icono del discípulo maduro que es capaz de llevar sobre sí, gratuitamente, la carga de los demás. Nuestras familias y comunidades parroquiales, religiosas, tienen el desafiante compromiso de acompañar el camino de madurez en la fe de sus miembros. Creo profundamente que sólo de esa manera los padres de familia lo serán por vocación y no por accidente; los sacerdotes y obispos harán de su ministerio un estilo de vida y no una profesión llena de beneficios; los gobernantes y líderes sociales serán responsables, y buscarán el bien de todos antes que el bien personal y toda profesión, incluso como medio de vida, será un servicio y no un negocio. Contemplemos este domingo al Buen Pastor y amemos más a la Iglesia, que es un redil cuya única puerta es Cristo.

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