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¿Creemos?

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,5-10):

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor dijo: “Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería. ¿Quién de ustedes, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: ‘Enseguida, ven y ponte a la mesa?’ ¿No le dirán más bien: ‘Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú?’ ¿Acaso tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo ustedes: cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, dicen: ‘Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer’.”

De manera abrupta, los discípulos le hacen a Jesús una petición vital: “Auméntanos la fe”. En otra ocasión le habían pedido: “Enséñanos a orar”. A medida que Jesús les descubre el proyecto de Dios y la tarea que les quiere encomendar, los discípulos sienten que no les basta la fe que tienen desde niños para responder a su llamada. Necesitan una fe más robusta y vigorosa, crecer y respirar en oración a la manera de Jesús, pues sin ella no podrán dar la talla a la misión encomendada por su Maestro.

Por eso la pregunta y la petición es vital no sólo para ellos, sino también para todos nosotros sus seguidores. Han pasado más de veinte siglos y a lo largo de la historia, los seguidores de Jesús han vivido años de fidelidad al Evangelio y horas oscuras de deslealtad; tiempos de fe recia y también de crisis e incertidumbre. ¿Necesitamos pedir de nuevo al Señor que aumente nuestra fe en Jesús? ¡Qué difícil es creer en Dios cuando los problemas, los escándalos y las luchas de poder reinan y brillan en nuestra comunidad!

El domingo pasado, san Lucas, en la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, presentaba a Abraham diciendo: “Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levante de los muertos” (Lc 16:31).

Para Lucas, la fe que debe experimentar y vivir la comunidad no es cuestión de muertos, sino de gente viva, capaz de escuchar, meditar y aceptar las enseñanzas de los profetas y de las profetisas que Dios envía. La gente que aprende de sus errores se arrepiente y sigue adelante con la esperanza. El mensaje de vivir la fe en medio de lo ordinario de la vida, es el tema que unifica nuestro Evangelio de hoy. La comunidad experimenta escándalo y división a causa del pecado. Ante esta situación, los apóstoles le piden a Jesús que les aumente su fe. Lucas toma como base la petición de los apóstoles para enseñarles que la verdadera fe tiene que estar al servicio de la comunidad. ¿Tal vez por allí deberíamos empezar la práctica de aumentar nuestra fe?

A menudo el ser humano se encuentra en la misma encrucijada que la comunidad de Lucas. Queremos realizar cosas extraordinarias, llamativas y dignas de admiración que den razón de una fe extraordinaria, pero muy a menudo olvidamos que lo que Jesús requiere no es fe extraordinaria, sino que vivamos con fe las cosas ordinarias y cotidianas de la vida. En otras palabras, estamos llamados a convertir las cosas ordinarias en cosas extraordinarias, por medio de la fe y el servicio a la comunidad.

Por las cosas sencillas y ordinarias podemos reconocer el nivel de nuestra fe, no basta escuchar bonitas palabras desde el ambón o desde la catedral, sino lo más importante es ver su reflejo en la realidad de la vida cotidiana. Por ello, a la súplica de los apóstoles de que les aumente la fe, Jesús contesta con una “fe milagrosa” capaz de arrancar árboles y plantarlos en el mar. Jesús usa una hipérbole, que consiste en exagerar lo que se dice hasta darle una dimensión increíble. Esta figura retórica era muy usada por los poetas y escritores antiguos.

Si leemos atentamente el contexto, descubriremos que lo que Jesús propone no es ver y entender la fe de una manera “mágica”, con “poderes sobrenaturales,” sino abrazar y vivir la fe en lo más sencillo de la vida. La persona tiene que recibir la fe como el grano de mostaza, que es pequeña, pero capaz de transmitir vida. La comunidad tiene que abrazar esta manera de vivir la fe, que no busca grandeza ni poder, sino germinar en los corazones de la comunidad alternativa que Jesús construye mientras va de camino a Jerusalén. Para que no quede ninguna duda de que la fe que Jesús requiere no es realizar cosas extraordinarias, sino más bien abrazar lo ordinario de la vida, Lucas nos presenta la fe vivida en servicio, en la imagen del esclavo y del patrón.

La relación del amo/esclavo es dura por el abuso que se ha hecho de textos como estos para legitimar la esclavitud y deshumanizar a la creación de Dios. Sin embargo, esta parábola tiene que entenderse en el contexto de un Dios que, como amo y dueño de la casa no puede explotar, marginar o tratar injustamente a la persona que ha puesto la fe en práctica. Es más, Dios mismo se convertirá en “siervo” y servirá a los miembros de su casa que estén atentos, vigilando y esperando con una fe viva, el retorno del amo.

“Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto les digo que se ceñirá y hará que se sienten a la mesa y vendrá a servirles”. Esta es la fe que la comunidad de Lucas necesita para ser parte de la familia alternativa de Jesús. No se requiere una fe asombrosa o mágica, sino una fe simple, sencilla y atenta a las necesidades esenciales de las personas que viven en la casa.

Nuestra fe no consiste en que a los creyentes les sale todo bien porque Dios está con ellos para evitarles los males de la vida, sino consiste en que Dios está con nosotros para saber vivir, aun en medio del mal. No manejamos la providencia, ni entendemos el gobierno del mundo, pero tenemos Palabra más que suficiente para vivir en este mundo (que a nuestros ojos parece tan “mal gobernado”). Y este es nuestro primer acto de fe, creer en Dios a pesar del mal del mundo.

Y sin embargo, aunque parezca paradójico, la fuerza de la fe se manifiesta incluso a niveles pre-religiosos como poder inexplicable que mueve montañas, incluso las montañas de la enfermedad y, más aún, las montañas del desengaño de la vida, de la oscuridad y sin razón de la historia personal y de la gran Historia.

Pero sin duda, la mayor y más pesada de todas las montañas es el pecado, la condición pecadora del ser humano que le arrastra constantemente a la destrucción de su propia vida y de las vidas de los otros, convirtiendo la historia personal y la Historia global en un sin sentido de maldad, de opresión, de acumular, poseer, imponerse… a todo lo cual se suele llamar “triunfar”, cuando en realidad es degenerar y producir la desgracia propia y ajena. Es una terrible montaña.

Ante la realidad implacable de la in-humanidad del mundo, la gente de buena voluntad se siente empequeñecida e impotente como ante una inamovible cordillera. Este es el desafío último: ¿qué es más fuerte, el bien o el mal? ¿Qué es más eficaz, el Evangelio o la ley del más fuerte? ¿Quién tiene razón como guía de la vida humana: el sentido mercantil, la venganza, el yo por encima de todo… o las bienaventuranzas? Es aquí donde necesitamos toda la fe.

No olvidemos que la montaña más cercana que hay que mover es nuestro propio corazón. Abrirlo enteramente a la Palabra, dejarse cambiar por Dios es nuestra primera tarea. También es motivo de nuestra fe creer que es posible, no resignarse nunca a la mediocridad, aspirar continuamente a ser más hijos. Las dos cosas piden nuestra fe, nuestra confianza en que no es simplemente nuestra obra, sino la obra de Dios. La última pregunta es: ¿Creemos en el Espíritu?

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